Extraterrestres Jones

Bruselas 1

Ya podía visualizar a Alan Humanson revelando el enigma, destapando la olla donde habían cocinado aquella mentira. Una sala de Nueva York, repleta de jóvenes estudiosos que no quieren perderse la buena nueva. Os han pillado, Dios, a ti y a tus corruptos secuaces. Ya lo oigo, al gran Humanson, arqueólogo revolucionario que jamás temió a la muerte. Correría el año 1999. Etiopía. Sin anunciarlo a nadie y tras varios años de estudios genéticos, habían dado con el Paraíso. Pudieron señalar con el dedo en el mapa. Dejaron de hablar de “un lugar de África” y empezaron a decir, en voz alta, “en ese lugar de África”.

Las excavaciones se habrían iniciado tan pronto dispusieran de los medios adecuados. Tardarían unos dos años en obtener los primeros resultados. Y qué resultados. Al principio habrían pensado en desistir, habrían pensado que quizás se habían equivocado. Pero sí, supongamos que finalmente los cinceles se abrieron paso entre la gravilla y la roca y se toparon con el metal. Una aleación desconocida y que, de hecho, todavía no se conoce en la Tierra. Duro como el hierro, pero maleable como el sílex. Después de excavar durante eones comprenden que se trataba de una altísima muralla hecha de ese material insólito. En las paredes encontrarían inscripciones y dibujos raros e incomprensibles para el hombre. Digamos que tardan cerca de una década en excavar la totalidad del recinto. A medida que profundizan en el terreno, hallan restos de huesos, cráneos de múltiples tamaños (algunos enormes) e infinidad de tablillas del mismo material que la muralla. Sobre ellas habrían grabado el mismo tipo de garabatos indescifrables. En el ala oeste del recinto identificarían una estancia que se encontraría fuera del cerco amurallado: con el tiempo descubrirían que se trataba de un laboratorio con sus probetas, sus básculas y sus ordenadores de pantallas táctiles.

Digamos también que, pasados diez años desde los primeros hallazgos, ya habrían conseguido dar algo de sentido a todo el conjunto. Habrían hecho las pruebas pertinentes y, entre todas ellas, la más sorprendente sería la del carbono 14. Resultaría que habrían construido todo aquello hacía por lo menos 300.000 años, así que todo indicaría que habían dado con el origen. Descifrarían hasta el 75% de las tablillas, el cómo sería un secreto celosamente custodiado. Y ahora, después de veinte años, se encontrarían en disposición de contar la verdad.

En el principio, antes que el hombre estarían los extraterrestres. Es verdad que la tierra ya estaría poblada. Es verdad que ya existirían las serpientes, los cocodrilos e incluso los homínidos, pero no el hombre. Los extraterrestres serían seres curiosos y estarían acostumbrados a hacer viajes interestelares. Entre unos pocos inspeccionarían la Tierra y la poblarían. Llegados a este punto, supongamos que cuando hubieron investigado a fondo el planeta, entonces decidieron intervenir. Pensaron que quizás podrían adaptar a los seres que allí se encontraban. Tal vez pudieran adaptarlos para que les sirvieran. Fue entonces cuando empezaron a jugar a ser dioses.

Más tarde, cuando Humanson procedió a la clasificación y reconstrucción de los huesos hallados, cayó en la cuenta de que muchos de ellos pertenecían a esqueletos de seres híbridos. Encontraron un cráneo de un homínido hembra que iba unido al cuerpo de un león. Reconstruyeron lo que parecía ser un auténtico grifo: mitad león, mitad caballo. A medida que descubrían cosas, llegaron a la conclusión de que eran tan increíbles como irrefutables. Los extraterrestres habían jugado a ser dioses y al parecer lo consiguieron.

Un tal Iahvé regentaba la zona del recinto y gran parte del territorio africano. Él se encargaba de supervisar las pruebas y experimentos, él tomaba las decisiones. A sus espaldas, lo seguía todo un séquito de seres que provenían también del espacio, muy probablemente del mismo planeta, o de un mismo satélite, o de quién sabe qué.

Lo que conocíamos como paraíso, el que fuera el hogar de Adán y Eva, estaba vigilado en su totalidad por cámaras que dejaban de grabar cuando caía la noche, salvo excepciones. Desde el laboratorio se controlaba todo lo que sucedía e, incluso, podían comunicarse mediante megafonía con los seres allí recluidos. Eso explicaría que Adán y Eva oyeran una voz en off y creyeran que se trataba de su creador. Y al fin y al cabo no iban desencaminados.

Ahora cabría preguntarse qué ocurrió para que Adán y Eva abandonaran el Paraíso. El tema de la seguridad estaba perfectamente controlado y no parecía que el nuevo ser humano fuera capaz de sortearlo. Pues bien, hubo dos factores decisivos: uno de ellos fue que Adán y Eva se dieron cuenta de que fuera de la muralla había algo, cosa que al parecer no entraba en los planes. El segundo factor fue la entrada en escena de un alienígena conocido como Satanás.

En efecto, muchas de las tablillas daban a entender que Iahvé y Satanás eran hijos de una misma madre, aunque esta es una cuestión que no hemos podido esclarecer. Satanás se encargaba de vagar por el interior del recinto amurallado, de estudiar más de cerca los resultados de los experimentos y condenar las conductas impropias. Su tarea, pues, lo obligaba a tener contacto directo con Adán y Eva con frecuencia. Ese contacto resultó ser más íntimo de lo que cabría esperar.

Adán y Eva solían preguntarle qué había ahí fuera. Él les respondía que todo era salvaje, que la vida de uno podía terminarse al cruzar el primer río, al subir el primer árbol, o simplemente al caer la noche. Decía que en efecto la muerte esperaba en cualquier rincón. No obstante, las advertencias de Satanás no fueron suficientes. Adán y Eva deseaban ver el mundo.

Su amigo alienígena sabía que eso no sería posible, a no ser…a no ser que les abriera las puertas al anochecer, saliera con ellos al exterior y los hiciera volver al nacer el día. Adán y Eva estuvieron de acuerdo con las normas del juego: una noche y nada más. El sol acabó por ponerse, y aprovechando el amparo de la oscuridad, Satanás y los dos seres humanos salieron por la puerta.

Pasaron la noche maravillados con lo que parecía ser un lago eterno cubierto de azabache. Satanás empezó algo inquieto, pero a medida que pasaban las horas cogió confianza. Observó el cielo, incapaz de encontrar la suya entre todas las estrellas. Les contó algunas historias. Explicó como los animales en realidad no eran tan fantásticos. No había caballos con alas, la mayoría no sabía comunicarse con palabras, no existían las esfinges. Los árboles y las plantas no estaban colocados con tanto orden, en el ancho mundo no existían las normas. En el ancho mundo, uno era libre. No obstante, ahí fuera la muerte acechaba, te vigilaba de cerca para asestarte un golpe fatal al menor descuido. En el paraíso en cambio era muy difícil morir. Casi imposible.

Adán y Eva escuchaban atónitos, mientras observaban aquí y allá. Nunca antes habían pensado en morir, apenas habían oído hablar de ello, tampoco de la libertad. La curiosidad les reconcomía por dentro. Entonces Eva avistó un árbol solitario, de cuyas ramas colgaban unos frutos esféricos color carmesí. Pidió a Satanás que le dejara coger uno de ellos, para no olvidar jamás que había vida más allá de los muros. El alienígena accedió de mala gana. Eva cogió dos de los frutos y le entregó uno a su compañero.

Se sentaron junto a las raíces del manzano, y entre suspiros se acurrucaron uno encima del otro, claro, el cansancio empezaba a hacer mella. Satanás los observaba a cierta distancia y comenzó a impacientarse. Entretanto, la luna se retiraba ya del firmamento y el sol, aunque tímidamente, se abría paso entre las nubes. Debían volver al paraíso de inmediato o les descubrirían. Satanás los apremió para que se levantaran y enfilaron el camino de vuelta, nerviosos, lamentando haber apurado hasta el final la escapada nocturna. Quizás aún estuvieran a tiempo, pero debían darse prisa.

A lo lejos se distinguía ya el gran muro metálico, y no parecía que ocurriera nada fuera de lo normal. Nadie en la puerta, nadie que aguardara su llegada. Satanás respiraba entrecortadamente, sin saber todavía si podía soltar ya todo el aire. Dejaron de andar y se pusieron a correr a grandes zancadas. Satanás abrió la puerta por donde antes habían salido y cuál fue su sorpresa cuando, de entre los árboles perfectamente alineados, apareció Iahvé.

Nadie dijo nada en un principio. Se cruzaban las miradas, pero no las palabras. Las hojas rojas de los árboles caducos sobrevolaban sus cabezas. Adán y Eva se escondían detrás de su amigo, temerosos de la ira del que ellos consideraban su dueño. Iahvé caminaba de un lado a otro, con un paso muy quedo, reflexionando, barajando sus opciones. Pidió a Satanás que se retirara, ya hablarían luego. Se dirigió entonces a los humanos, que ahora temblaban de frío. Ahí tuvo que ser cuando advirtió las manzanas en sus manos.


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