Cultupostal 2 desde París: “En busca de mi París soñado”

París, 20 de junio de 2015

Buenas tardes a tod@s,

Desde mi llegada a París y por motivos de trabajo, mi vida ha transcurrido en los barrios céntricos de la capital, en donde las tiendas carísimas, los monumentos grandilocuentes, las grandes avenidas, los coches de lujo, y los menús de guillotina (por los precios, digo) son la tónica general aceptada por todo el mundo.

Hastiada de este ambiente de esnobismo, y decepcionada por no ver en París esa ciudad fantástica y de cuento de hadas de la que todo el mundo habla, a pesar de tener a la Torre Eiffel como compañera de trabajo cada día, pensé que debía hacer una apuesta segura, y visitar el barrio del que tenía el recuerdo más bonito de mi último viaje a París hace ya unos 5 años.

Acudí a Montmartre entonces, en busca del encanto bohemio prometido, deseosa de encontrar ese ambiente artístico y desenfadado en el que sentirme a gusto y como en casa. Sin embargo, el Montmartre de las vanguardias artísticas, el Montmartre cuna de artistas e intelectuales, el Montmartre de la película de Amelie, e incluso el Montmartre de mis recuerdos, se ha convertido en una especie de “Eurodisney-magalufiano” (los mallorquines lo entenderéis) repleto de visitantes, en el que apenas se hace posible caminar por miedo de ser atropellada por los grupos de turistas que en rebaño se mueven a manera de apisonadora. Ni rastro de bohemia, ni rastro de Zaz, ni rastro de arte.

¿Sería yo la rara? ¿Sería posible que no viera en París una ciudad preciosa e idílica?¿Podría ser que me hubiese vuelto insensible a la belleza después de haber visitado un considerable número de ciudades en todo el mundo?

Esta cuestión me inquietaba, me daba hasta incluso vergüenza reconocer que pensaba en París como una ciudad normalucha cuyo atractivo ha sido sobre todo el fruto de una campaña de marketing materializada en películas romanticonas y anuncios de perfume.

Sin embargo, ayer por fin encontré ese París capaz de robar el corazón a alguien con tan poco gusto por el esnobismo y el pijerío y el tonterío como yo. Ayer por fin descubrí el que yo misma me he permitido bautizar como barrio de los artistas, de los artistas actuales. Sin buscar nada, caminando hacia el Pompidou (Museo de Arte Contemporáneo) para asistir a una conferencia sobre los cabarets de principios del siglo XX, sin apenas darme cuenta, empecé a sentirme más a gusto, rodeada de personas más “como yo”, de jóvenes menos trajeados, de calles más estrechas, de bares más repletos de gente riendo y tomando cerveza. Casi de repente, música en las calles, un grupo haciendo capoeira, skaters, niños jugando al futbol, paseantes con perros, jóvenes sentados en el suelo, parejas besándose, bailarines improvisados, y zas… ¡de lleno en una plaza fantástica! Al lado del Pompidou, cuyo edificio es de por sí un espectáculo, habita una plaza llena de vida, de juventud, de arte. Un edificio gótico se contrapone bella y pacíficamente a un muro con un gigantesco graffiti. Al lado, una fuente, o mejor dicho una especie de balsa de agua, llena de esculturas con formas de ensueño y llamativos colores. Por fin, por fin he encontrado mi barrio en París, por fin he encontrado el barrio que sí puede hacer que París sea una ciudad maravillosa.

Atentamente,

Ana

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