MEMORIAS DE AMÉRICA. Capítulo 2. La noche americana

Un edificio de tres plantas entre los árboles, siempre presentes en los márgenes de los arroyos de asfalto. Un río a mano derecha, y a su vera, cuatro rascacielos difuminados por la distancia y el ocaso. Una multitud aguardaba en la entrada principal; sostenían carteles con nuestros nombres, ondeaban las banderas americanas. Más gente vestida de rosa. Busqué a Alice entre el bosque de cabezas, pero no había indicios de ninguna niña con los ojos rasgados. En el autocar se empezaban a percibir los primeros signos de vida. Se encendieron las luces. Brazos que se tendían hacia el techo, el ronroneo de gatos que se desperezan. Y entonces fuimos bajando tan lentamente como lo harían los perezosos entre el ramaje de la selva.

El conductor abrió las compuertas del equipaje todavía sentado en su trono sin corona. Fuimos sacando las maletas, más o menos en equipo. Pero una mujer rubia cruzaba los brazos. Tenía que ser uno de los alemanes. “Coge mi maleta, ¿quieres?” A qué venía aquel imperativo. Y no obstante, recogí su maleta. Supongo que era demasiado pronto para parecer descortés. A los demás se los fueron llevando. Estábamos tan cansados que no hubo lugar para las despedidas. Además eran completos desconocidos, y por aquel entonces qué más daría.

Cuando quise darme cuenta, ahí solo quedábamos mis maletas y yo. Después vinieron aquellos minutos extraños, en los que piensas que tal vez aquel no fuera el lugar. Pero por fin, un coche serpenteaba a lo lejos y ahora ya encaraba esa última curva. O bien eran Dan y Sandy o bien era la muerte. Y es que no podía dejar de pensar que estábamos en East Hartford, donde se habían tomado aquellas fotografías venidas del infierno, allí donde uno podía liarse a tiros. Pero aquel coche no parecía pertenecer a ningún profesional del delito. Así que finalmente se detuvo justo donde descansaba mi equipaje.

La primera en bajar fue Sandy. Su aspecto era todo lo que yo había podido esperar. Simplemente era una mujer americana de cincuenta años. Sonreía. Se acercó a mi y nos dimos un abrazo extraño. No es que no quisiera abrazarla, sino que en cierto modo sabíamos que los abrazos vendrían más adelante, cuando la despedida, cuando todo lo que ahora estaba sucediendo no sería más que un recuerdo difuminado por los días. Aquello era una forma de anticiparse a lo que quizás estaba por venir, pero lo agradecí de todas formas. Al fin y al cabo, a pesar de los kilómetros, sentí el calor de un hogar.

Entonces vi aquella silueta inesperada. Dan medía por lo menos dos metros y sus piernas descubiertas eran largas y delgadas. Era alto, altísimo. Lo contrario a lo que yo esperaba de un marine. Parecía incluso delicado, como si sus articulaciones pudieran desenroscarse al menor descuido. Me tendió la mano y envolvió la mía con fuerza. Supongo que eso sí era lo que se podía esperar de un marine. Fuerza. Determinación. Parecía además un tipo tranquilo. Y entre sus largas piernas, se escondía aquella niña de los ojos rasgados. Alice se negaba a abandonar la seguridad del regazo de su padre, pero no la culpé. Acaso yo no era el primero en evitar a los desconocidos en las calles de Barcelona, o incluso a los conocidos, fingiendo estar interesado en algún punto a lo lejos, demasiado concentrado para efectuar ni siquiera un saludo cordial.

Subimos al coche camino a West Simsbury. Fuimos acercándonos poco a poco a los rascacielos de Hartford. Anochecía en América. Las luces amarillas de las ventanas iluminaban el cielo. La autopista bordeaba el centro de la ciudad, y desde allí se veían los principales edificios de la capital. No estaba mal. Habían cosas de gran tamaño, y ruido, y neones, y luces, sobre todo luces. Y sí, aquello tenía algo de América, pero no era AMÉRICA. Entonces las grandes construcciones dieron paso a los grandes árboles, que de nuevo flanqueaban una carretera que ahora se había vuelto sinuosa, como si fuera una serpiente de asfalto acechando en mitad de la noche. De vez en cuando aparecían grandes casas de madera en un claro del bosque. Las rodeaban extensiones de césped más o menos amplias, y en la parte que hacía frontera con la acera estaban los buzones. Así que era verdad. La gente vivía en casas recubiertas de madera y recibían sus cartas en aquellos buzones. También había espacio. Espacio entre una casa y la siguiente, espacio en los jardines, incluso los coches eran espaciosos. Mucho espacio. Al parecer el espacio era definitivamente el valor más preciado por los americanos.

Paramos de repente en un restaurante en mitad de la carretera. Había varios coches aparcados en un pequeño descampado. Era tarde. Alice bostezaba en la parte de detrás. Lo primero que pensé al entrar es que los camareros eran amables. Y no es que en España no lo fueran. Pero aquellos tipos disfrutaban con lo que hacían. Era como si no hubiera sido el último recurso. Eran felices y te hacían sentir feliz. Primero nos sentamos en una de las mesas de la terraza. Ahí fuera la temperatura había refrescado, pero no importaba. Un lago se extendía en mitad de la noche, rodeado de otras tantas casas de madera. Los rayos de la luna se mezclaban con las casi imperceptibles ondulaciones del agua. Eché un vistazo alrededor. No había españoles, ni siquiera extranjeros. Entonces Dan pidió tres cervezas y algunos platos para empezar. Gracias a Dios. Aquella carta era larga e incomprensible. Había por lo menos veinte cervezas diferentes y no conocía ni una de ellas. Sí, había oído hablar de los belgas y de los alemanes, pero lo cierto es que no sabía nada de los americanos. Y al parecer sí sabían hacer cerveza. Interesante. Muy interesante. Y ya era noche cerrada.

Poco después trajeron las pintas y los aperitivos. Un primer trago. Buena cerveza, amarga, potente, con el suficiente carácter. Lo que quiero decir es que era difícil confundirla con la Heineken, o la Budweiser, o la Mahou. En cuanto a la comida, estaban las alitas de pollo, los aros de cebolla, las patatas fritas con queso cheddar y algo un poco distinto; ellos las llamaban patatas dulces. Probé un poco de todo. No es que no pudieras comerlo en Barcelona. Pero había dejado para el final las patatas dulces. Era raro. Había algo que me resultaba familiar. Al final llegué a la conclusión de que se trataban de boniatos fritos.

Ahora Alice bostezaba como un león en la sabana. Entonces Sandy pidió a uno de los camareros si podíamos ir al interior del local. Era tarde y la niña tenía frío. Desde luego. Cuando llegábamos a nuestra segunda mesa, ésta ya estaba lista. Recuerdo que tanto Dan como Sandy hablaban con los camareros como si fueran viejos conocidos. Quiero decir que así como los que nos atendían se entregaban al máximo, los clientes hacían lo propio. En definitiva, era una relación en ambas direcciones, en la que aparentemente todo el mundo se sentía a gusto.

Llegaron las hamburguesas y, para entonces, Alice ya se había dormido sobre el regazo de su madre. Dan aprovechó la ocasión para hablarme de su trabajo. Al parecer dirigía una empresa que se encargaba básicamente del saneamiento de fábricas, pantanos y otras superficies acuáticas. Empezó a hablar de los detalles, de los entresijos. Yo asentía. Pero se habían juntado el inglés y la tecnología, y eso era como un cóctel molotov que explotaba en tu cabeza.

Subimos de nuevo al coche y emprendimos el tramo final de aquel viaje que había empezado a las 6 de la madrugada en Barcelona. Allí en América rondaban las 10, lo que significaba que habían pasado cerca de 24 horas. Apenas había dormido en todo ese tiempo, pero valía la pena esperar hasta tener una cama en condiciones. Ahora la oscuridad cubría el paisaje. Y de repente, un terrible olor. Pero rápidamente Dan me informó de dónde venía. Eso es un skunk. Tardé unos segundos en atar cabos. Pues claro, una mofeta. Así que ahora ya sabía a qué olían las mofetas, después de tantos años viéndolas en los dibujos animados. Era como una de aquellas bombas fétidas que se tiraban en clase, solo que cien veces más potente y con una capacidad mucho mayor para expandirse.

Así que seguíamos avanzando a través de una vegetación cada vez más espesa. Finalmente, llegamos a una urbanización donde las casas eran muy grandes y las carreteras algo más anchas. Habíamos llegado a West Simsbury. A esas horas era difícil hacerse una idea de lo que había ahí fuera, aunque algunas de las fachadas estaban bastante bien iluminadas, con lo que se podía intuir el tamaño de sus siluetas. De repente, nos detuvimos. Entonces el coche viró hacia la izquierda, al tiempo que la puerta del garaje se abría. La iluminación del jardín revelaba una fachada gris de dos pisos, y unos ventanales cubiertos con porticones verdes. Enfilamos el camino hacia la entrada principal. Y cuando abrieron la puerta, allí estaban ellos, tan excitados, después de horas esperando pacientemente, sin reservas, tan entregados como si fuera el último día. Los dos cockers spaniels se abalanzaron sobre sus dueños y después sobre mi, como si de repente me recordaran de otra vida. Recuerdo mis manos húmedas por los lametazos.

Entonces Dan y Sandy me animaron a subir a mi habitación, que ya estaba bien, que mañana sería otro día. No fue una propuesta difícil de aceptar. Enfilé las escaleras de madera hacia el segundo piso. Por el camino me crucé con dos gatos, mucho más tímidos que sus compañeros perrunos. Así que también había gatos. Quizás aquello fuera una nueva oportunidad para hacer migas.

Cuando hube subido todas las escaleras, me encontré con un pasillo que te obligaba a girar a la izquierda. Sandy, que iba detrás de mi, me indicó que mi habitación era aquella puerta del fondo. Por fin, el que iba a ser mi refugio. Encendí la luz. Lo primero que vi fue un tercer gato tumbado en el alféizar de la ventana. Hice ver que lo ignoraba. Dejé la maleta en una de las esquinas, debajo de una de las ventanas. En la pared del frente, había cientos de libros colocados en una gran estantería. Adjunto al techo, un gran ventilador. Saqué el móvil de mi bolsillo y lo coloqué sobre la mesita de noche que había junto a la cama. Lo conecté a la corriente, necesitaba cargar la batería del mismo modo que yo lo necesitaba. Entonces fui a por el gato, sin hacer grandes gestos. Pero era una batalla perdida. Cuando me vio las intenciones, cuando apenas las había intuido, él ya se había escondido debajo de la cama de matrimonio. Así que me agaché por uno de los lados, pero el gato estaba justo en el lado opuesto. Por supuesto, antes de que llegara al otro extremo, él ya se había movido. Fueron quince minutos desesperantes. El cansancio y la desesperación eran un cóctel demasiado fuerte. Pero finalmente se fue por la puerta tal como había venido. Antes de caer rendido sobre el colchón, me pregunté si aquel bicho se había dado cuenta en algún momento del mal rato que me había hecho pasar, o si tal vez lo había hecho a propósito, o si simplemente él había pasado el mismo mal rato que yo. Supongo que nunca lo sabremos.

El caso es que 24 horas de viaje me habían llevado desde mi cama hasta esa otra cama al otro lado del Atlántico. Apagué la luz y me tumbé con los brazos extendidos y las piernas desparramadas sobre la colcha. Dan, Sandy y Alice no hacían el menor ruido. Reparé por primera vez en el silencio, una especie de pitido que surgía precisamente de la ausencia del sonido, como si todos los silencios producidos por los objetos adormecidos que nos rodeaban formaran conjuntamente aquel pitido único. Después vinieron los grillos, y el viento, y los murciélagos, que unidos al silencio te inducían al sueño sin que tú te dieras apenas cuenta. Entonces escuché por primera vez la noche americana.


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