La corbata y la falda

 

Hay que barrer ahí fuera, ahora que la pinaza cubre el hormigón de la explanada, y las hojas de los álamos los bancos, y las deposiciones de las palomas el tejado del porche.

Todos a una. O casi todos.

Pues pronto vendrán los invitados a esta nuestra casa. Corred, pues, y coged el rastrillo, y empuñad las escobas,y desenvainad las tijeras,y mueran así las malas hierbas.

Así que ahora empiezan los hombres del sombrero y las arrugas en la cara a ensuciarse las manos.

Pero lejos, un tipo y, con él, una mujer. Los brazos en jarra, después, satisfechos, se frotan las manos. Él, una corbata. Ella, una falda de seda. Ambos, desde la distancia, señalan con el dedo, así como si hubieran avistado América, y ahí, a lo lejos, ¡tierra!

Barred, ahora, compañeros, barred. Erradicad esta epidemia de polvo, seccionad las cabezas infectadas de suciedad.

Y tú, tú te encargarás de la maleza, a pesar del sol, aun a pesar de tu piel en llamas. Y tú, ahí, fíjate que aun quedan restos de la cena.

¿Qué esperabais?

Acaso pensabas que estas nuestras manos, de delicadísima porcelana, correrían el riesgo. Así que bajo la sombra del porche, una corbata y una falda de seda, con los brazos cruzados. Y mientras, bajo un sol de injusticia, hombres y mujeres blanden su particular espada:

Y cortan las raíces, y sacan brillo a las farolas, y ponen en su sitio las butacas.

Ahora: ¡Resplandezca el mármol de la escalinata! gocen los pájaros en lo alto de las impolutas copas, suene el zumbido de los insectos entre las flores risueñas.

Pero entonces, una corbata y una falda de seda miran el reloj, cómo se derrite ante la inevitable sucesión de los segundos. Algo inaudito ocurre:

Un hombre y una mujer salen del porche y corren veloces por el jardín. Él, se deshace de su corbata; ella, arremanga hasta las rodillas su falda.

¡Insólito!

Ahora ambos empuñan el rastrillo, ahora una escoba.

Pero tarde, demasiado tarde. Alguien llama al otro lado de la gran puerta de roble. Abre el mayordomo y, tras él, entran los respetables.

Ya en el interior, se topan de bruces con una corbata y una falda cubiertas de polvo, unas manos sucias de barro, pieles empapadas por el sudor. Caen las escobas, caen los rastrillos. Sopla el aire entre las figuras inanimadas, y dice:

Llegará el día en que todas las manos se ensucien, y ya nadie se jacte al frotárselas.

 

 


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