Cuando Kafka hacía furor, de Anatole Broyard


Elogio de la enfermedad, de Anatole Broyard, fue un libro que a mí me impactó. Ahora, de la mano de la misma editorial, tenemos sus memorias inacabadas: Cuando Kafka hacía furor, título que evoca el panorama posterior a la Segunda Guerra Mundial en el Village, cuando los combatientes y quienes les habían esperado en casa estaban ávidos de elementos a los que habían renunciado, como el sexo y la literatura, dos de los ejes sobre los que giran tanto el escritor como el libro.

Broyard va contando las cosas con sencillez, sin grandes alardes, especialmente se centra en su relación con Sheri Donatti (y establece una diferencia clara entre "el tiempo con Sheri" y "el tiempo después de Sheri"), pero de vez en cuando va soltando pequeñas perlas que enriquecen su narración, como ésta: Cuando llegué a conocerla mejor, pensé que Sheri era una nueva enfermedad. El término "enfermedad" está siempre presente en el libro (que, por cierto, quedó inacabado porque, en cuanto supo su diagnóstico, Broyard aplazó sus memorias para centrarse en el ensayo citado): Una guerra es como una enfermedad y, cuando pasa, el enfermo piensa que nunca se ha sentido mejor. Se experimenta una estupenda sensación de regresar y retomar las riendas de la propia vida. Aquí va otra: El Village, en 1946, era lo más parecido a París en los años veinte. […] La gente que se sentaba en los bancos llevaba libros en la mano. Broyard también nos relata el momento en que abre una librería: Poner precio a un libro descatalogado es una de las modalidades de crítica más dolorosa.

Broyard nos ayuda a entender el clima que se vivió en la postguerra, en Nueva York. Lo difícil que era para muchas mujeres todo lo relacionado con la sexualidad: Desnudarse era un drama. Una chica de pie, con los brazos a la espalda, buscando el broche del sujetador, tenía parte de la belleza de una crucifixión. También daba la impresión de que ocultaba algo: un regalo. En ese clima no faltan los encuentros con algunas celebridades como Anaïs Nin, Dylan Thomas o Delmore Schwartz.

Es una pena que el libro quedara inacabado, pero al mismo tiempo se agradece porque queda como un texto breve, puntual, que en ningún momento aburre (lo cual sucede en muchas autobiografías: siempre hay algún capítulo que nos depara bostezos). De colofón se incluye su artículo "Retrato del hipster": conviene leerlo para comprobar que los hipsters de antes no tenían nada que ver con los de ahora.

Termino con un fragmento sobre su pasión por los libros:

Sé que la gente sigue leyendo libros y que algunos sienten por ellos auténtica adoración, pero en 1946, en el Village, lo que sentíamos por los libros –me refiero a mis amigos y a mí– era mucho más que adoración. Era como si no supiéramos dónde terminábamos nosotros y dónde empezaban los libros. Los libros eran nuestro clima, nuestro entorno, nuestra ropa. No nos limitábamos a leerlos: nos convertíamos en ellos. Los interiorizábamos y los transformábamos en historias propias. Aunque sería fácil decir que huíamos y nos refugiábamos en los libros, sería más cierto afirmar que eran los libros los que buscaban refugio en nosotros. Los libros fueron para nosotros lo que las drogas para la juventud de los años sesenta.


[La Uña Rota. Traducción de Catalina Martínez Muñoz]

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