MEMORIAS DE AMÉRICA. Capítulo 1. En el área de Nueva York

Un avión, nubes, el Atlántico. Cientos de rostros adormecidos. Bostezos. Turbulencias. Alguien jadea. El clic del cinturón. Pero nada, seguíamos volando sin mayores problemas. Suspiros de alivio. Ya sobrevolábamos Boston; próxima parada: Nueva York.  Miles de kilómetros habían quedado atrás, tantos miles de millas. Ni rastro de Europa en el mapa interactivo del monitor. No. En su lugar, la sinuosa silueta de la Costa Este. Era cierto. Que sí, que allí estábamos, asomándonos por la ventanilla de un avión al otro lado del océano. Ahora el capitán anunciaba el inminente aterrizaje, primero en un perfecto español, después con un inglés castizo. Rugían los motores entre los bastidores, al tiempo que los cinturones chasqueaban de nuevo. Hacía veinte minutos que nos habían dicho que quedaban veinte minutos para volver a pisar tierra. Ahí fuera deberían estar ya esperándome. Los controles, las preguntas incómodas. En fin, los nervios. Saber que no sabes qué es lo que está por venir. Y es que por mucho que creas intuirlo, sin importar cuánto te acerques, la incertidumbre siempre será un sueño.

Lo que sí sabía es que Dan y Sandy era un matrimonio de unos cincuenta años que habían decidido acogerme en el algún lugar del corazón de Connecticut. Durante las últimas semanas me habían escrito algunos correos electrónicos a partir de los cuales pude hacer un retrato robot mental de lo que me esperaba al otro lado de la Terminal del JFK. Dan era de California y había sido marine. Sandy había vivido durante muchos años en Boston, y bueno, eso era todo. Se casaron en algún momento en los últimos diez años, según pude calcular por la edad de su hija adoptada. Alice había nacido en el sur de China hacía cerca de siete años, pero sus padres biológicos no pudieron hacerse cargo. Siete años después vivía allá en el norte de los Estados Unidos de América, concretamente en West Simsbury, una zona residencial a treinta minutos de Hartford, capital del estado de Connecticut, de la que por cierto nunca antes había oído hablar.

En realidad, yo había contratado un programa de inmersión en la zona de Nueva York (o en inglés, New York Area), junto a viajeros de otros muchos lugares del planeta. Pero al parecer, ese área era mucho más amplia de lo que uno podía siquiera imaginar. Fue un descubrimiento desagradable que tuvo lugar el día en el que visité la página web de la empresa que organizaba el programa, cuando por fin tuve acceso a la dirección de lo que iba a ser el centro neurálgico de las actividades que venían incluidas. 337 East River Drive, East Hartford. Y bien, qué sería eso de East Hartford. Tecleé los datos en el buscador de Google Maps. No me gustaron las fotografías. Recuerdo que pensé que aquel era un buen lugar para dispararse a bocajarro. Además, el punto rojo se alejaba peligrosamente de Nueva York y se desplazaba inevitablemente hacia el Norte. Ahí tuve una primera sospecha. Luego pulsé el botón en el que aparecía el pictograma del coche. Así que se necesitaban cerca de tres horas para llegar al Empire State Building, y eso sin contar el tráfico. Ya lo creo. Aquel día aprendí que el área de Nueva York podía ser bien amplia.

Y entonces quiso la casualidad que aquella misma noche conociéramos a Anna. Tomábamos algo con unos amigos en la Plaza del Sol del barrio de Gracia, todavía en Barcelona. El bullicio del gentío se fundía con el sonido de las guitarras y el sutil soplido de la brisa veraniega. “Qué le ocurrirá a aquella mujer de veintitantos” dijo Gerard. Sin pensarlo dos veces, Francesc hizo un ademán con el brazo. Anna se acercó. Sus cejas dibujaban el rostro perfecto de la confusión. “Venga, siéntate” le dijimos. Así que se sentó, y una vez en el suelo preguntó de qué iba todo aquello. La gente se repartía en grupos sentados en círculos por toda la superficie de la plaza. Y bebían, y cantaban, y bailaban. Pero no, no era un concierto. “Aquí las noches son así” dije. Entonces supimos que se llamaba Anna y era de New Haven, Connecticut, donde la prestigiosa universidad de Yale.  Pues qué cosas tiene la vida. Así que le conté acerca del inminente viaje.

“¿Para qué?” respondió ella. Por qué East Hartford. Era una buena pregunta. Entonces le expliqué que yo pensaba que iba a ir a Nueva York. “Es peligroso” me interrumpió ella. “¿Cómo de peligroso?”, “Bueno, hay atracos, asesinatos, ajustes de cuenta, ese tipo de cosas.” “Descuida, eso también ocurre aquí.” Pero ella no parecía muy convencida, ni siquiera cuando le aseguré que aquella empresa tenía más de cincuenta años de experiencia y que jamás se arriesgaría a que algunos de sus clientes murieran en un tiroteo en la cuneta de una carretera de Connecticut.  Pero no, aquello no le convencía, y la verdad es que a mí tampoco. Y a pesar de todo, aquel era un tronco al que aferrarse.

Nada de lo que había ocurrido hasta entonces era muy alentador. Las referencias, las sensaciones. Pero tal vez aquello fuera una aventura diferente, el sabor de la auténtica América, lejos de los rascacielos y los enjambres de rostros sin nombre. El avión ya había aterrizado, así que avanzábamos a través de uno de aquellos túneles que recuerdan a las trompas de los aspiradores antiguos. Ahora venía uno de esos momentos en los que realmente no sabes qué pensar. Te habían dicho tantas cosas. El control de inmigración parecía el gran acontecimiento.  Ya en la cabina del avión nos habían pasado un cuestionario en el que nos pedían que declaráramos cualquier artículo que fuera a entrar al país, además de otras preguntas que ya habíamos respondido en el visado, todavía en casa, donde por cierto figuraban otras cuestiones como por ejemplo si entrábamos en los Estados Unidos para matar al presidente o cometer cualquier otro tipo de delito atroz. En el caso de querer hacerlo, no creo que lo revelara tan pronto. Pero en fin, supongo que yo no sabía ni sé nada acerca de la seguridad. El caso es que ahí estábamos, haciendo cola para pasar por el control repasando las posibles preguntas y sus respuestas. No es que tuviera nada que esconder, pero cuando uno ve a un policía o algo que se le parezca ya está pensando en lo peor. Lo saben. No sé muy bien qué, pero lo saben. Y casi nunca ocurre nada hasta que ocurre.

Quedaban apenas una decena por delante. Se habían llevado a una pareja a un cuartelillo en algún lugar de las entrañas de aquel vasto aeropuerto. Parecían gente corriente. Tal vez fuera un chequeo rutinario, o quizás algo peor. Bueno, “sé tú mismo”, me dije. Casi siempre ese es el mejor consejo. Decir la verdad suele ser lo más apropiado, pues ninguna historia suena más convincente que la que ocurrió en realidad. Aun así hay ciertas estrategias, vacíos que uno puede aprovechar. Obviar. Confundir. Regatear. Pues bien, ya era mi turno. Un tipo estaba sentado frente a un pupitre. Me pidió el pasaporte, a lo que yo adjunté (como muestra de buena voluntad) mi visado. No lo necesitaba, dijo. Está bien, tú mandas. Hizo una primera pregunta. De acuerdo, sí, he venido a pasar cuatro semanas de intercambio viviendo con una familia y etcétera. Salió, o eso creía, un buen inglés. Pero él respondió en español, puertorriqueño casi con total seguridad. Sonrió por primera vez. “Cuatro semanas, ¿eh?” “Así es, señor.” “Trata de no meterte en líos, tú ya me entiendes.” “Sí, claro. Nada de problemas.” “Eso es todo. Que tenga un buen viaje”. Así que tantos preparativos para esto.

Cinta 7. Ya se vislumbraban las primeras maletas. El avión había aterrizado con éxito y ahora solo faltaba que no hubiera ningún incidente con el equipaje. Ahí estaba. Miré a un lado y al otro, asegurándome de que nadie pudiera verme. Entonces cogí la maldita maleta de flores de mi hermana, muy pero que muy femenina, pero al fin y al cabo era la más grande que había en casa. Pesaba una barbaridad. No soy muy amigo de la colada, así que había llenado aquella enorme maleta al 100%. Un mes lejos de casa y de mi lavadora bien lo merecía. Finalmente conseguí enderezarla, y solo entonces caí en la cuenta. Una mujer rubia sonreía, y poco después se tapaba la boca con las manos para ahogar una humillante carcajada. Pues bien, una vez hubimos recogido nuestros equipajes, y con un orden tan arbitrario como efectivo, los pasajeros fuimos enfilando el rumbo hacia la salida. Ocho horas de vuelo, además de las tres de conexión entre Barcelona y Madrid. Cerca de otra hora entre controles de inmigración y preguntas rutinarias. Y por fin ahí estábamos, a punto de respirar por primera vez el aire del sueño americano.

Ahora teníamos que buscar a un hombre que vestía una camiseta de color magenta. Ardua tarea entre la confluencia de miles de hormigas humanas. Pero ahí estaba el tal Peter, quien se suponía iba a liderar la comitiva de ahora en adelante. Era un hombre calvo, con plataformas laterales de pelo al raso y ojos azules detrás de los cristales. No fue difícil reconocerlo, entre otras cosas porque bordado en el pecho de su camiseta rosa figuraba el logo de la compañía. Y en fin, puede que llamarlo magenta quedara algo más distinguido, pero todo el mundo sabía que aquello era rosa. Y no pasaba nada. Nunca entendí esa reticencia a llamar a las cosas por su nombre. El caso es que poco a poco fuimos aglomerándonos alrededor de Peter, aunque algunos ya estaban ahí desde hacía horas. “Bienvenidos. Y ahora seguidme” dijo en cuanto supo o creyó que estábamos todos. Y entonces un reguero de ojos rasgados, melenas doradas y pieles del color del chocolate fueron tras el rastro de aquel hombre vestido de rosa.

Cuando me senté en mi asiento del autocar noté de repente el cansancio. Allí en América debían ser las 6 o 7 de la tarde, así que en casa rondaban las 12 de un día muy largo. Aquel autocar era un vehículo amplio, en el que cada uno de los viajeros disponíamos de al menos dos asientos. La siesta venía revoloteando sobre nuestras cabezas, lista para fulminarnos con su aguijón fatal. El silencio pronto se instaló entre las butacas. Respiración profunda. Ronquidos. Música que se desbordaba más allá de los auriculares. Mis párpados querían cerrarse, pero yo no estaba dispuesto a permitirlo. Aquello era Nueva York. Y aunque íbamos a volver en un par de semanas para visitar detenidamente la ciudad, me resistía a la idea de no ver por lo menos la aguja del Empire State antes de partir hacia Connecticut. Mi nariz se pegó al cristal. Mis ojos enfocaron como si fueran prismáticos. Nada. Tal vez un tímido skyline en el horizonte. Entonces me desperté de repente. El sol ya lanzaba sus últimos rayos naranjas. Cuatro carriles y, a cada extremo, un sinfín de árboles. Y a unos diez metros sobre el asfalto, un cartel: Salida a East Hartford, 1 milla.


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