Confidencias entre escritor, editor y erudito

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Sorbe el café Faurn. Revisa unas páginas de su siempre diminuta libreta. Va fenomenal para las revelaciones fortuitas en mitad de la inocencia de un paseo, dice siempre. Asiente después de consultar la última pequeña pero supongo que valiosa pieza de papel cuadriculado.

 FAURN: Este es un cuento que siempre quise escribir.

 PERWICK: Tal vez, si es así, tal vez nunca debas escribirlo (con un tono que por primera vez no parece arrastrar consigo ningún trasfondo sarcástico y/o confrontacional).

 FAURN: (Primero ladea la cabeza y entrecierra los ojos) Bueno, si es que vas por allí, no se trata de que lo haya probado varias veces y después haya fracasado en todas ellas. Es una idea que me gusta, me divierte en cierto modo, pero al mismo tiempo me da cierto apuro, así que a decir verdad siempre acabo por no abordarla.

 WOODSTONE: Y en qué consiste tal apuro, si es usted tan amable.

 PERWICK: Sí, sí, el apuro (agita la cabeza con vehemencia).

 FAURN: Es solo que podría haber quien se ofenda. Me refiero sobre todo a amigos y familiares.

 PERWICK: (Sacude brazos y manos a la altura de los hombros) Escríbalo entonces, ¡Escríbalo! Oh, ¡polémica belleza! Si Flitwitt se hubiera preocupado por esa suerte de sandeces nunca hubiera escrito “La puta adolescente”, y nunca habríamos podido recibir aquel perfecto puñetazo, crítica tan audaz como cruda a esta nuestra sociedad, que se escandaliza porque esa puta es menor de edad, solo porque es menor de edad, porque lo otro está mal pero no importa tanto, por lo que sea, por lo que sea preocupa más el adolescente que a pesar de todo tiene tiempo de reconducirse, que el adulto que ya lo ha perdido todo, el adulto cuya carretera no solo se ha desviado sino que ya se ha hecho escombros esparcidos sobre la infinita arena del Death Valley. Ya no importa tanto ser puta, eso está más o menos bien. Gracias a este libro, entendemos que la sociedad, reflejada en esa otra sociedad fruto de la imaginación de Flitwitt, focaliza sus preocupaciones más en el hecho de ser adolescente. Y es más…

 WOODSTONE: (Mano derecha en forma de Stop) Suficiente Perwick. Y díganos, Faurn, ¿qué es eso tan polémico?

 FAURN: Es en realidad una pequeña broma. Hay que remontarse a Israel, 3, 4, tal vez 5 mil años atrás. Abraham y Sara están cogidos de la mano, aunque justo ahora él la aprieta más fuerte, en respuesta al aullido indescriptible que profiere Agar, por cierto la esclava que vive con la familia de Abraham, patriarca indiscutible de uno de esos grupos nómadas que ocupan lo que será más adelante la Tierra Prometida. El caso es que, mientras ya se entrevé la cabeza del bebé, Sara se acomoda sobre su hombro. Ahí no debería decirse explícitamente, pero quizás incidiendo en sus cabellos blancos, los de ambos, en la barba tupida y también pálida de él, en la ausencia de niños a su alrededor. Ese recién nacido no es del todo bienvenido.

 WOODSTONE: Ya veo a dónde vamos. Y sí, es posible que alguien se ofenda, desde luego. Pero supongo que no se puede contentar a todos. De hecho uno debería escribir para contentarse única y exclusivamente a si mismo. Y bueno, tal vez al editor también. De otra forma…el libro no existe. Pero en cualquier caso, por mí puede seguir adelante.

 FAURN: Pues bien, pasan unos días y todo transcurre con relativa tranquilidad. Sara se pasea cabizbaja por entre las tiendas de nómada. Pero no es la primera vez que se pasea cabizbaja, pues de momento no ha podido dar a luz ningún hijo. Así que en realidad Abraham no lo ve venir. El caso es que Sara, digamos que unas dos o tres semanas más tarde después del nacimiento, mete la cabeza por entre las telas que preceden la improvisada habitación de hospital donde se hospedan Agar y su hijo a quien, al parecer, han tenido a bien llamarlo Ismael. Tanto el niño como su madre están dormidos sobre el lecho de paja. Entonces algo en la pequeña cara de él le llama la atención a Sara, ni siquiera ella sabe de qué se trata exactamente.

 WOODSTONE: ¿Pero no sucedía algo antes de eso?

 FAURN: (Pone un tono de voz agudo, alarga las palabras innecesariamente) No en mi personal interpretación de las escrituras, la cual por cierto y sin duda es la única que tiene sentido, frente a todas esas otras que solo vomitan majaderías.

 WOODSTONE: Entiendo.

 FAURN: Así que aprovechando los cuerpos indefensos a sus miradas furtivas, Sara se acerca de puntillas, fijándose única y exclusivamente en la redondez del rostro recién nacido. Algo en él le perturba. Detrás de esos mofletes rosados he hinchados como bolas de helado de fresa. Detrás de esa frente todavía arrugada. Detrás de esos párpados. De repente Sara chasquea los dedos, una, dos veces. Primero se despierta Agar, quien desconcertada sacude la cabeza una sola vez y frunce el entrecejo. El movimiento involuntario de sus hombros en ese ligero incorporarse despierta en segundo lugar a Ismael, quien termina por abrir los párpados. Sus ojos son verdes. ¡Verdes! Con una delgadísima aureola más oscura alrededor del iris. Entonces Sara se limita a decir que le había parecido que el niño lloraba, que por eso ha entrado en la habitación, simplemente a ver qué pasaba. Después se va, con pasos rápidos y decididos, así como cuando vemos una mesa libre y al mismo tiempo otra pareja que también la ha visto y ya la acecha, circunstancia durante la cual correr sería demasiado descortés.

 PERWICK: Pero bueno, ¡eso más que una interpretación bíblica es un remake!

 En ese instante alguien abre la puerta del despacho. La recepcionista, Mabelle, informa al señor Woodstone de que ha venido un tal George Moreno. El señor Woodstone le dice que mañana. Mabelle dice que OK. Se retira y cierra la puerta tras de sí.

 WOODSTONE: ¿Decía Perwick?

 PERWICK: En realidad, todo cuanto iba a decir es que me gustan los remakes (Sonrisa que intenta disimular sus mejillas teñidas de carmesí).

 WOODSTONE: Y nosotros lo celebramos señor Perwick. En fin, ¿Señor Faurn?

 FAURN: Sara va al encuentro de Abraham. Ha descubierto aquello que la desconcertaba pero, como no está segura del todo, quiere además comprobarlo. En el interior de otra de las tiendas, Abraham también dormita sobre un lecho de paja, considerablemente más grande y grueso que el de Agar. Sara da una, dos palmadas. Querido, he visto algo en ese niño. ¿Qué niño? Responde Abraham, todavía estirando los brazos hacia arriba y hacia los lados. Pero unos segundos más tarde se le abren los ojos en toda su extensión. Ah, el niño, murmura. ¿Qué te preocupa del niño, Sara? Bueno, sigo pensando que es una lástima que no se sepa nada del padre, dice ella, al tiempo que afila las cejas y arquea los labios hacia abajo. Sí, es triste, responde él. Pero todo apunta a que fue aquel hombre de piel oscura, que vino al parecer aquella noche sin estrellas ni luna, en fin, imposible de ver, imposible de anticipar.

 WOODSTONE: ¡Pero si todo el mundo sabe que…!

 FAURN: Pero todavía (hace énfasis en esa última palabra) no, señor Woodstone.

 Woodstone sonríe y alza el pulgar.

 FAURN: Ahí ya Sara suspira y posa sus ojos en los de él, con excesiva intensidad, muy cerca. He visto los ojos de Ismael, le dice. He visto sus ojos verdes y sus aureolas algo más oscuras circunvalando su iris. Entonces Abraham comprende y recuerda aquella tarde en la que la curiosidad le pudo y siguió a Agar en su camino a por agua, pues por un lado se preguntaba por qué tardaba siempre lo que tardaba, cuando en realidad el pantano no estaba tan lejos, aunque por otro lado también estaban esas caderas que parecían querer salirse de sus piernas, o sus pechos mucho más grandes que los de Sara, o esa cicatriz justo debajo del ojo que por algún motivo lo hipnotizaba hasta el punto de observarla durante horas, como cuando por ejemplo ella preparaba la paja para esa misma noche.

 PERWICK: Quizás esté diciendo una obviedad, pero supongo que estará usted teniendo en cuenta que Sara sigue ahí, esperando una respuesta. Es solo que quiero asegurarme de que sea consciente. Hay una persona enfrente que espera.

 FAURN: Por supuesto. Usted bien sabe que a veces los recuerdos pueden estallar en apenas unos segundos, pero en cambio contarse en quizás horas. Figúrese que hay quien dice que los sueños duran apenas lo que dura un parpadeo. Y al despertar uno piensa que ha pasado un día entero por ahí al otro lado de la consciencia. El tiempo, en fin, ya sabe, es todo tan relativo. Así que el caso es que Abraham recuerda como siguió a hurtadillas a Agar camino del pantano. Hacía calor. Ella, distraída al cargar el cuenco, no se molestaba en mirar hacia atrás. Sus prominentes caderas que parecían bailar al intentar mantener el equilibrio. Y ya en las orillas de aquella pequeña y pardusca extensión de agua, Abraham se escondió detrás de los escasos arbustos. De repente Agar depositaba el cuenco, todavía vacío, a un lado. Acto seguido, dejaba que su también escasa y ligera ropa se deslizara a lo largo de su bronceado cuerpo de esclava, hasta aterrizar con suavidad, casi como si fuera un ángel el que hubiera bajado de las alturas, sobre aquel suelo arenoso de aquel desértico paisaje. Su cuerpo se fue sumergiendo despacio en las turbias aguas del pantano, suponía que dejando para más tarde lo de rellenar el cuenco de agua. Así que por eso tardaba lo que tardaba. Ahora de hecho ya se marcaba unos delicados largos en dirección a la orilla opuesta, pero entonces algo acerca de los arbustos donde Abraham se escondía debió perturbarla, pues muy de repente detuvo su íntimo baño para volverse e ir a clavar su mirada de piedra a algún lugar entre las hojas secas. Él entonces sintió una quemazón por todo el cuerpo que lo obligó a quedarse donde estaba, conteniendo incluso la respiración. Sin embargo luego comprendió que todo aquello era absurdo, pues al fin y al cabo ella era una esclava y si se le mandaba callar los labios ella no tendría más remedio que callar los labios. Pero algo extraordinario ocurrió cuando su cabeza ya asomaba por encima de la copa del arbusto: tan dulce como inesperadamente, Agar sonreía y, en apenas un susurro, decía que por un momento había creído que se trataba de un malhechor con malas intenciones, al tiempo que un dedo le quitaba aquel mechón oscuro que interrumpía el completo contacto visual entre la esclava y su dueño.

Faurn se detiene en ese punto, algo falto de aire, pues lo cierto es que ha dicho esas palabras muy de seguidas, lo cual por cierto es sospechoso, si es que se supone que todo está tan en el aire, y a juzgar por las miradas tanto de Perwick como de Woodstone no soy ni mucho menos el único que sospecha. De pronto alguien abre la puerta. Es Mabelle. Mabelle dice que George Moreno pregunta de nuevo por Woodstone. Dígale que cuando digo mañana me refiero a mañana, dice él casi sin mirar a la mujer.

 FAURN: Ya les he dicho que hace mucho tiempo que tengo este cuento en mente, así que he visto esa misma imagen muchas veces.

 WOODSTONE: ¿Y qué hay del sexo?

 PERWICK: Perdone la osadía, señor Woodstone, pero creo que nuestro amigo Faurn ha dado ya suficientes pistas. Creo que ya lo mencioné hace unos días, pero en todo caso, y como dijo el bueno de Phillipburg, al lector hay que hacerlo trabajar pero no demasiado.

 FAURN: En efecto. Así que Sara sigue mirándole a los ojos. Abraham sabe que lo que busca ella no es la confirmación del crimen, pues a esas alturas ya todos lo saben, y cuando digo todos me refiero incluso al lector. La mirada de la mujer pide en realidad un por qué, o un cómo, o en todo caso un contexto que explique de dónde diablos ha salido aquel niño. El tiempo apremia. Así que antes incluso de haberlo pensado con el detenimiento necesario, lo dice. Dios. Sí, exacto, fue cosa de dios. Sara permanece impasible. ¿De cuál de ellos? Buena pregunta. Pues hay que tener en cuenta que por aquel entonces y por aquellos lares habría más de uno. No, nada, olvida lo que dicen. Carraspea. De repente la voz de Abraham coge fuerza, quiero decir que ya no tiembla. Hablo de otro, de dios, del único. Que me ha hablado. Y me dijo que al tu no poder tener hijos, pues que tuviera uno con Agar. Sara abre los ojos de par en par. ¿Y qué hay de Baal, Emesh, Anshar? Nada, Sara, olvida, simplemente olvida.  Su voz es ya todo determinación. Pues ese mismo dios, el único, me dijo que si lo seguía incluso tú podrías dar a luz un hijo de mi propia semilla. Es entonces cuando a Sara se le libera el entrecejo y sus ojos brillan.

 Hay unos segundos de desconcierto.

 PERWICK: Quizás habría que trabajar el final. Pero lo jodido del asunto, es que me parece totalmente plausible.

 WOODSTONE: Ya lo creo. Es como que de algún modo siento que nos han estado engañando todo este tiempo.

 


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