Rain over me





Cierro la puerta y, durante unos minutos, la vida queda fuera. Me desnudo, me quito el coletero y el reloj y pongo algo de música o las noticias en el teléfono; como si me gustase Pitbull, como si me importase una mierda la final de la Champions. Abro el grifo y corre el agua, me relajo. El sabor del gel se mezcla con el de la sal. Apoyo mis manos en la pared de enfrente y me encorvo, me doblo en un gemido sordo que no puede terminar de romper, porque nada puede sonar más fuerte que el agua caliente que ahora mismo es lo más parecido a una caricia (lo más parecido que tendré en todo el día), o que el teléfono. Y en ese llanto (probablemente igual de desvalido, pero más cansado, al de la noche en que nací) se pasa el tiempo del aseo personal: el de dentro y el de fuera. Me lavo la cabeza llorando, me enjuago el jabón y la sal llorando.

Me seco con los ojos enrojecidos (me ha caído champú otra vez, qué tonta) y trato de recordar en qué momento me di cuenta de que mi dolor era insignificante para quien podía aliviarlo; cuándo empecé a desahogarme en silencio en la ducha o en el coche a solas (madurar, en mi caso, ha sido eso) en lugar de buscar tu hombro o el pecho de mi madre.


B. Vargas
Imagen: © Wynn Richards

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