Sueño de una noche de verano

Barcelona-Mar Bella 2011 (4)

Entre la niebla de un sueño profundo, un adolescente.

Tendido, entre las estrellas perladas, otea, a través del espigado catalejo, la delgada silueta de un horizonte imposible.

Es de noche, y acaso no es suficiente. Aquí, en este páramo etéreo, ya no existen los años, tampoco el tiempo, tampoco el crepúsculo, tampoco Júlio César, tampoco Cleopatra.

Pasos, palabras, claves de sol, flotan, revolotean, danzan.

El vacío. Luz, sombra, qué importa. Un adolescente, me mira, nos mira, tendido entre las estrellas perladas.

Incrédulo, observa.

¿Así seré? Pregunta.

Así serás, respondo.

Y ¿Quién es ella? ¿Una de tantas?

Pero mi cabeza, esta vez lo niega:

Ya no.

Al tiempo que un dedo y un mechón castaño se enredan.

Así que…esbozarán los oníricos labios, pero no hay tiempo. Quedan sellados, con ese mismo dedo que se enredaba con aquel pelo de mujer:

Ella es ella. Y entonces el silencio.

El adolescente, todavía tendido entre las estrellas perladas, evalúa, decide, y por último frunce el ceño.

¿Es eso lo que queríamos? Dice.

Ya lo creo.

Pues fíjate en su pelo castaño, que con la presencia del sol se convierte en un manojo de hilos de oro. O en sus ojos, que a la luz de la luna son dos gotas idénticas del océano. O en su sonrisa, tan afilada, capaz de atravesar piel, carne, hueso, capaz de doblegar al más erudito de los ejércitos.

¿Será, pues, la última? Pide él.

Y quién sabe.

Sustancias caprichosas, reacciones que nacen en la naturaleza, o en dios, según se mire, y que mueren y después renacen, por cierto, impulsos milenarios anteriores a ti, a mi, a nosotros, incluso anteriores a la primera hoja que brotó de la tierra.

Pero sí. Ella es ella, tan claro y sincero como el aire que mece las hojas. No será fácil, Sin embargo. Tantas las encrucijadas, tantos los recodos, tantas las curvas cerradas. Tantos los claros en el bosque, en lo alto de una colina, tantas, tantas las noches estrelladas.

¿Prosperará?

Prosperará, pues mantendrás la mirada siempre al frente, y los oídos ajenos al ruido, y el olfato al azufre disfrazado de dulce. Y en los días aciagos, recordarás:

Su pelo dorado al despertar. Sus manos. Sus manos navegando las aguas de la oscuridad hasta dar con las tuyas. Sus ojos entrecerrados al encuentro de los tuyos. Sus brazos enredándose entre las sábanas y tu piel, tu bello erizado por el frío, pero ella siempre buscándote, diciéndote, es posible que haya millones de peces bajo la delicadísima superfície de plata, pero dime, dime cuántos siguen nadando, aunque sea a la deriva, a pesar de las aletas agorratadas, y dime, dime si algunos ojos te han hablado como lo hacen los míos.

El silencio se adueñará entonces de ti, de ella, de todo, y se marchitarán las palabras, habiendo sucumbido al embrujo, embriagadas por las caricias de esta suave brisa de una noche de verano.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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