Carta a un joven poeta, de Rilke

Carta a un joven poeta

Rainer Maria Rilke (Praga, 1875 – Val-Mont, 1926) Carta IV, del libro “Cartas a un joven poeta”.
16 de julio de 1903
He dejado París hace unos días, cansado y padeciendo mucho, para dirigirme a una gran llanura del norte, cuya amplitud, calma y cielo han de devolverme la salud. Pero me he adentrado en una lluvia interminable que hoy, por primera vez, quiere aclararse un poco sobre esta inquieta y dolida tierra. Y aprovecho este primer rayo de luz para saludarle, querido señor.
Muy querido señor Capuz, he dejado una carta suya largo tiempo sin respuesta. No la he olvidado, al contrario. Es una de aquellas cartas que siempre se releen cuando se la encuentra entre otras, y en ella le he reconocido de cerca, como alguien muy próximo. Era la carta del dos de mayo. Seguro que la recuerda. Cuando la releo, como hago ahora, en medio del gran sosiego de esta lejanía, me llega al alma su hermosa preocupación por la vida, aún más de lo que ya me había conmovido en París, donde todo resuena y retumba de otro modo a causa del excesivo ruido que hace temblar las cosas. Aquí, donde me rodea una tierra poderosa, sobre la que soplan vientos arrastrados desde el mar, siento que ningún ser humano puede responder a ninguna de las preguntas y sensaciones que, en su profundidad, tienen vida propia. Porque incluso los mejores se equivocan con las palabras cuando quieren nombrar lo más sutil e indecible. Pero creo también que no deben quedar sin solución si se ciñe a cosas que se parecen a las que ahora dan descanso a mis ojos; si atiende a la naturaleza, a lo sencillo que hay en ella, a lo pequeño, a lo que casi nadie ve y que tan súbitamente puede transformarse en algo grande y sin medida; si usted ama lo menudo, y con toda sencillez busca como un servidor ganarse la confianza de lo que parece pobre, todo se le volverá más fácil, más unificado, tal vez no en el entendimiento, que siempre retrocede sorprendido, pero sí en su más íntima conciencia, en su estar despierto y atento, en su íntimo saber de la vida.
Usted es tan joven, está tan lejos de toda iniciación, que quisiera pedirle, lo mejor que sé, querido señor, que tenga paciencia con lo que no está aún resuelto en su corazón y que intente amar las preguntas por sí mismas, como habitaciones cerradas o libros escritos en una lengua muy extraña. No busque ahora las respuestas: no le pueden ser dadas, porque no podría vivirlas. Y se trata de vivirlo todo. Viva ahora las preguntas. Quizá después, poco a poco, un día lejano, sin advertirlo, se adentrará en la respuesta. Quizá lleve en sí mismo la posibilidad de formar y crear como una manera de vivir especialmente feliz y auténtica. Prepárese para ella, pero acepte lo que le venga con absoluta confianza. Y siempre que algo surja de su propia voluntad, de alguna honda necesidad, acéptelo como tal y no lo odie.
El sexo es difícil, sí. Pero todo lo que nos ha sido encomendado es difícil y todo es serio. Si usted lo reconoce y desde sí mismo, desde su propia posición y forma de ser, desde su propia experiencia, infancia y fuerza, consigue encontrar una relación con lo sexual que le sea absolutamente propia, no influida por los convencionalismos ni por las modas, no ha de temer perderse ni hacerse indigno de su mayor bien.
La voluptuosidad corporal es una experiencia plena, no diferente del puro mirar o de la mera sensación con la que una hermosa fruta llena la lengua; es una experiencia grande e infinita que nos es dada, un conocimiento del mundo, la realización y el esplendor de todo saber. Y no es malo que la acojamos; lo malo es que casi todos hacen mal uso y despilfarran esta experiencia colocándola como estímulo en lo más fatigado de la vida y como dispersión en vez de ser concentración en el punto más alto. Los seres humanos también han convertido el comer en algo distinto. De un lado la miseria, del otro, el exceso, han enturbiado las profundas y simples necesidades mediante las cuales se renueva la vida. Pero el individuo puede aclararlas para sí y puede vivir en claridad ( y si no el individuo, que es demasiado dependiente, sí, en cambio, el solitario). Puede recordar que toda belleza en los animales y en las plantas es una forma perdurable y silenciosa del amor y del deseo y puede ver a los animales como ve a las plantas, uniéndose paciente y gustosamente, multiplicándose y creciendo no a causa del placer ni del dolor físicos, sino obedeciendo a necesidades mayores que el placer y el doro y que son más poderosas que la voluntad y la resistencia. ¡Ojalá que el ser humano perciba este secreto que llena el mundo hasta en lo más pequeño, que lo lleve en sí, lo soporte y sienta que terriblemente difícil es, en vez de vivirlo tan a la ligera! ¡Ojalá respete su propia fecundidad, que es sólo una, aunque se presente como espiritual o corporal! Porque también la creación espiritual procede de la física, forma un solo ser con ella, y es como una repetición más tenue, más asombrada y más eterna, de la voluptuosidad corporal.
“El pensamiento de ser creador, de engendrar, de plasmar” es nada sin la consiguiente gran confirmación y verificación en el mundo, nada sin la aprobación en mil formas distintas de animales y cosas; y su gozo es tan indescriptiblemente hermosos y rico porque desborda recuerdos heredados de la concepción y el parto de millones de seres. En un pensamiento creador reviven mil noches de amor olvidadas que lo colman de grandeza y elevación. Y aquellos que, de noche, se reúnen y entrelazan con mecida voluptuosidad, realizan un trabajo serio y acumulan dulzura, profundidad y fuerza para la canción de algún poeta que ha de venir y que surgirá para cantar delicias indecibles. Y conjuran el futuro; y aunque se equivoquen y abracen a ciegas, el futuro acude, un ser nuevo se levanta, y en lo hondo de azar, que aquí parece consumarse, se despierta la ley por la que una semilla más fuerte y resistente se abra paso hacia el óvulo que, abierto, sale a su encuentro. No se deje engañar por la superficie. En lo profundo todo es ley. Y los que viven el secreto mal y falsamente (y son muchísimos), lo pierden sólo para sí mismos, pues lo pasan a otros como una carta cerrada, sin leerla. Y no se desconcierte ante la multiplicidad de nombres y la complejidad de las cosas. Quizá por encima de todo haya una gran maternidad como un anhelo común. La belleza de la virgen, un ser (que usted tan hermosamente dice) “aún no ha realizado nada”, es maternidad que presiente y se prepara, que teme y ansía. Y la belleza de la madre es maternidad entregada. Y la de la anciana es un gran recuerdo. Y pienso que también hay maternidad en el varón, una maternidad corporal y espiritual; su engendrar es también una forma de dar a luz, y dar a luz es crear desde la plenitud más íntima. Quizá los sexos estén más emparentados de lo que se cree y la gran renovación del mundo consistirá, quizá, en que el hombre y la mujer, liberados de todos los sentimientos erróneos y de todas las desganas, no se buscarán como opuestos, sino como hermanos y vecinos; y se realizarán juntos como personas, a fin de llevar conjuntamente, con seriedad y paciencia, el sexo, que es difícil y que les ha sido impuesto.
Pero lo que quizá algún día sea posible para muchos, el solitario puede prepararlo y construirlo con sus manos, que se equivocan, sí, pero menos. Por eso, querido señor, ame su soledad y soporte el dolor que causa. Que su queja resuene con belleza. Pues los que están cerca, dice usted, en realidad están lejos, lo cual indica que empieza a abrírsele una gran amplitud a su alrededor. Y cuando a sus seres próximos los sienta lejos, su amplitud lindará ya con las estrellas y será grande; alégrese de su propio crecimiento: en él no podría llevarse a nadie consigo, y sea tolerante con los que quedan rezagados. Muéstrese tranquilo y seguro ante ellos. No les atormente con sus dudas y no les asuste con su confianza o con su inmensa alegría. No las pueden entender. Busque compartir con ellos algún tipo de camaradería sencilla y sincera, que no cambiará forzosamente cuando usted se transforme. Ame en ellos la vida que se le presenta en forma extraña y sea indulgente con los que envejecen y temen la soledad, en la que justamente usted confía. Evite incrementar el drama siempre tenso entre padres e hijos. Les roba mucha fuerza a los hijos y agota el amor de los padres, que es eficaz y cálido, aunque no comprenda, No les exija ningún consejo y no cuente con ninguna comprensión de su parte, pero crea en su amor que le ha sido reservado como una herencia: en ese amor hay una fuerza y una bendición de las que no tendrá necesidad de salirse para ir muy lejos.
Por lo pronto, es bueno que desemboque en una profesión que le independice y le centre por completo en sí mismo en todos los sentidos. Aguarde con paciencia hasta ver si su vida interior se siente limitada por esa profesión. Pienso que es muy difícil y llena de exigencias, ya que está cargada de enormes convencionalismos y apenas deja resquicio a la interpretación personal de las tareas. Pero su soledad, en medio de relaciones muy extrañas, le será también apoyo y hogar. Des ella encontrará usted todos los caminos. Todos mis deseos están dispuestos a acompañarle y mi confianza va con usted. Suyo.

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