MEMORIAS DE AMÉRICA. Capítulo 5. El intruso noctámbulo

Dan se había ido por trabajo, a cubrir uno de sus tantos proyectos, una reunión en un lujoso hotel de Boston donde después se quedaría a dormir. Así que aquella noche solo seríamos tres: Sandy, Alice y yo, eso sin contar a los perros, y a los gatos, y a los pájaros en las casetas. Lo cierto es que me sentía raro. De repente, me había caído la responsabilidad de ser el hombre de la casa. No sé, fue un sentimiento muy primitivo y seguramente absurdo. Pero sí, en cierto modo las cosas eran así, a pesar de lo moderno de nuestra época, supongo que algo quedaba en algún lugar de mi ADN. En aquella casa siempre había dos mujeres y un hombre. Digamos que por eliminación aquel día el hombre iba a ser yo.

Ya hacía un par de días que Sandy había hecho gelatina de menta, utilizando alguna de las plantas que crecían en el backyard. Había una gran cantidad en aquel recipiente resguardado en las profundidades del frigorífico, y yo me preguntaba para qué querría tanta, pero tanta gelatina. Aquella noche, por cierto, el olor a cordero se extendía por toda la casa, incluso hasta el más recóndito de los recovecos. Los perros también podían olerlo, claro, y daban vueltas alrededor de los fogones, esperando la oportunidad como lo hacen las hienas en la sabana. No hay que olvidar que, igual que los monos y los hombres, los perros y las hienas comparten antepasados y ese tipo de cosas. El caso es que Sandy abrió la compuerta de la nevera y sacó la gelatina. Supuse que era el momento idóneo para dejarla a temperatura ambiente, y así disfrutar de ella en todo su esplendor cuando llegara el turno del postre. Después apagó el fuego y se dispuso a realizar el trasvase del cordero de la olla a la fuente. Eran dos acciones que nadie en su sano juicio se atrevería a relacionar. Pero entonces cogió el recipiente lleno de gelatina y lo colocó sobre la mesa, y acto seguido hizo lo propio con el cordero.

A renglón seguido nos sentamos cada uno en su sitio, respetando el asiento vacío de Dan. Los perros seguían revoloteando alrededor de la mesa, pero Sandy repartió el cordero entre los comensales sin prestarles atención. Alice, al tiempo que su madre le servía la carne, colocaba la gelatina a un lado del plato como si de una salsa se tratara. Entonces se rio con fuerza desproporcionada, me refiero a esa carcajada tan cara en la edad adulta, supongo que al ver como la estupefacción se adueñaba primero de mis ojos, después de mis cejas y por último al torcerse mi boca. Y sí, después cortó un trozo de carne y lo sumergió entre la superficie verde de la gelatina. Cordero y menta. Aquello no había por dónde cogerlo.

Pero al fin y al cabo habíamos cruzado el gran charco para experimentar lo genuinamente americano, y lo cierto es que, contra todo pronóstico, ya iban unas cuantas sorpresas agradables. Por ejemplo, recuerdo con entusiasmo una tarde de cine. Íbamos a ver la primera parte de Gru, Mi villano favorito. Era difícil compartir una película con Alice, así que siempre nos veíamos arrastrados hacia el cine de animación. El caso es que, cuando ya estábamos en el sofá, listos para no hacer nada, Sandy me ofreció un float. Cómo hacía muchas otras veces, yo dije que sí por educación, o más bien por orgullo. No tenía ni idea de qué me estaban hablando. Entonces trajo un vaso de esos altos de Coca-Cola, una lata de la misma marca y por último helado de vainilla. Sí, esos eran los ingredientes de un float. Así que ahora una sustancia efervescente borboteaba dentro de aquel vaso como si fuera una pócima mágica. No había vuelta atrás. Y la verdad es que estaba de muerte.

Pues bien, había llegado el turno del cordero y la gelatina de menta. Ya no era un gran qué. Al principio solo una pequeña porción de cada cosa. Cuidado. Era un sabor tan interesante como imprevisible. Casaban perfectamente. El cordero siempre había tenido aquel sabor casi dulce, aspecto que ahora potenciaba la gelatina. Sí, se podía decir que el asunto funcionaba. Llegados a este punto, me preguntaba a quién y cómo se le había ocurrido por primera vez. Supongo que sería una historia de esas en las que la casualidad juega un papel primordial. Un accidente sin importancia pero que de repente se convierte en el gran descubrimiento. Tal vez la gelatina habría caído sobre el cordero y el cordero era demasiado caro para echarlo a perder. O quizás simplemente alguien se aburría. En cualquier caso sería algo parecido a aquel otro día en el que un homínido le pegó fuego a una rama un día de tormenta, o aquel otro día en el que por avatares del destino un cordero se cayó en la recién descubierta llama, y entonces para sorpresa de todos sabía mucho mejor una vez calcinado en aquel fuego primigenio. Ahora el cordero pasaría 200.000 años en soledad, hasta que una mañana digamos de febrero, lejos de su cuna africana, llegó la gelatina y con ella la felicidad completa.

Después de la cena, la ausencia de Dan nos empujó a cada uno hasta su cama. No hubo copas de vino ni pintas de cerveza. Desde mi habitación se podía escuchar a Sandy leyéndole algo a Alice. Para entonces yo ya me había acostumbrado a mis cuatro ventanas, la cama de matrimonio para mí solo, la estantería repleta de libros. Ahora aquella era mi guarida. Incluso me había acostumbrado a los gatos. De vez en cuando se tumbaban a mi vera mientras leía. Al principio manteníamos las distancias. Pero ya hacía unos días que la relación se había estrechado. Igual que con los hombres, era una cuestión de tolerancia, o mejor, una cuestión sobre todo de empatía, en definitiva saber qué hay al otro lado y actuar en consecuencia. Así se rompen las fronteras y se amplían los horizontes. Y si antes no podía soportar los gatos, ahora uno de ellos se había tumbado sobre mi costado y reclamaba mi atención golpeando su cráneo peso pluma contra mis costillas.

Recuerdo que a aquellas horas se respiraba una tranquilidad que en Barcelona solo se podía imaginar, tal vez ayudado por videos de Youtube que reprodujeran el tamborileo de la lluvia contra el cristal, o el tranquilo devenir del arroyo, o quizás la estridente aunque acompasada conversación de los grillos. La única diferencia es que ahí era real. Pero la tranquilidad se rompió cuando de repente el gato pegó un salto y empezó a rasgar la puerta, pidiendo, desesperado a su manera, que la abriera. Al otro lado del pasillo, empezaron a ladrar los perros de un modo que no había oído hasta entonces. Realmente parecía que estuvieran insultando a alguien. No le di importancia hasta que me di cuenta de que precisamente aquella noche yo era el hombre de la casa. Y si los perros ladraban hasta desgañitarse, quizás sí que habría que ir con cuidado. Un ladrón, o un asesino, o peor, tal vez ambas cosas. Quién sabe. De momento me quedaría en la cama. Pero ahora no se trataba de los perros. Pude reconocer la voz de Sandy entre todo aquel alboroto. Su voz me llamaba. Rápido. Tenía que levantarme cuánto antes. Así que había llegado la hora de proteger aquel nuestro territorio. Cogí un libro, el más grueso que encontré. Como si eso fuera a servir de algo. Entonces abrí la puerta con una determinación fingida. Y allí estaba Sandy, ataviada con su camisón, armada con una linterna en su mano derecha. Sonreía. No era miedo, sino excitación. Me condujo a una de las ventanas del lavabo, que ofrecía una vista privilegiada del patio trasero. Ahí, cerca de la caseta de Alice. Enfocó con la linterna a través de la mosquitera que cubría el espacio vacío de la ventana. Y entonces lo vi. Una inmensa sombra negra que paseaba tranquilamente entre las flores.

Me acordé de aquella conversación con Dan. Se habían dado muchos avistamientos en los últimos tiempos. Sabían que los hombres tenían comida y ellos acudían en su búsqueda. Entonces los perros ladraban como si les fuera la vida en ello. A todo esto, Sandy seguía enfocándolo con su linterna. Después de unos minutos, él pareció incomodarse por fin. Así que se apartó de la luz y se encontró de bruces con la valla blanca. Pero aquello no suponía un obstáculo para él. Se apoyó sobre ella y ésta cedió como si fuera de poliespán. Después su pelaje oscuro se fundió con el negro de la noche.

Sí, Había venido a aprender la lengua inglesa y la cultura americana. Pero también había venido a ver los paisajes, las voluptuosas formas de un continente nuevo, los colores y sus matices, y en fin, otras formas de vida. Pues bien. Ahí tenía mi premio. Por desgracia, no hubo tiempo de hacerle una foto. Y no. No habrían pruebas. Tal vez no sería suficiente con contarlo. Quizás algunos no me creerían. Un oso negro en nuestro propio backyard. Pero supongo que en esta vida todo es una cuestión de fe. Al fin y al cabo la historia es también un acto de fe a su manera. Acaso el pasado existe. No sé. El pasado es, si uno lo piensa, una vastísima novela, y la historia no es más que el relato de lo que los hombres quisieron que supiéramos. Será nuestro secreto: los historiadores son en realidad poetas. Y es verdad, puede que el Quijote no existiera. Pero su influencia fue y es mucho mayor en comparación con la de otros hombres que se supone sí existieron. Realidad o ficción. Me pregunto dónde estará la frontera.


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