MEMORIAS DE AMÉRICA. Capítulo 4. Y entonces vino el Señor

Me lo contó cuando nadábamos cerca de la orilla del lago. Una hora antes, habíamos estado esperando a Peter en el colegio de East Hartford. Era el primer día que el grupo se reunía después de haber pasado el fin de semana con sus respectivas familias. Entonces Mariona no me había dicho nada, tal vez porque todavía no nos conocíamos demasiado. De repente, un autobús de esos amarillos aparcaba justo delante. Se abrían las puertas. Por un momento pensé que el primero en bajar sería Bart Simpson, después lanzaría el monopatín y aprovecharía la inercia para salir escopeteado hacia algún lugar. Pero se trataba de Peter. Suban al autobús. Nos vamos al Wilderness Lake.

Así que Mariona y yo habíamos estado chapoteando en la zona más segura del lago, ahí donde todavía podía verse lo que uno iba pisando. Los demás andaban remando sobre los kayaks y las canoas, sin importar la nacionalidad, los unos mezclados con los otros. Supongo que era lo que habíamos andado buscando. En cualquier caso, el lago era de uno de aquellos lagos destinados al ocio, con sus tiendas de campaña, un sinfín de árboles altísimos, y aquellas mesas de piedra rodeadas por bancos también de piedra.

Pero decía que habíamos estado haciendo unos largos en la zona menos profunda, y hablando de una cosa y la otra, le pregunté a Mariona por su familia americana. Ella cruzó los brazos y meneó muy ligeramente la cabeza de un lado al otro. Algo no andaba del todo bien. Entonces me contó lo que había ocurrido. Y cuando hubo terminado, no pude hacer nada por evitar que mi boca dibujara un círculo perfecto. Había que contárselo a Peter, y había que hacerlo ya.

Dicho y hecho, nos sentamos los tres en una de aquellas mesas de picnic. Recuerdo que Peter nos ofreció un bizcocho relleno de arándanos. Mariona lo aceptó. A mí, en cambio, no me gustaban los famosos blueberries. Con el tiempo descubrí que en Connecticut eso era lo más parecido a blasfemar. Dan y Sandy no se dieron nunca por vencidos, aunque de todas formas jamás consiguieron convencerme. No obstante, acabé por apreciar el sirope de arce, y aunque resignados, decidieron que con eso bastaba. Pero el caso es que ahí estábamos los tres. A un lado de la mesa, Mariona y yo. En frente, como si se tratara de un director en su despacho, estaba Peter. Entonces ella hincó su codo en mis costillas. Carraspeé. Todo indicaba que iba a ser yo el que expusiera el asunto.

Pues bien, la familia de Mariona era una familia que andaba más bien corta de efectivos. Una madre y una hija, que vivían en una casa unifamiliar en la zona de South Windsor, a unos veinte minutos de Hartford. El problema, básicamente, era que la madre padecía una obesidad mórbida, algo que, por cierto, fue difícil de traducir al inglés sin entrar en el terreno del mal gusto. Pero en fin, fuera de buen gusto o no, lo cierto es que la mujer era incapaz de hacer las tareas de la casa, incapaz de levantarse del sofá siquiera, y, aunque sí podía conducir, cuando llegaban a un sitio no podía bajarse del coche, con lo cual, nada de excursiones y ni mucho menos visitas a las grandes urbes, y quieras que no las grandes urbes eran al fin y al cabo uno de los grandes alicientes de aquel nuestro viaje. Además, dadas las circunstancias, la hija, que tenía unos 15 o 16 años, se encargaba de todo lo referente a la casa, por no hablar de la higiene de su madre y otros muchos menesteres que tal vez ahora no vendrían al caso. Por supuesto, aquel cúmulo de desgracias la habían convertido en una adolescente taciturna y, en definitiva, con un carácter quejumbroso más propio de los ancianos. Y todo ello por no mencionar la habitación que le habían adjudicado a Mariona, un sótano tan hostil como una cueva en lo más profundo de la montaña.

Entonces Peter mostró la palma de su mano y yo me detuve. Asintió con la cabeza y apuntó un par de cosas en una libreta que había sacado mientras me escuchaba. Miró a Mariona. Le preguntó si el problema era no poder ir a las ciudades, o en fin, no poder moverse con mayor libertad. Dijo que en ese sentido no había de qué preocuparse, que el programa incluía un amplio abanico de actividades y que por lo tanto vería todo cuanto necesitaba ver. Pero yo mismo negué con la cabeza. A decir verdad, le dije, eso no ha sido más que la punta del iceberg. Se trataba sobre todo de la llegada de aquel tipo.

En efecto, la mañana del sábado un hombre había aparecido en la casa con su pick-up. La hija salió en seguida por la puerta trasera, y mantuvo una breve conversación con aquel desconocido. Ella lo había empujado hacia su vehículo, pero el tipo se las ingenió para entrar. En aquel momento, Mariona y la madre se encontraban en el salón, hablando distendidamente acerca de la meteorología. Fueron sus ojos desorbitados los que advirtieron a Mariona de que algo no iba bien.

El tipo, en cambio, sonrió con sus dientes amarillos. Ella, la madre, le pidió que se fuera. Él reaccionó asiéndole la muñeca y después zarandeándola. Dijo que uno siempre estaba a tiempo de volver. La madre respondió que ni ella ni su hija querían saber nada de todo aquello. Hubo algunos gritos. Entonces él se dirigió hacia la puerta principal. Antes de irse, sin embargo, dejó un mensaje tan breve como rotundo. Arderéis en el infierno. Y cuando ya cruzaba el marco de la puerta, señaló con su dedo índice a una indefensa Mariona. Y tú también.

Antes de ir a la cama la noche anterior, la madre había prometido que aquel hombre no volvería a aparecer. Puede que entonces Mariona sintiera cierta tranquilidad. No obstante, el domingo por la tarde se volvió a oír la respiración entrecortada del pick-up. En aquel momento, Mariona se encontraba en el sótano. Decidió quedarse ahí hasta que pasara la tormenta. Y sí, vinieron los gritos, y los golpes, y las lágrimas. Claro que Mariona estaba atemorizada. Qué podía hacer si el tipo decidía bajar e involucrarla en todo aquel esperpento. Pero entonces vino la calma, al mismo tiempo que se distanciaba el resoplido intermitente del pick-up.

Al principio la madre no podía hacer más que llorar, mientras la hija le peinaba algunos mechones que se habían descarrilado. Al cabo de unos minutos, y cuando por fin se habían acabado las lágrimas, la madre le contó a Mariona que aquel hombre era su exmarido, y que de hecho había sido su marido durante los últimos veinte años, hasta que hacía apenas tres semanas la situación se había vuelto insostenible. Así que no solo estaba el tema de la obesidad o lo de arder en el infierno. En aquella casa se vivía además el drama reciente de una ruptura. A Mariona le pareció que ya era suficiente como para pedir el traslado.

Ahora los ojos azules de Peter nos miraban a través del cristal. Se trataba de uno de esos momentos en los sabías que ahí dentro estaban pasando miles de cosas. Entonces resopló. Está bien, dijo. Pero me parece que tú ya no vas a volver a esa casa. Me miró. Vamos a ir tú y yo y recogeremos el equipaje. No creo que sea buena idea que Mariona vuelva a una casa donde la han amenazado con terminar en el infierno. Yo asentí, claro, aunque en gran parte no estuviera de acuerdo, aunque en realidad me preguntara por qué, por qué me metía yo en estos embolados cuando al fin y al cabo lo único que había hecho era interesarme por cómo le había ido el fin de semana a Mariona, casi en un acto reflejo, cuando podría haber hablado perfectamente del tiempo o tal vez de la crisis. Y sin embargo ahí estaba, camino de South Windsor, en el asiento delantero de un Toyota.

Lo primero que pensé cuando se detuvo el coche es que se trataba de una casa como muchas otras, aunque podía decirse que en West Simsbury había algo más de dinero. En esencia, no obstante, era más de lo mismo. Casas unifamiliares, buzones, ardillas, si bien es cierto que el bosque no era tan frondoso. Llamamos al timbre. Solo silencio. Pero entonces la hija abrió la puerta y se sorprendió al ver la camiseta de color magenta. Aun así nos invitó a pasar, indicando con el brazo que torciéramos a la derecha, donde nos esperaba la madre hundida en las profundidades del sofá.

Preguntó de qué se trataba. Peter le respondió que veníamos a recoger las cosas de Mariona. Lo sé, Peter era un tipo pragmático. La madre sacudió la cabeza, como si se hubiera producido un cortocircuito en algún lugar de su cerebro. A qué se debía todo aquello, dijo entonces. Peter tomó la palabra de nuevo. Sé que es una situación violenta pero hay cosas que no podemos ignorar. Mariona me ha contado que se han dado ciertas situaciones desagradables en esta casa, y al final nuestra empresa lo que pretende es que la experiencia de nuestros clientes sea satisfactoria al 100%. Y sí, podemos aceptar diferentes circunstancias, como por ejemplo que una familia tenga mayor poder adquisitivo que otra, y que ello tenga una incidencia decisiva entre la experiencia de un cliente y la de los demás. Eso sí forma parte de nuestra oferta. Pero lo que es inaceptable es que tengan que lidiar con dramas familiares que no les corresponden. Y además está el tema de sus creencias religiosas. No creo que la amenaza de arder en el infierno sea una casualidad.

Y entonces, la mujer se puso a llorar como nunca antes había visto llorar a alguien. Literalmente se ahogaba en sus sollozos. Pues sí, Peter había dado en la tecla. Yo no había caído, pero ahora era innegable que ahí estaba la clave del asunto. La madre intentaba hablar pero simplemente no podía. Entre lágrima y lágrima podía intuirse alguna palabra. Decía que lo sentía, que era demasiado doloroso. Paralelamente, la hija se había levantado del sillón y había empezado a patearlo, al grito de “no puedo creerlo” y “Oh, dios mío”. Era como si alguien hubiera reventado un globo con una aguja y ahora todo el aire contenido se hubiera desbordado.

Pero al cabo de unos minutos la mujer logró serenarse. Entonces explicó que su marido siempre había tenido ciertas creencias religiosas. En un principio no era más que un buen católico practicante. Sin embargo, a medida que pasaban los años, se comportaba de un modo cada vez más sospechoso. Primero se encerraba en su despacho, donde podía pasarse horas en silencio como si fuera un ermitaño. Después empezó a ausentarse largos periodos de tiempo sin dar explicación alguna, y si se le pedía, él simplemente decía que no era de tu incumbencia. Cuando había pasado cerca de un año desde que mostrara los primeros síntomas, la madre le pidió que le contara qué estaba ocurriendo, dónde iba cuando se iba, y qué hacía cuando se encerraba ahí en su despacho.

Él le contó que Dios le había hablado y que ahora que sabía la verdad solo una cosa importaba. Le dijo que cuando se ausentaba era para reunirse con sus hermanos, que cuando se encerraba en su despacho era para escuchar a Dios. Y al parecer fue entonces cuando se lo propuso. Veniros conmigo. Veniros conmigo y conoceréis la verdad. De lo contrario, arderéis en el infierno. Así que la madre decidió que aquel era el día y aquel el momento. Junto a su hija, se fue de su apartamento en New Haven para trasladarse aquí a South Windsor, a esta casa que al parecer había pertenecido a su tía difunta. De eso hacía tres semanas. Y desde entonces, las visitas y las amenazas se habían sucedido como se suceden el día y la noche. Una pausa. Después dijo que lo sentía. Que tanto ella como su hija habían intentado salir de aquel bache metiendo a alguien en casa que pudiera traer salvia nueva. Era evidente que se habían equivocado.

Entonces preguntó si no habría ni siquiera una despedida, que aunque tuviera que irse, desearía ver una última vez a Mariona. Pero Peter dijo que no podía ser, que la nueva familia ya la estaba esperando. Cayeron algunas lágrimas silenciosas. Después supe que la verdad era que todavía no sabían dónde iba a dormir Mariona, pero Peter quería asegurarse de que la madre no intentaba convencerla para quedarse. La pobre podía convertirse en un tronco al que aferrarse en aquel río desbocado, así que aquello había que cortarlo ya y punto. Recuerdo que, una vez en el coche, el silencio se impuso por su rotundidad. Unos minutos después, Peter rompió el hielo, y me dijo que creía que la madre había encontrado cierto consuelo al saber que, al fin y al cabo, el traslado de Mariona no era su culpa, y que eso ya era algo.

A decir verdad, yo apenas escuchaba. No podía dejar de pensar que Dios existía en cierto modo. Podía ayudar a la gente, tal vez. Pero también podía romper familias. Sí, estaba ahí, en algún lugar, ejerciendo su influencia. Y a pesar de todo la vida seguía su curso, como también seguía serpenteando aquella carretera rodeada de arces de los que bien podría extraerse aquel sirope tan dulce.


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