El secreto de Leonor

1

Y qué vas a hacer, Faurn. Te mira, y tú lo sabes, a pesar de los obstáculos, aunque lo haga a través del espejo. Sus ojos te alcanzan entre las copas vacías, a veces incluso vadeando las tenues siluetas de los comensales. ¿Vas a quedarte ahí sentado, Faurn? Sus pómulos, mira sus pómulos, observa como la piel se ciñe al contorno de su mandíbula perfecta. Y los dientes, en fin, su irregularidad única. Qué harás ahora, Faurn. Pues sí, vas a devolverle la mirada, y de acuerdo, está bien, empezarás por el espejo. Pero cuando la mires, ella ya estará ahí, esperándote al otro lado. Su reflejo se convierte en una fotografía, se congela el tiempo, se congela todo en realidad, en fin, quiero decir que se detiene el tranquilo transcurrir de las cosas. Entonces sonríe, como si la rodeara una muchedumbre armada con cámaras. Ya nada importa. Sabes que algo ocurre ahí fuera y eso es todo. Podrías estar así tanto tiempo. Pero de repente se va, Faurn, y ya es demasiado tarde. Ahora ella coge el bolso y se lo ajusta en su hombro. Sí, has llegado a la estación pero ya no hay nadie en el andén.

2

De nuevo en aquel bar, misma hora, dos días más tarde. Tal vez ella siga ahí, o quizás se fuera para no volver. Quién sabe, Faurn. Ahora, todo cuanto está en tus manos es abrir la puerta de cristal y tomar asiento en alguna de las mesas de madera, pedir una cerveza de barril, y después esperar, esperar primero a que te traigan lo que pediste, pero por encima de todo esperarla a ella, sí, Faurn, hay algo en el aire, además de las conversaciones fortuitas y el rugir de los coches ahí fuera, hay algo que te mantiene expectante, aunque no tenga ningún sentido, ninguno, pero la esperarás. Un primer trago. Dos, tres, cuatro. Nada. Nadie al otro lado del espejo.

En fin, tráigame otra jarra si es tan amable. Claro, señor, en seguida. Lo ha dicho. A tus veintisiete. Dichosa juventud, cuando quieres darte cuenta ya no hay tiempo. Pero nada puede detenerte, Faurn. Podrán irse los demás clientes, podrán cerrar las persianas. Un trago, dos, tres, cuatro. El cristal y la madera se encuentran con un golpe seco. La jarra, vacía. Las siluetas tenues de los comensales. De repente algo cambia. Pero por dios, Faurn, no vas a creerlo. Mira el espejo, hazlo, un segundo y será demasiado tarde. Sus ojos, sus pómulos, sus dientes. Y qué harás ahora, señor. Yo te lo diré. Vas a levantarte, vas a mover el culo de ahí y te sentarás en su mesa, pedirás dos copas de vino y dejarás que el alcohol haga el resto, bueno, el alcohol junto a esta noche estrellada, irresistible, esta noche en la que por fin llegarás a tiempo. Olvida el espejo. Su mirada y la tuya, sin intermediarios. Hay un hilo entre tú y ella, ya no hay más que seguirlo. Lo has hecho, Faurn. El uno al lado del otro, y entre los dos un silencio capaz de sobreponerse al bullicio de la taberna. De repente, mucho antes de que se te ocurriera una primera frase, lo dice: tengo que irme. Ahora ella coge el bolso y se lo ajusta en su hombro. Se fue, Faurn, ya se ha ido. Pero volverá. Y tú también volverás. He aquí el juego.

3

Ha pasado un día, y el sol se esconde en algún lugar detrás de las montañas. Una jarra, hágame el favor. Entonces te sientas lejos, esas son las normas, para después cruzar de una punta a la otra. Hay que cuidar el ritual. Ella te aguarda. Coges tu cerveza, das un sorbo para que no se derrame la espuma. Reparas en el barman por primera vez. Friega la barra de madera, que rezuma alcohol, polvo y azúcar. Su mano derecha se ocupa del trapo, pero sus ojos andan perdidos. Su mirada se clava en tus pies. No entienden. No alcanzan a comprender todo aquello. Y qué sabrán ellos del amor. Buenas noches, bonita. Quisiera tomarte la mano. Entonces acercas la yema de los dedos hacia su delicada palma. Pero ella la retira, a la velocidad del rayo, como si aquellas manos pesaran apenas, tal vez tanto como el humo de una pequeña hoguera. No, Faurn, la mano todavía no. Eso lo estropearía todo.

4

Y cuántas veces habréis coincidido ya en aquella taberna. Se acabaron los preámbulos. Te diriges una vez más hacia su mesa, en aquella esquina donde la luz amarilla parece tan cansada. Leonor, ese es su nombre, pero en fin, hoy no le dirás que ya no quedan mujeres que se llamen así. Siempre que lo has hecho, ella ha fruncido el ceño. Bueno, pues brindemos por nosotros. Chocan las copas y por unos instantes suena el canto sutil de los cristales. Quisiera que nos fuéramos juntos a algún lugar, Leonor, quisiera salir de este bar algún día. Pero ella niega con la cabeza, no, Faurn, esto hay que hacerlo despacio. Déjame que te tome la mano, al menos, hace tanto tiempo…pero todavía no, bribón, eso lo estropearía todo. Está bien, en fin, brindemos de nuevo. Por ti, por mí, por nosotros.

5

Hoy has tomado una decisión. Basta de florituras. Vas a exigirle que te diga su apellido. Así que Dime Leonor, no quiero que haya secretos entre nosotros. Ella niega con la cabeza, pero no vas a bajarte del carro, Faurn. Dímelo, Leonor, dímelo. Ya hace tiempo que conoces el mío. Creo que es justo que ahora me reveles el tuyo. Por unos instantes, nadie dice nada, aunque tus ojos y los suyos lo dicen todo. Está bien, Faurn, te lo diré. Mi nombre es Leonor Revilla Clairon. Bueno, lo ves, amor, no era tan difícil. Y ahora brindemos de nuevo. En este bar de siempre, en la misma mesa de siempre. Brindemos una vez más por esto que nos ocurre. Ahora te preguntas el porqué de esa mirada taciturna. El cristal canta pero es una canción triste. ¿Por qué no bebes Leonor? Cuando brindamos, apenas mojas los labios. No te hará daño un poco de vino. ¿Por qué…? Pero ella coloca su dedo índice enfrente de sus labios. Sella tu boca, amor, suficientes preguntas, mi querido Faurn. Una chica necesita tener sus secretos. Simplemente confía en mí. ¿Podrás hacerlo? Buena pregunta. ¿Podrás, Faurn?

Pues la verdad es que creo que no me quieres, Leonor, creo que juegas y con eso te basta. De acuerdo, todo esto tenía cierto encanto al principio. El misterio detrás del espejo, la pequeña satisfacción ante una pequeña conquista. Pero todo tiene un límite. Sí, ahora quieres sus besos, sus manos, sus pómulos, sus dientes, todo, lo quieres todo, Acaso un caballero no merece un premio cuando es paciente, cuando acepta las normas del juego, ¿no es una falta de respeto? Me pregunto por qué, por qué no puedo tomarte la mano, acariciar tus dedos…Dime, Leonor, ¡Confiésalo!

Pero ya se ha ido Faurn. No habrá una respuesta. Ahora estás tú, solo en la mesa donde antes habíais sido tan felices.

6

Anteayer murió Tía Carmen, así que hoy no irás al bar. De hecho, hace unos días que ya no vas. Fuiste al día siguiente, poco después de que ella se fuera sin responder. Pero Leonor no apareció, y puede que ya no aparezca nunca. Está el dolor, por supuesto, pero también está el misterio. En fin, tu familia y tú rodeáis el féretro, camino del nicho que ocupará durante unos cuantos cientos de años. Un tipo se sube a una especie de grúa. Al parecer, colocarán la tumba en uno de los agujeros del segundo piso. Es un buen profesional. Guarda el cadáver como quien guarda una camisa en el armario. La costumbre, supongo. Ahora el sepulturero coge la paleta y la embadurna de cemento. Viene el último adiós. Todos se van, pero tú vas a quedarte Faurn. Los cementerios, lugares extraños y fríos. Y a pesar de todo su belleza. Así que paseas entre tumbas y pequeños mausoleos, esculturas de ángeles, alas de mármol y de bronce, efigies mirando a través del tiempo, flores marchitas y sobre todo un silencio fúnebre. Y ahora vienen las lápidas. Hombres y mujeres de otros siglos y que sin embargo siguen al pie del cañón, resistiéndose a abandonar del todo un mundo que ya no les pertenece. Y en fin, ahí está Juan Villar Cosme, 1845-1898. Gran padre y marido, amigo de sus amigos. En esa otra María del Sol Cárdenas Sigüenza, 1822-1873. No importa la distancia, estarás siempre entre nosotros. También está Vicente Enrique Gálvez, 1855-1927. Eternamente querido por los tuyos. Todo eso está muy bien. Pero sin duda no contabas con esto. Qué puede significar. Tal vez una casualidad. ¿Pero cómo? No importa, te frotarás los ojos, y aun así, verás que en aquella lápida, grabado claramente sobre la piedra, figura un nombre. Es imposible. Simplemente imposible. Y sin embargo, ahí yace Leonor Revilla Clairon.


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