La mirada literaria

Ahora que iba a ser escritor necesitaría lanzarme a la calle a cazar esas historias que se escondían en aquel bosque de asfalto, cemento y cristal. Necesitaría además un cigarro, una libreta vieja, un lápiz con la madera carcomida y, aunque no fuera a utilizarlo, no estaría de más un ejemplar del Ulises raído y sucio. Por supuesto también habría que concentrarse en mantener a toda costa aquella mirada literaria, que consistía básicamente en entrecerrar los ojos y ver cosas donde no las había; a saber, una mano inocente que roza un mechón rubio despistado, la luz del sol que proyecta una sombra que resultará ser un ente de otra planeta de una galaxia muy lejana, o quizás un puente que conduce, aunque secretamente y solo a unos pocos elegidos, a la siguiente dimensión.

Por lo pronto, me senté en una de las plazoletas adoquinadas del Barrio Gótico, esperando que el peso de la historia me arrastrara sin remedio a la ensoñación y al delirio. Saqué la libreta de la mochila de cuero y el lápiz del estuche, con el que empecé a jugar pasándolo de una mano a la otra. Un hombre que vestía unos tejanos azules pasó de largo, pero no parecía esconder nada. Entonces me puse a silbar, una melodía que me condujera a tiempos pasados, o futuros, una melodía que, a modo de banda sonora, me trasladara a cualquier otro lugar, en este mundo o en otro, no importa, pero lejos, un lugar donde las palabras se revelaran derrumbando uno a uno los ladrillos, sacando a relucir el germen de una historia que debiera ser contada. En aquel momento pasaba una madre junto a sus dos hijos. Ella lucía una larga melena rubia y lisa, pero los niños en cambio tenían el pelo corto y rizado. ¡Atención! Tal vez de ahí pudiera nacer la tragedia de una familia desmembrada, un padre alcohólico, o drogadicto, o incluso ambas cosas, que pasaba las noches fuera de casa hasta altas horas, y sin embargo durante el día se iba a trabajar o quizás no, no se sabía, precisamente ahí residía el misterio. Estaría metido en drogas, o tráfico de armas, un tipo influyente en el mundo de las prostitutas, o mejor, todo junto y revuelto.

Pero justo en ese instante los dos hermanos daban saltos bastante coordinados, ambos cogidos de una de las manos de su madre. Se podían oír las carcajadas de los tres incluso a varios metros de distancia. No. No se veía la tragedia por ningún lado.

Así que me puse a pasear en busca de un nuevo emplazamiento, donde por fin aquella mirada literaria pudiera disparar y además acertar en el blanco, un lugar en el que quizás una gran verdad se revelara a través de una piedra, o de una gaviota, o de una caricia. Doblé una esquina donde se encontraba una de aquellas torres de la muralla romana que todavía se mantenían en pie. Grandes bloques de granito que se soportaban los unos a los otros, viejos, pero incansables, que de poder hablar podrían contar cosas que seguramente harían temblar los cimientos de la civilización, secretos, mentiras, historias tan suculentas como el helado de avellana. Entonces mis pasos se detuvieron y mis ojos se quedaron fijos en la superficie terrosa de aquellas rocas milenarias. No era ninguna tontería. De poder hablar podrían describir con todo lujo de detalles lo que había transcurrido en ese mismo lugar durante los últimos dos mil años. Por qué no insuflarles vida a través de las palabras. Fabular un mundo en el que un niño pasearía una tarde cualquiera y doblaría esa misma esquina, y aunque nadie más se percataría, él sí escucharía aquel susurro tan nítido que provenía de la pared.

La esperanza de una muralla que hablaba. Pero ignoraba qué secretos podrían guardar las piedras. Por mucho que uno se leyera todos los libros del mundo. Existía una barrera insalvable que era la del tiempo, las costumbres que escapaban a los restos arqueológicos y a toda suerte de evidencias, como por ejemplo las inquietudes de aquellos hombres que algún día fueron de carne y hueso y sin embargo ya nunca trascendieron, hombres y mujeres que de algún modo habían dejado de existir para siempre, a pesar de los restos, de las pistas demasiado sutiles que habían dejado sin querer. Y sí, que las murallas hablaran era tan romántico como absurdo, si al final, a la hora de la verdad, no tenían nada que decirle a aquel niño.

Pero quizás el problema no fuera tanto de las piedras. Quizás simplemente las piedras nunca habrían hablado. Y si se tratara de una jugada despreciable del autor, mediante la cual haría creer al inocente lector que nos encontrábamos ante un héroe, un ser único capaz de escuchar lo que tuviera que decir la muralla, pero que en realidad estuviéramos siendo testigos de otra cosa muy distinta, la demencia, el embrión de lo que más tarde sería un mentiroso compulsivo, o peor, los primeros síntomas de una esquizofrenia. Que el niño pasara de ser un genio para poco después convertirse en un loco, y que a pesar de todo hubiera lectores que apagaran la luz de la habitación todavía debatiéndose entre lo uno y lo otro, tal vez dándose cuenta, al cerrar los ojos, de que aquella distinción no tenía en el fondo ningún sentido, pues podía ser una cosa, o la otra, o ambas a la vez, y lograr así un relato que jamás se cerrara, porque al fin y al cabo quién está loco y quién es un genio, es una cuestión abierta ya en si misma, y presentarla de cualquier otra manera supondría cometer la más alta traición.

 

 


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