NATACHA GONZÁLEZ: Microrrelatos.



Fui a comprar cianuro al mercado negro, era muy caro. Pensé en otra manera de aniquilarme, pero todas las que se me ocurrían eran muy sangrientas; dudé en poder hacerlas eficaces. El veneno siempre me cautivó. Mi abuela lo utilizaba para las ratas, me encantaba ver como se retorcían en el patio después de haberlo ingerido en una acertada mezcla dulce que la Yaya preparaba. Nunca desconfié de ella cuando me hacía la comida, la veía manejar tantos ingredientes, incluso bolsitas parecidas a las de aquel día con las ratas. Una tarde mi abuelo comenzó a sentirse mal, nunca supimos que era, los médicos no dieron en el clavo. A su piel se le caía el color. La abuela decía que era la edad. Le creí. Una mañana mi abuelo no despertó, todo fue rápido, nadie lloró. Ese día me pusieron un vestido oscuro, salí al patio, no quería escuchar a la gente que venía a abrazar a la viuda. Una rata se acercó a mis zapatos, comenzó a olerlos, era inmensa, nos miramos por un instante, nunca había visto unos ojos tan oscuros. 

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Papá siempre estaba borracho. Mamá llagaba tarde. Eran las tres de la mañana. Habían cucarachas por todas partes. Nunca llamaron al tipo de las plagas. Recuerdo que el año anterior había dicho que las exterminaría. El tarro del dinero para urgencias estaba vacío. Durante meses papá merodeó ese frasco, tomaba algún billete a escondidas para terminar inconsciente en el sillón de la sala.
En aquellos días cumplí doce años, nadie lo recordó. A mi padre no lo conocí, ese que estaba en el sillón babeando, había llegado cuando yo tenía seis años: "llámame papá". 
Llevaba semanas con dolor de vientre. Me habían crecido las tetas, tenía un acné insoportable. Vivía en una casa abandonada por dos adultos, y la puta naturaleza se empeñó en imponerse para joderme una infancia que jamás pude iniciar.

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La vida decidió vomitarme en alguna estación abandonada a las afueras del pueblo. No tenía edad para entender nada. O quizá era tan duro lo que sabía que mi cerebro se había blindado. Decidí refugiarme en un granero abandonado. Lo adapté a todas mi necesidades, que no eran muchas. Viví en él un largo periodo, hasta que apareció el dueño con ganas de recuperarlo. No hablaba mi idioma, no entendía nada de lo que gritaba, me agarró con fuerza el brazo para zarandearme. Recuerdo aquella tarde con una nitidez escandalosa. El tipo era muy grande, tenía una barba inmensa. Sé que cerré los ojos y apreté los puños. Ni siquiera aquel día la vida quiso rescatarme. Aún me duelen las heridas, detesto mi sexo. Era mi hogar, solo quería que los días se marcharan sin hacer daño. Pasó mucho tiempo antes de poder desatarme, deseaba escapar, pero las piernas no me respondían. Pude arrastrarme hasta una pared, quedé oculta tras una pila de heno. Había una horca algo oxidada, me agarré a ella, cerré los ojos. Recuerdo despertar completamente ensangrentada, no sentía ningún dolor, seguía aferrada a ese mango con tanta fuerza. Alcé la vista y ahí estaba él, su barba rozaba mi cabeza, tenía los ojos abiertos llenos de furia, la garganta de par en par atravesada por los dientes de aquella horca. Toda su sangre se había vaciado en mi cuerpo, pensé en la puta vida, y en esa manera que tenía de escupirme.

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Salió de la iglesia, era tarde, el sol se desplomaba violentamente sobre él. Aquella corbata lo ahogaba, el domingo también. Detestaba ser el tipo que fingía ser. Y la biblia que apretaba bajo su brazo no le salvaría de nada. Andaba, pero el muro de la iglesia seguía a su izquierda. Era inmenso. Como una especie de conciencia que se prolongaba sin piedad. Se detuvo. La calle siguió su ritmo sin él. La señora que paseaba con el perro, el niño protestando a su madre por no haberle comprado no se qué, la monja que camina en silencio. La miró, ella supo que la miraba, se acercaba, él giró rápidamente la cabeza hacia el muro, la religiosa bajó la suya a la acera. Ambos fingieron no haberse visto jamás, aunque supieran que los dos son prójimos de una misma realidad.

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Me casaré el martes de la semana que viene. No sé por qué hay gente que huye del matrimonio. A mí me fascina. Es la sexta vez que lo hago. Nunca he tenido que divorciarme. Ni ellos. Sé que fueron felices conmigo. Les lloré a cada uno en su tumba. Lloré mucho. Siempre llovía el día antes de sus muertes. La lluvia me deprime hasta extremos irrefutables.


Natacha González


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