A propósito de la leyenda de Woodstone

A Woodstone lo habían mirado siempre con la condescendencia con la que se mira a los locos, pero el caso es que ahora las pruebas eran ya irrefutables, así que al final lo suyo no había sido locura sino genio, y cuidado, los resultados de sus investigaciones no solo suponían la constatación de la existencia del Big Bang, sino que la cosa se rizaba y se rizaba como la cola de un cerdo, y al parecer, este nuestro Big Bang era uno entre tantos, en total cientos de explosiones y sus respectivos universos, una batalla eterna entre el hielo y el fuego.

Pero Woodstone no se conformaba con la física, ni con la astronomía, ni con lo que vendría siendo la ciencia en general, así que de vez en cuando protagonizaba incursiones furtivas en el campo de la arqueología. Lo cierto es que hasta entonces no había encontrado gran cosa, a excepción de dos tazas de té de los años cuarenta y un fragmento de hueso de lo que (casi seguro) era el fémur de una musaraña. No obstante, una tarde de domingo el gran Woodstone se sentó sobre una roca que quedaba justo en frente de una gran cueva. Por circunstancias que no vienen al caso, el zumo del que había estado bebiendo se le escurrió entre los dedos, hecho que trajo consigo unas consecuencias más que previsibles, pero aun así parte del líquido vadeó con elegancia las piernas de nuestro gran científico, lo cual provocó que aquel zumo natural de naranjas naturales entrara en contacto con la roca, para convertirse después en un sistema de canales oscuros que irrigaban las tierras que uno podía imaginarse sobre la superficie de piedra. Y cuál fue su sorpresa cuando, al ocupar ya gran parte de la roca, los canales de zumo dibujaban formas extrañísimas e intrincadas, como si pertenecieran a algún tipo de escritura de un pasado ya muy remoto, que en cualquier caso escapaban al conocimiento del bueno de Woodstone.

Así que lo siguiente que hizo es ponerse en contacto con todos los expertos que conocía y se le ocurrieron. Todos se negaban hasta que dos eruditos taiwaneses accedieron a revisar el gran bloque de piedra, y aunque no se sabe a ciencia cierta cuánto tiempo la estuvieron examinando, sí se sabe cuáles fueron sus conclusiones. Aquella roca albergaba el relato de cómo los hombres se habían visto obligados a abandonar su tierra natal y cómo después habrían vagado por el espacio, terminando su éxodo en lo que ahora reconocemos como la Tierra. Ahí ya fue cuando vinieron las preguntas.

Qué si los hombres vinieron de este universo o quizás de otro cualquiera, nacido de cualquier otro Big Bang, tal vez muy anterior al nuestro. Qué si llegaron desde un planeta vecino, qué sé yo, marte, o venus, o mercurio, después de una catástrofe que los habría dejado tan pelados como la cabeza de un recién nacido, o qué si nuestros antepasados fueron en realidad unos simples fugitivos, o tal vez pioneros, o aventureros, o en definitiva, supusieran tan solo un pequeño porcentaje de la población, lo que equivaldría a aceptar que millones de hombres y mujeres seguirían viviendo en cualquier otro universo producto de cualquier otro Big Bang, y que después de todo ignorarían nuestra existencia, o no, en cualquier caso no podríamos saberlo, pero pongamos que en efecto la ignorasen, así como nosotros desconocemos su paradero (o nuestro paradero si uno lo piensa), y que en realidad la búsqueda de vida inteligente se limitaría a la búsqueda de nosotros mismos, y en fin, unos buscarían a los padres y los otros a los hijos, y así toda la eternidad, desde universos creados por Big Bangs infinitos, y entonces una pista llevaría a otra, y después otra pista llevaría a otra, los unos buscándose a los otros en pos de una respuesta imposible.

Recuerdo que para entonces había escuchado muchas versiones diferentes acerca de lo que había ocurrido tras el gran descubrimiento. Algunos decían que Woodstone llevaba años encerrado en su despacho, rodeado de ecuaciones que ocupaban las cuatro paredes y miles de gramos de cafeína en todas sus formas y tamaños. Otros insinuaban que había muerto, bien por la falta de sueño, bien por un balazo directo en la sien. Sea como fuere, cuando habían pasado quince años desde lo del hallazgo, yo ya me había olvidado del asunto.

No me cuesta admitir que su cabeza rapada me confundió al principio, aunque en mi defensa diré que había muchos otros cabezas rapadas. Pero lo miré detenidamente y entonces me acerqué, me acerqué tanto que nuestras narices quedaron a escasos centímetros. Ahí estaban su ojo vago y sus paletas desproporcionadas. No podía creerlo. Así que le pregunté a Alan Woodstone si era Woodstone. Él asintió y después se instaló por un momento el silencio, y  fue entonces cuando me contó que tres días después del más grande de los descubrimientos, él, el legendario Alan Woodstone, había reservado un billete de avión y se había llevado consigo solo lo indispensable, y nada más aterrizar en el Tibet, se había dirigido al templo para rendirle pleitesía al gran Buda.


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