La historia del street art francés: de la clandestinidad a la domesticación institucional

Quien más quien menos conoce que los orígenes del street art deben buscarse a finales de los años 60 en EEUU, concretamente en el metro de Nueva York bajo la forma de grafitis, tags, collages y carteles. Estas manifestaciones se erigen como una forma de expresión ligada a partes iguales a la clandestinidad y a la necesidad de expresión y autoafirmación dentro de una comunidad.

Pero el desarrollo del street art está también íntimamente ligado a la historia moderna de Francia que ve nacer este movimiento de forma paralela en los años 60. Es precisamente en este año cuando el fotógrafo y escritor Brassaï publica su libro Graffiti, fruto de un trabajo de observación y documentación en las calles de París durante más de treinta años (cabe recordar que los orígenes del graffiti se remontan a época romana). Esta publicación, en la que participa Picasso, supone un hito conceptual importante para el grafiti y por extensión para el street art, ya que es asimilado al art brut primitivo y efímero, empezando a asentar los fundamentos teóricos para la consideración del street art como una forma de arte.

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Fotografía de un grafiti en las calles de París hecha por Brassaï. Fuente: http://unionstreet.fr/brassai-et-les-graffitis-a-lancienne/

El año 1968 en Francia está marcado por fuertes revueltas estudiantiles que desencadenan un movimiento de protesta social antiautoritaria, de naturaleza cultural, social y política, dirigida contra la sociedad tradicional, el capitalismo, el imperialismo, y contra el poder “gaullista” de la época. Este conjunto de movimientos sociales es el que da nombre al “mayo del 68”, constituyendo el marco en el que se desarrolla en Francia el uso de plantillas (técnica llamada stencil) para transmitir a menudo un mensaje político. Este hecho, unido al gran desarrollo económico que vive Francia en el periodo llamado “Trente Glorieuses” (después de la segunda guerra mundial hasta 1973), propicia un contexto de urbanización acelerada que da lugar a un nuevo impulso artístico desarrollado en las calles. Primero pintados con rodillo o pincel, los grafitis se convierten en una herramienta para la denuncia de las desigualdades sociales producidas por la nueva sociedad de consumo.

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Ernest-Pignon-Ernest. “La commune de Paris” (1971). Fuente: http://pignon-ernest.com/

En los años 80 y 90 aparecen nuevas técnicas surgidas como consecuencia de la mejora y especialización de los utensilios utilizados por los street artistas. Las pinturas a aerosol empiezan a poblar las calles permitiendo la realización de composiciones más complejas y elaboradas. Es éste el momento álgido del street art, cuando la clandestinidad y la persecución policial son el precio pagado por la absoluta libertad de expresión.

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Blek le rat. París (1983). Fuente: http://bleklerat.free.fr/stencil%20graffiti.html

A partir del año 2000 comienza un proceso de aceptación del arte urbano tanto a nivel institucional como por parte del gran público. Las galerías y centros de arte empiezan a organizar muestras que acogen la obra de famosos street artistas intentando, en algunos casos, concebir estrategias para poder comercializar sus producciones. La exposición de 150 taguers internacionales organizada en el Grand Palais de Paris en 2009, supone el ejemplo cumbre de esta conquista de la esfera oficial del arte.

Aunque las intervenciones artísticas urbanas siguen siendo perseguidas con multas de entre 1500 y 30.000 euros en Francia y con hasta dos años de prisión, esta incipiente tolerancia y ocupación del ámbito institucional ha comportado en muchos casos una domesticación de las prácticas artísticas urbanas, y por lo tanto, una pérdida de la esencia reivindicativa, contestataria y subversiva con la que nació el street art.

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Exposición “TAG” en el Grand Palais (2009) Fuente: http://www.grandpalais.fr/es/node/3779

El gran reto al que los artistas urbanos actuales se enfrentan para no caer en una perversión de los valores originales, es precisamente el de saber gestionar un equilibrio entre el marco institucional en el que algunos se mueven, y la libertad de expresión identitaria de su movimiento.

 

 


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