Carpas para la Wehrmacht, de Ota Pavel



En Sajalín nos descubrieron hace tiempo a Ota Pavel con su libro Cómo llegué a conocer a los peces. La historia de Pavel es curiosa porque escribió algunos de sus libros en el hospital, mientras le trataban su enfermedad mental: Allí un psiquiatra le había dado un cuaderno y un bolígrafo, y así es como Ota Pavel entró en la literatura, nos cuenta Mariusz Szczygiel en el epílogo. Pavel se libró por los pelos de ser recluido en un campo de concentración cuando la Segunda Guerra Mundial trastocó la vida de su familia, pero su padre y sus dos hermanos no se libraron.

Lo más sorprendente de los libros de Ota Pavel es que gozan de un humor que levanta el ánimo, pese a todo. En el epílogo se dice que solo un prisionero de la depresión podía escribir el libro más antidepresivo del mundo. En Carpas para la Wehrmacht nos cuenta, mediante 9 relatos, algunos pasajes de la vida de su familia, centrándose sobre todo en su padre, todo un personaje (obsesionado con los peces y a veces con otras mujeres, vendedor de aspiradoras y de atrapamoscas y luego criador de conejos, cabezota y capaz de jugársela a quien se la juegue a él primero…).

Aquí van algunos extractos:

Mamá marinó el resto en un bonito caldero de cerámica y les hizo a mis hermanos Hugo y Jirka salsas y bistecs, sus grandes especialidades. Los chicos se dieron un atracón para los años que vendrían, para aguantar Terezín, Auschwitz y Mauthausen, para las marchas de la muerte a treinta bajo cero, para cargar piedras por las escaleras de Mauthausen con un calor de treinta grados y para todas esas cosas bonitas que les habían preparado los alemanes. Hugo volvió bien, en general. Jirka volvió de Mauthausen con cuarenta kilos y durante medio año estuvo muriéndose de hambre y sufrimiento antes de empezar a vivir de nuevo.
[Del relato "La muerte de los corzos hermosos"]

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Con el busto y los muebles empaquetados, al principio de la guerra nos mudamos de Praga a Bustehrad, donde estaba el nido familiar de mi padre y su único estanque.
Aquella vez que el alcalde, delante de nosotros, le dijo "nos quedamos el estanque", no se encogió de hombros ni se encorvó, solo dijo secamente:
-Sea usted tan amable de asfixiarse con las espinas de mis carpas.
El señor alcalde puso los ojos como platos, pero no hizo nada, no quería cargar con mi padre en la conciencia.
[Del relato "Carpas para la Wehrmacht"]


[Sajalín Editores. Traducción de Kepa Uharte] 

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