Cuando lo de la tienda

Había empezado a trabajar en una tienda de fútbol, en fin, una buena tienda, una tienda de esas en la que te ves, y por qué no, sobre todo cuando no hay dinero desde hace tanto tiempo.

Así que me habían contratado, y lo primero que me sorprendió fue que ahí éramos todos universitarios, y masters, y doctores, lo que quiero decir es que había gente instruida en un sinfín de materias, pero las circunstancias eran las que eran, y la corriente nos había arrastrado hasta aquel lugar sin que pudiéramos aferrarnos a ningún otro tocón. Tal vez lo único que nos unía era el sentido común. Pero ahí estábamos, juntos en la desgracia. Y eso era todo cuanto teníamos.

Pues bien, aquella era la segunda o la tercera mañana en el trabajo. Al parecer, alguien había tenido aquella brillante idea. Un balón solitario deambulaba por la zona de las botas, en principio para que los clientes pudieran probar su calzado en una situación más o menos real, y en fin, asegurarse de que sus excelencias habían tomado la decisión correcta. Así que había un balón, una amplia superficie de césped artificial, incluso una portería de dimensiones reducidas. En realidad parecía una idea bastante buena.

Pero aquella mañana había venido un ejército de australianos, un equipo de quinceañeros que estaba de gira por la ciudad. Al parecer, todos tenían la imperiosa necesidad de hacerse con una de aquellas botas, así que ahora iban a querer probarlas. Joder, aquello fue un auténtico alud de tallas y referencias. Anoté todos los datos en una libreta que nos habían facilitado para casos extremos. Subí escaleras arriba, ahí donde se ubicaba el almacén. Apilonadas en un orden que todavía se me escapaba, había montones de cajas que contenían cientos sino miles de botas de fútbol. Por supuesto, pedí auxilio. Entonces entre mis compañeros y yo logramos que todos y cada uno de esos pies australianos estuvieran debidamente embutidos en aquellas maravillas del calzado. Así que ahora había veinte adolescentes perfectamente equipados para la práctica del fútbol. También había un balón. Y una portería. Lo cierto es que la cosa empezó con relativa tranquilidad. Pases cortos, quizás una breve carrera. Después por supuesto vino el caos.

Las botas todavía expuestas empezaron a caer de las estanterías, entonces salieron los codos, se escucharon los primeros gritos, protestas, después vinieron los empujones, los jugadores por el suelo y, en definitiva, la pasión. Yo, entretanto, me había convertido en un espectador de lujo, y quizás fuera obvio, pero yo no sabía si tenía que detener el partido o dejar que los señores clientes siguieran probando sus botas. Pero entonces apareció él.

Era un tipo poco corpulento y de baja estatura, y en fin, lo que podríamos catalogar como un enclenque de libro. Y sin embargo, toda aquella primera impresión se desvanecía cuando uno llegaba al hielo que se escondía detrás de los cristales de las gafas. Aquel tipo se acercó a mí hasta que nos separó apenas el ancho de una farola. Su mirada era la mirada del invierno. Entonces su pecho se hinchó y sus pies se levantaron hasta sostenerse sobre sus puntas. Se trataba del mismo erguirse de los gatos. Y ahora el gato maullaba, rugía, enseñaba los dientes al tiempo que decía que no iba a gastar su dinero en una escultura de carne y hueso.

Pues claro, yo me limité a callar. Pero entonces observé sus ojos temblando de ira, aquel hielo resquebrajándose, el pecho hinchándose y deshinchándose. Comprobé que los pies estaban todavía de puntillas, lo más parecido a un bailarín de ballet solo que sin aquella delicadeza. Fue entonces cuando comprendí que un abrazo a tiempo lo habría cambiado todo.


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