Abraham y Sara

Las rodillas sobre el suelo, las manos unidas y los dedos entrecruzándose. Y entonces hazme un favor señor, dámela, no importa cómo, dámela y estaré por siempre agradecido. No quisiera ofenderte, pero sí, es verdad, puede que tenga muchas cosas, pero no la tengo a ella, si no te importa, de ser así tal vez ya me habría entregado por entero. No importa, podríamos olvidarlo, pero eso sí, sobre todo dámela, señor, dámela, si es que yo ya estoy agradecido, por todo, por la vida, por…la vida, sí, la vida, pero me falta ella, el amor, levantarme con las alas extendidas, aleteando de alegría entre las flores risueñas. Y que conste que me siento algo ridículo, yo hablo y tú no respondes, y bueno, quizás mi voz sea demasiado fina, suave como sus manos, por cierto, tan suaves como las nubes, pero haz el favor, si en realidad ya debes saber de qué te hablo y estamos aquí perdiendo el tiempo, sí, yo entiendo que somos muchos aquí abajo pero qué me dices de la omnipresencia, a mí ya me parecía que era complicado, pero insisten e insisten, y mira, vamos a hacer una cosa, olvidémonos de Patricia y dejémoslo para más adelante. ¿Qué te parecería Sara? Tal vez sea más asequible, más nueva, y bueno, no es que quiera chantajearte, pero ya sería hora de que me dieras una pastillita de la felicidad, que, joder, bueno, perdona, el caso es que empiezo a sospechar que a otros sí los escuchas y a mí me dejas aquí ladrando y ladrando, y nada, y es que a veces pienso que aquí en mi habitación ya no llega la cobertura. No es que quiera chantajearte, de veras, pero sí no es Sara…ya esta va a ser la última vez que me arrodille. Si yo te quiero, pero llega un punto que esto debería ser recíproco. Padre nuestro que estás en los cielos y que tengas buenas noches.

El sol radiante por la mañana, y tu último cartucho, sí, Dios, un último disparo. Saqué la guitarra de la funda, y la luz chocó con la madera y se dividió en miles de partículas brillantes. Sara estaba junto a mí, y se peinaba el pelo hacia un lado, siempre hacia abajo, dale que te pego, peina que te peina. En el aire flotaban notas fugaces producidas por mis manos nerviosas. Pero en seguida me puse a rasgar las cuerdas y empezaron a fluir los acordes. Después vino una voz trémula, asustada, y sin embargo era tierna como un cachorro. Sus ojos bailaban junto a mis manos, que se movían ahora armoniosamente, y aunque de vez en cuando me miraban yo seguía tocando, como si fuera un robot programado con el único objetivo de seguir, y seguir tocando, y tocando y tocando hasta que solo quedara carne picada donde antes habían estado mis dedos.

Había escrito una nota, una carta de amor que dijera lo que mis labios no habrían sabido decir. Oh, sí, Sara, llevo tanto tiempo siguiéndote, y hace tanto que las mariposas revolotean entre mis vísceras…pero ya no puedo más, tiene que ser hoy, hoy y no hay más allá, tan larga ha sido la demora, y es que te lo digo ahora mismo o se me saldrá el corazón del pecho. Te quiero, Sara, siempre te he querido. Y tú, Sara, dime, Sara, dime que sientes lo mismo y que esta mañana ha sido tan mágica, dime que también vuelan las mariposas en tus entrañas. Y qué maravilla, Sara, y qué larga ha sido la espera, Oh, Sara, pero ya no hay por qué seguir sufriendo, ahora que los dos lo sabemos, ahora que por fin nos hemos encontrado.

Pues bien, prometió que leería la misiva y convenimos que aquella tarda traería la respuesta.

Ya eran las cinco. Su rostro parecía mármol tallado por el cincel. Me entregó un sobre blanco que presentaba algo de barriga. Pero en el interior de aquel sobre había dos cartas, y una era la mía, y era en realidad la carne que había rellenado el hojaldre. Su nota era corta, desde luego, tan breve como estas líneas. Lo siento, tengo que decirte que, aunque me siento muy alagada, hace unos días que me he entregado a Abraham.


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