Un paseo por la Feria del Libro

Por: Carlos Ortega Pardo

Visita semestral a Madrid. Tras ingerir buena parte de la producción de Mahou para este 2015, y aunque la abrumadora oferta nocturna de la capital no está, ni mucho menos, agotada, mi excelente anfitrión y yo decidimos correr —es un decir— al búho más próximo y encaminarnos de vuelta a nuestra base de operaciones, sita en el combativo corazón del barrio de Aluche. Probablemente porque de pronto nos hicimos mayores, consideramos más sensato recogernos que guardar una kilométrica fila de horteras anabolizados con tal de acceder a un trasudado after, previo abono, para más inri, de sendas entradas a precios muy poco populares.  A resultas de todo lo cual, la mañana del domingo nos encuentra levantados a una hora prudente y haciendo gala de un frescor desacostumbrado. Tras un frugal desayuno y varios transbordos —entremedias de los cuales descubro, no sé si más asombrado que horrorizado o a la inversa, el antiestético patrocinio al que el Excelentísimo Ayuntamiento entregara en su día la icónica Puerta del Sol—, nos llegamos al Parque del Retiro, donde, como siempre desde hace décadas, se ubica la Feria del Libro. Un rutilante sol primaveral se engolfa en acariciar las turgencias de las numerosas y semidesnudas odaliscas yacentes —me explico, guiris de buen año tiradas en el césped—, en cuya gozosa contemplación nos detenemos lo justo y necesario antes de zambullirnos en el populoso torrente humano que fluye entre las dos largas hileras de casetas.

Más que los libros en sí, el gran atractivo de la Feria es, no cabe duda, la proliferación de rostros conocidos en el trance, me figuro que penoso para la mayoría, de firmar ejemplares. No tardamos, de hecho, en topar con el —muy merecidamente— renombrado Javier Marías, brindando su reciente Así empieza lo malo a media docena escasa de damas que, como él, empiezan ya a dejar atrás la mediana edad. Casi enfrente, una cola exponencialmente más larga denota la presencia del agresivo youtuber (sic) Auronplay; disparidad de interés público que me abstendré de valorar, toda vez que desconozco la obra de este último. En tal ignorancia aspiro, por cierto, a permanecer.

Análoga multitud se congrega en torno al fotogénico superbestseller  Joël Dicker, presentando —supongo— un nuevo aborto sobredimensionado cuyo abracadabrante argumento tranquilizará las conciencias de miles de lectores, renovada su fe en la ficción de la literatura comercial inteligente. Muy distinto pinta el panorama para un poeta competente —palabras del propio Marías, y de su criterio me fío— como Luís García Montero. Porque su rúbrica parece concitar el mismo interés que su candidatura por IU en las últimas elecciones autonómicas. La derrota continúa dibujada en un rostro ya de por sí melancólico.

Alegra ver a dos paisanos, Rafael Chirbes y Manuel Vicent, cada uno a su manera, ejemplos ambos de que esta tierra de mis pecados puede ofrecer al mundo otra cosa que paella mixta y corrupción política. Nuestro jolgorio se dispara con el hallazgo de un Fernando Arrabal lo bastante sobrio como para garabatear dedicatorias, aunque no tanto como para apercibirse portador de dos pares de gafas. En su defensa se puede alegar que uno de ellos es de sol y que, habida cuenta de su vocación retadora, no sería aventurado pensar que se trata de un efecto buscado.

Pasamos frente a Rosa Montero y Almudena Grandes, separadas en la Feria por distancia física equiparable a la ideológica y estilística existente entre estas dos veteranas escritoras de carácter, haciendo de sus respectivas columnas en el País Semanal un producto meramente intercambiable, decisión que, pese a comprenderla, no comparto. Metidos en ocurrencias editoriales cuando menos curiosas, muy oportuna resulta —oportunista incluso, habrá quien matice, y no sin razón— la del preclaro genio mercadotécnico que ha sacado a la cegadora luz de este domingo reventón Por qué las cosas pueden ser diferentes, de Manuela Carmena, ignorado —publicado, que diga— hará cosa de un año y que, a raíz del sorprendente éxito electoral de su autora, se está vendiendo como churros. Alrededor de la caseta en la que la presumible futura alcaldesa de Madrid estampa su solicitadísima firma se arremolina una muchedumbre tal que hasta se requiere la presencia de azafatos con chaleco reflectante a fin de ordenar el tráfico. Insisto, bravo por el editor. Todo un tiburón.

No anda particularmente atareado, por el contrario, el interesante narrador y sensato articulista Javier Cercas. Quizá por su condición de catalán —de adopción— no nacionalista —ni de un signo ni del otro—, y es que la tibieza se paga cara en este país nuestro de caínes apasionados. Hablando de lo cual, José Javier Esparza luce el parche de los domingos y Pío Moa dedica su último mamotreto revisionista. Ambos tienen su público, porque de todo ha de haber en la viña del Señor. Aunque no tan nutrido, qué más quisieran, como el que se agolpa ante el stand ocupado por El Gran Wyoming, coco luciferino de aquéllos, a la vez que —probablemente, entre otras cosas, por eso mismo— uno de nuestros mayores líderes catódicos de opinión.

Llegados a la carpa de grandes firmas, nos choca el envidiable estado de forma del Jon Bon Jovi, o poco menos, de las letras patrias, un Arturo Pérez-Reverte que en absoluto aparenta los 63 palos que con tanta donosura carga a cuestas. Bronceado nuclear, refulgente la sonrisa fachendosa. Nervudo todo él como maroma de velero.

Poco antes, y exhibiendo un perfil manifiestamente más bajo, hemos visto al reputadísimo Antonio Muñoz-Molina dedicar su reciente Como la sombra que se va. Su esposa, la simpática Elvira Lindo, ocupa una caseta algunas decenas de metros atrás. Todo queda en la familia.

Por fin, exhaustos tras más de dos horas deambulando bajo el ensañamiento solar, coincidimos en que ha llegado el momento de rehidratarnos con unas cañas como sólo en la villa y corte saben tirarlas. Y, ya que estamos, apretarnos unos huevos rotos. Que para luego es tarde.

Imagen de Abhi Sharma

Imagen de Abhi Sharma

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