El verano / Bodas, de Albert Camus


Albert Camus es uno de esos autores a los que procuro volver de vez en cuando. No sé dónde descubrí la referencia a este libro, una especie de compendio de varios artículos o varias crónicas (en la contraportada afirma que son cuentos; no es así, no creo que lo sean). Sí recuerdo que el escritor que lo citó mencionaba un breve texto de título hermoso, "Pequeña guía para ciudades sin pasado", que es una de las piezas de la primera parte, titulada precisamente "El verano". Probablemente lo leí en algún artículo de Enrique Vila-Matas, pero por desgracia no lo recuerdo con exactitud. El caso es que aquí encontramos evocaciones de infancia y de juventud, y sobre todo de paisajes que marcaron al niño y al joven que se convertiría en el hombre que escribió La peste. La edición que yo tengo es antigua, de Edhasa, pero parece que DeBolsillo lo ha reeditado. Cuatro fragmentos:

Las obras de un hombre representan a menudo la historia de sus nostalgias o de sus tentaciones, pero casi nunca su propia historia, sobre todo cuando pretende ser autobiográfica. Ningún hombre se atrevió nunca a pintarse tal como es.

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Reconozco que constituye una gran locura, por lo demás casi siempre castigada, el volver a los lugares donde uno ha pasado su juventud y el pretender volver a vivir a los cuarenta años lo que uno amó o aquello de lo que uno gozó plenamente a los veinte. Pero ya sabía de esa locura.

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Para mí no hay ni uno solo de esos sesenta y nueve kilómetros de camino que no tenga recuerdos y no me produzca determinadas sensaciones. La infancia violenta, los ensueños de la adolescencia, las mañanas, las muchachas frescas, las playas, los jóvenes músculos siempre prontos a realizar su esfuerzo máximo, la ligera angustia del atardecer en un corazón de dieciséis años, el deseo de vivir, la gloria, y siempre el mismo cielo, a lo largo de los años, inextinguible de fuerza y de luz, insaciable él mismo, que devora una a una, durante meses, las víctimas que se le ofrecen en cruz sobre la playa a la hora fúnebre del mediodía.

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Ya no hay desiertos. Ya no hay islas. Su necesidad, sin embargo, se hace sentir. Para comprender al mundo es preciso a veces apartarse de él; para servir mejor a los hombres, tenerlos un momento a distancia. Pero, ¿dónde encontrar el lugar que la fuerza, la larga respiración necesitan, donde el espíritu se recoge y se mide el coraje? Quedan las grandes ciudades. Simplemente, aún se precisan condiciones.


[Edhasa. Traducciones de Alberto Luis Bixio, Jorge Zalamea y Aurora Bernárdez]

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