El cubo de cristal

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Nada puede hacerse desde el interior,

De este cubo de cristal,

Del que se van, en tus narices,

Los grandes proyectos,

Hacia el otro lado de la transparencia.

Irrumpe el silbido de un tren lleno de esperanza,

Sueños que se alejan entre los maderos

Que separan las vías que algún día

Condujeron a futuros ahora ahorcados,

Condenados, a la existencia efímera,

¿Sueños? Ya no.

Aunque sí pesadillas.

La vida en un cubo de cristal,

La más cruel de las torturas,

Juego macabro de espejos, reflejos

De un mejorar que aguarda,

Que se dirige allí donde los caballos galopan,

Donde también suenan las trompetas,

Junto a los vítores que nacen del júbilo.

Y ahora hablan ahí fuera de las mazmorras,

La noche eterna que se cernía,

Sobre los ladrillos y el hierro la tiniebla,

Como si ahí arriba nunca nada hubiera existido.

Y sin embargo,

No me apenan.

Peor es el cristal y su naturaleza sincera.

Superficie diabólica que te recuerda,

A cada segundo todo aquello que te quitaron.

La luz,

Que solía pellizcarte cada mañana.

El aire,

Que arrastraba consigo los pétalos.

El agua,

De donde emanaba todo lo que ahora se te niega.

Desgraciado, tú,

El ermitaño espectador tras los cristales.

Transparente soledad,

Suerte de dios omnipresente,

Que todo lo ve pero nada siente,

Pues ya no hay tacto en tus dedos

Ni sabores en tu lengua,

Encerrado como estás,

En esta escultura de carne y hueso.


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