El arte de la polarización

Los virus populistas se relamen de gusto, les ha tocado una época cálida, con excelentes condiciones para la supervivencia y la multiplicación. La crisis les acunó, pero no contaban con la maravilla de los refugiados. Era la excusa perfecta para ahondar en el miedo y el caos, y afinar el arte de la polarización: Alemania tiembla en Sajonia, el Frente Nacional se engallita, los holandeses se miran en el espejo francés, los húngaros levantan una verja, en Noruega y Suecia florece el neonazismo, incluso Dinamarca se resiente. En un libro titulado “Continente Salvaje“ el historiador Keith Lowe cuenta la historia de Europa en los años inmediatos a la derrota del Reich. Como bien saben los militares, los mayores abusos no se producen durante la batalla, sino cuando esta termina. El nazismo es una contaminación de largo aliento, y tras años de limpiezas étnicas siguió intoxicando las conductas de los países con la persistencia del material radioactivo. Entre las ruinas humeantes de Europa se produjo el desplazamiento de millones de personas; el fetiche de la limpieza y la purificación, de las etiquetas y las razas distorsionó las conductas:  los eslovacos expulsaron a la minoría húngara, los rumanos echaron a los húngaros, los griegos botaron a los albaneses, los yugoslavos a los italianos, los rusos obligaron a los finlandeses a abandonar Karelia, los búlgaros obligaron a miles de turcos y gitanos a cruzar su frontera… y a la postre, los alemanes fueron desterrados de todos lados. Es tan fácil -piensa el virus populista- utilizar a esos chivos expiatorios para desviar la atención de los verdaderos problemas de una sociedad. El resultado fue que en una Europa que había sido multicultural, en el lapso de uno o dos años se logró lo que no habían conseguido las mismísimas SS: limpiar los viejos crisoles imperiales y conseguir estados-nación monoculturales, con un origen étnico más o menos homogéneo. Me puedo imaginar a los nazis descojonándose en sus retiros de oro. Mientras miles de desplazados cruzan cenagales y ríos, todos los europeos nos movemos con ellos por un terreno lleno de trampas morales e históricas que haríamos bien en repasar, a fin de que gentuza como Anders Breivik -¿le recuerdan?- no se tomen una copita a nuestra salud.   

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