Monólogo a propósito del remordimiento

Dime.

Qué hacer con el fuego que el agua no extingue.

Cómo morder la sombra de un brazo que fue y ya no.

Qué opciones quedan ante la imposibilidad de volver, poder zarandear a ese ignorante que fui y empujarlo así justo en el preciso instante, justo cuando su mano, que es ahora mi mano, se acercaba peligrosamente a la llama, justo cuando su piel sudorosa ya nos advertía de la inminente llegada del fin.

Cómo asumir la certeza de un viaje tan utópico como necesario, la ausencia de una carretera que conduzca a la nebulosa tierra abandonada, una nave capaz de atravesar el ancho muro que construyeron los segundos.

Dímelo, dime cómo vadear las piedras que proceden del otro lado del espejo, aun a sabiendas de que ya será inútil tratar de alcanzar aquel reflejo desgraciado.

Espera.

Tal vez haya una respuesta.

Sí.

Tal vez haya llegado el día de romper el cristal con el martillo del porvenir, para después dirigir aquella mirada taciturna (y para que deje de ser taciturna) hacia la tierra que nos espera ahí delante, a lo lejos, donde todavía nada puede hacernos daño.

Sí.

Es posible.

Pues ahora ya no importa esa parte del espejo, y lo que hay al otro lado no es más que una sombra que perderá su fuerza solo cuando dejemos de posar nuestros ojos caídos sobre su oscura silueta.


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