Columbario






Llevaba meses sin ir a mi piso. Mal hecho, lo sé. Voy con el alma encogida. Según un whatsapp de mi vecina de abajo, la misma que me preguntó nada más instalarme si yo tiraba las compresas al váter, las palomas, esas ratas con alas, injustamente idealizadas hasta el hartazgo en eventos pacifistas y tartas de boda, se habían hecho con mi balcón.

Quito la mierda y los nidos y los bichos muertos a paladas. Pongo una malla para que no vuelvan a entrar. Pero las escucho al otro lado de la malla, intentando recuperar su hogar, diciéndome, probablemente, de todo menos bonita, en una especie de escrache columbiforme.  Luego limpio el polvo (ya que estamos) que se acumula por todas partes y que no sé de dónde coño sale si todo está cerrado. ¿De dónde, eh? El cabrón siempre aparece terco, a modo de recordatorio de lo que un día  (por más que me defienda patéticamente paño en mano) seré.


            Y salgo horas después, triste y sucia. Dejo los recuerdos de una vida que ya no tendré al otro lado de la puerta, y cierro con la duda de si me he pasado el día limpiando mi piso o mi nicho.


B. Vargas

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