MEMORIAS DE AMÉRICA. Capítulo 3. El bosque de West Simsbury

Al día siguiente me desperté por culpa de los primerísimos rayos del amanecer, aunque con la magnífica sensación de haber recuperado por fin mi cuerpo. El problema había sido que no había tenido en cuenta las persianas, así que habría que tener cuidado en el futuro. Por un día está bien, pero no querrás que esto ocurra un domingo cualquiera. Eran las siete de la mañana y hay domingos que las siete de la mañana es como si el mundo no existiera, como si todavía no hubieran puesto las calles en su sitio, y en definitiva, días en los que no deberías abandonar aún aquel mundo inestable y fantástico.

Pero aquella mañana no era una de esas mañanas, al contrario, era sábado y estaba en América, y bueno, lo del día anterior no contaba demasiado. Era ahora cuando todo empezaba, y me preguntaba si Dan y Sandy estarían despiertos, si tal vez me habrían preparado el café, o si habrían organizado una buena escapada por los alrededores para empezar como dios manda. Por el momento se escuchaba el mismo silencio que la noche anterior. Entonces miré por la ventana que daba a la fachada. El verde del césped convivía con respetuosa armonía con el gris del asfalto. Se intuían algunas casas, desperdigadas tranquilamente, sin la urgencia de tener que acoger a miles de personas. Después me asomé por otra de las ventanas de mi habitación (había hasta cuatro), esta vez una de las que daban a la parte de atrás de la casa, donde probablemente habría lo que ellos llaman el backyard, algo así como el patio, o el jardín, o ambas cosas a la vez. Pero aquello no era en absoluto lo que yo esperaba. Simplemente era mucho mejor.

Una gran extensión de césped precedía la pendiente que conducía hasta la valla blanca que delimitaba la propiedad. Sobre la pendiente crecían miles de flores de todos los colores posibles, solo interrumpidas por el tranquilo descender de una cascada supuse que artificial, que culminaba su trayecto en un pequeño estanque rodeado por rocas redondeadas especialmente para la ocasión. Frente a él habían construido una terraza de piedra en cuyas esquinas figuraban un par de sillas de playa, y en el otro extremo habían colocado un banco de madera con algunos adornos que apenas se veían desde donde yo estaba. Sin embargo, si uno escuchaba con atención sí se podía oír el rumor del agua cayendo por la pendiente y chocando con el estanque, además del piar de los pájaros que habitaban las casetas que rodeaban el jardín. Por último estaba aquella valla blanca que protegía la totalidad del recinto, una de aquellas vallas que consisten de dos tablones horizontales a lo largo de todo el perímetro y otro vertical de vez en cuando, digamos cada dos o tres metros. Además, en la parte izquierda, habían construido una casa de madera de dimensiones reducidas, quiero decir que el edificio era pequeño y también la puerta y las ventanas y, de hecho, todo parecía indicar que era un juguete para Alice. Simplemente era impresionante. Y para qué negarlo. La familia y la casa donde iba a vivir habían sido una de esas preocupaciones que me habían asolado antes de partir. Y en fin. Digamos que a simple vista ya no había de qué preocuparse.

Entonces me vestí, fui al baño a lavarme los dientes y la cara, tal vez incluso aprovechara para hacer una primera visita al retrete. Era una pasada. Podías calentar la tapa automáticamente y sentarte sobre aquella superficie ahora tan placentera, podías limpiar tu retaguardia con un chorro de agua que salía después de apretar un botón. Con el tiempo descubrí que los americanos eran tan parecidos a nosotros como diferentes al mismo tiempo, y de hecho, una de las cosas que marcaban la diferencia era aquel tipo de detalles, pequeñas mejoras que al final resultaban no ser tan pequeñas. Pero esa es otra historia. El caso es que cuando ya estuve listo atravesé el pasillo que pasaba por delante de todas las habitaciones, tan en silencio que, o bien quería decir que los demás seguían durmiendo, o bien significaba que se habían ido quién sabe dónde. Bajé las escaleras y, aunque no conocía demasiado la distribución de la casa, supongo que después de ver tantas películas y tantas series podía imaginármelo. Al fin y al cabo, y aunque se suela decir que la vida no es como en las películas, en muchas ocasiones coinciden, al igual que los tópicos, y si bien no se puede decir que TODOS los de un país son de una manera, hay algo de cierto en que los alemanes son fríos y los italianos escandalosos. Así que me dirigí hacia donde tenía que estar la cocina, y por supuesto allí estaba, y por supuesto era una de aquellas cocinas abiertas, amplias, conectadas con el comedor a través de lo que parecía ser la barra de un bar. Al otro lado del mostrador había una mesa rectangular de madera, rodeada por seis sillas del mismo material. Y sí, ahí estaba Dan, aunque solo, y en silencio, leyendo el periódico mientras tomaba el café.

Después de darme los Buenos Días, lo primero que hizo es informarme de que Sandy había pasado la noche en el hospital y que ahora dormía, entonces yo le pregunté si era grave y me dijo que no del todo, que tenía algo que ver con los riñones y que era doloroso pero que no había nada que temer. Entonces me ofreció una taza de café y la acepté. Acto seguido Dan se fue escaleras arriba, supuse que a despertar a Alice. Unos minutos más tarde bajaron los dos ya vestidos, como preparados para irse. Al parecer, íbamos a desayunar con unos amigos por ahí, y en un par de horas volveríamos a ver si Sandy ya estaba en condiciones.

Así que cogimos el coche y apenas unos segundos más tarde ya estábamos otra vez en aquella carretera sinuosa que atravesaba los árboles. No había nada allí salvo cosas verdes y alguna casa despistada. Pero poco después apareció como por generación espontánea una suerte de centro comercial desperdigado a ras de suelo, quiero decir que no había grandes edificios, sino construcciones de una sola planta que una al lado de la otra ocupaban un área considerable. Había donde comprar pizza, comida asiática, una tienda de libros. Y entre todas ellas, una cafetería de aquellas con las luces de neón y las paredes rosa pálido. Entramos y nada más entrar una pareja con dos niños nos saludó efusivamente. Se trataba de Lorena y Andrew y sus hijos James y Laura. Al principio hablamos sobre todo de mí, de dónde venía, qué es lo que hacía allí, en fin, ese tipo de cosas. Muy pocas veces me había sentido tan y tan exótico, y era una sensación que te hacía sentir interesante, como si de repente tu existencia tuviera algún valor. Entonces nos sirvieron el café y los pancakes, seguidos de los huevos fritos y el bacon. Luego, por supuesto, hablamos de ellos. Lorena era nieta de abuelos italianos que habían venido a los Estados Unidos cincuenta años atrás. Andrew, por su parte, era hijo de padres ucranianos que habían migrado hacías apenas treinta. Entonces Dan aprovechó el momento para revelar su ascendencia alemana, al parecer algo así como un bisabuelo o tatarabuelo, ahora no estaba seguro.

Era curioso que de tres individuos que había conocido hasta el momento (sin contar a Sandy de la que todavía no sabía nada), el 100% tuviera orígenes extranjeros. Dan me dijo que aquello era parte de la gracia de su país. Todo había empezado con un grupo de ingleses que no querían ser ingleses sino otra cosa, pero después otros muchos que no eran ni ingleses ni otra cosa quisieron unirse a la causa para formar parte de aquel nuevo proyecto, que se fundamentaba principalmente en la libertad y algunas cosas más que ya no recuerdo. Y es que lo cierto es que a Dan le apasionaba la historia y también su trabajo, y cuando hablaba de alguna de las dos cosas era difícil entenderle y mucho menos interrumpirle; y sí, podía llegar a ser muy interesante hasta que el interés se perdía como se pierde el amor cuando sale el sol.

Sobre las diez de la mañana volvimos a casa y no parecía que nada hubiera cambiado. Los perros ladraban desde el backyard, justo donde los habíamos dejado antes de irnos. Los gatos deambulaban por el salón junto a aquel mismo silencio. Entonces Dan me ofreció el sofá por primera vez, y mientras, él subiría arriba a ver qué tal estaba Sandy. Alice, por su parte, y sin mediar palabra, se fue a la sala de juegos que había nada más entrar en la casa a mano derecha. Se trataba de una habitación de unos diez metros cuadrados en los que no quedaba espacio para nada más, todo debido a una superpoblación de muñecos. Allí imperaba el desorden y las cosas a medias, escenas representadas que jamás se terminaron, y en definitiva, la viva imagen de la mente de Alice, una obra de arte en cierto modo. Era su mundo. Su territorio. Y no iba a ser fácil entrar.

Al cabo de unos quince minutos oí el crujir de las escaleras. Dan había vuelto, pero lo había hecho solo. Sandy no estaba bien. Necesitaba descansar tal vez hasta el día siguiente. Ahora Dan iba a llevar a Alice a casa de unos amigos, donde había una piscina con trampolín. Me invitó a unirme a la comitiva. Pero entonces visualicé una escena en la que yo no era más un vulgar espectador, niños por todas partes y sus padres orgullosos, y yo, pobre de mí, sentado sobre el borde de la piscina remojando los pies e intentando interactuar con un grupo demasiado inaccesible.

Tal vez mis ojos revelaron demasiado. “También puedes quedarte” dijo de repente. “Sí, eso haré” respondí. “Creo que pasearé un poco a ver qué hay por aquí”. A Dan le pareció buena idea. Entonces le comenté que, entre otras cosas, lo que me interesaba de América era la posibilidad de ver animales que no eran muy habituales en Barcelona. Hablé de las ardillas, de las mofetas. Dan se rio. Le sorprendía que una ardilla pudiera ser exótica. En cuanto a las mofetas, dijo que eran animales nocturnos y que, de hecho, ver una de ellas durante el día era síntoma casi inequívoco de que estaba infectada por la rabia. Comenté entre dientes que quizás fuera mejor quedarse en casa. Dan se rio de nuevo, y cuando terminó se puso serio y dijo que en realidad aquello no era nada comparado con lo que uno podía encontrarse. Le pregunté entre asustado y fascinado a qué se refería. Entonces me explicó que se habían visto coyotes y pumas por la zona, y no una vez o dos, sino cientos. Y en los últimos tiempos, añadió, había incrementado el número de encuentros con osos negros. Los expertos decían al respecto que el problema era que aquellos bichos habían comprendido que ahí donde vivían los hombres había comida, así que valía la pena correr el riesgo. Arqueé las cejas. Él asintió y me dijo que el propio Dan había visto un oso en el jardín de casa, una noche en las que los perros habían empezado a ladrar sin control, como si alguien les hubiera suministrado una buena dosis de cocaína.

Cuando Dan vio al gigante a través de la ventana fue a por una linterna para asegurarse de que sus ojos no se la estaba jugando. No. Allí estaba el oso, cerca de la caseta de Alice. Y cuando la luz enfocó a aquella bestia negra, ésta se fue corriendo cuesta arriba, evitando así la confrontación. Afortunadamente, y a pesar de su gran tamaño, los osos temían a los hombres como los hombres temían a los osos. Siempre y cuando, dijo Dan entre risas, no te pongas entre mamá oso y sus ositos. Entonces lo mejor que puedes hacer es correr cuesta abajo. Piensa que sus patas delanteras son bastante más cortas que las traseras, así que si corres hacia abajo tal vez tengas algo que hacer. Recuérdalo, hacia arriba eres hombre muerto. Pero no te preocupes. Son animales nocturnos, la mayoría lo son. Así que simplemente asegúrate de que vuelves antes de que anochezca. Y entonces se rio una vez más.

Pues bien, Dan y Alice se fueron y yo los seguí hasta la puerta. Sugerí que me facilitaran una llave que me permitiera entrar y salir. Dan hizo un ademán con el brazo. Durante el día uno podía permitirse el lujo de no cerrar con llave. Así que lo seguí a través del marco de la puerta y los despedí sacudiendo con vehemencia la mano derecha. Solo, en algún lugar de América, empecé a caminar cuesta abajo, tal vez pensando en la inesperada visita de mamá oso. En aquel preciso instante vi una primera ardilla que trepaba a gran velocidad por uno de los innumerables árboles del barrio, seguida de su inconfundible y frondosa cola. Seguí avanzando por el asfalto. Desde ahí se oía el rugido ocasional del motor de un coche en la lejanía, pero sobre todo el cantar de los pájaros. Entonces cruzó la carretera un ser diminuto, y se detuvo justo enfrente de uno de los buzones. Me acerqué tan lentamente como pude. Visto de cerca, recordaba a una ardilla, pero no era exactamente una ardilla. Su cola era mucho más corta, y sobre el lomo se distinguían unas líneas blancas y negras. Yo no lo sabía, pero acababa de protagonizar uno de los grandes descubrimientos del viaje. Horas más tarde le comenté el asunto a Dan y le describí con pelos y señales lo que había visto. Me dijo que se trataba de un chipmunk. Y para que me hiciera una idea, añadió que los famosos Chip y Chop estaban basados en aquellos primos hermanos de las ardillas. Fue duro darse cuenta de que había vivido engañado hasta entonces.

Poco después de ver al chipmunk me encontré con un camino estrecho que se desviaba hacia la izquierda, introduciéndose de lleno en el bosque. Algo dentro de mí me pedía que me metiera ahí dentro, sin saber muy bien por qué, intrigado pero al mismo tiempo pensando, y bien, qué harás si ves al oso, o si ves al puma, o en fin, tal vez no veas nada y esto se convierta en un paseo por el campo sin más. Así que opté por torcer a la izquierda. Ya había visto muchas de las casas y una vez habías visto una, habías visto casi todas. El buzón, el garaje, el backyard. Tal vez en el bosque pudiera ver otra América más salvaje.

Estuve unos quince minutos caminando a través de lo que parecía un túnel que atravesaba el denso follaje. Vi alguna que otra ardilla y algún que otro pájaro. Sentía cierta emoción. Y lo cierto es que había sido un paseo bastante misterioso hasta que me crucé con una mujer que paseaba a su perro. Después vinieron más perros y sus dueños. Aquello no tenía nada de salvaje, al menos no del todo, sino que era una especie de parque, incluso de vez en cuando uno podía detenerse y descansar en uno de aquellos bancos que aparecían en las esquinas y los recodos. No obstante, apenas se oían sonidos provocados por el hombre, así que en cierto modo uno tenía la sensación de encontrarse realmente en el bosque.

Pero a pesar de todo sabía que tarde o temprano aquello terminaría. Y en efecto, el final del camino no podía ser más rotundo. De la tranquilidad del parque uno pasaba directamente al ajetreo de una carretera bastante transitada, con carriles en ambas direcciones y algún que otro claxon. Entonces oteé el horizonte al otro lado, pero no parecía que la cosa cambiara demasiado en la orilla de enfrente. Además, una carretera como aquella indicaba que ya no había mucho más que hacer en esa dirección, al menos no para alguien que iba a pie. Busqué con la mirada algún indicio de transporte público, tal vez la parada de un autobús. Nada. Así que me di media vuelta y emprendí el camino de regreso. Tomé entonces una ruta diferente, pues en el parque no había un solo camino, sino que a veces había bifurcaciones, senderos que se desviaban hacia un lado como si fueran una salida de la autopista. Pero casi todos ellos conducían a algún tramo de aquella carretera más o menos transitada. Qué ironía. Y es que a pesar de la frondosidad del bosque, a pesar de la aparente libertad, descubrí que en realidad yo estaba atrapado en West Simsbury. Era como un cervatillo que dependía de Dan y de Sandy. Bueno, dependía sobre todo de su coche. Había oído decir que en América las distancias eran tan largas que había que coger siempre el coche. Lo que yo no sabía es que había que coger SIEMPRE el coche. No había autobuses, ni trenes, ni por supuesto taxis. La gente conducía para ir al supermercado, para ir a cenar fuera, para ir a tomar algo por ahí. Y punto. Al parecer, lo de pasear para ir de un lado al otro era algo eminentemente urbano.

El caso es que el calor empezaba a ser insoportable. Mi teléfono móvil marcaba más de 90 grados Fahrenheit, lo que equivaldría a unos 32 o 33 Celsius. Era hora de volver a casa y ver si Sandy ya había conseguido levantarse, pero cuando entré todo estaba exactamente igual. Ni rastro de Dan, ni de Sandy, ni de Alice, ni siquiera de los perros o los gatos. De repente caí en la cuenta de que eran las doce del mediodía y tenía hambre. Sí, lo había conseguido. Aquel horario tenía lo suyo. Si comía ahora volvería a estar hambriento sobre las seis, sino antes, y si cenaba aquella hora entonces podía disfrutar de un gran recreo antes de ir a la cama.

Antes de irse, cuando le había preguntado por el tema comida, Dan me había dicho aquello de Help yourself, lo que venía a decir que saqueara yo mismo la despensa. Así que enfilé el rumbo hacia la nevera. Cuando vi su contenido, me di cuenta de que la comida tiene mucho de cultural. Y si uno observa detenidamente una nevera ajena, alcanza a comprender muchas cosas. Recuerdo que aquel día comí uno de los mejores sándwiches de mi vida.


Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *

You may use these HTML tags and attributes: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>

*