El escalofrío


Mi mujer me espera y por la prisa que se dio en vestirse cualquiera hubiese dicho que su mujer era la Bellucci y que lo esperaba al otro lado de la puerta. De nuevo  ella era la que se quedaba tirada en el andén de la estación de los amores (o lo que fuese aquello) con billete de ida, en el ridículo risible de ser la última en abandonar las sábanas. Habrá pagado la cuenta, piensa, mientras se acuerda del último fetichista que se llevó sus bragas y palpa la moqueta, nerviosa.  
Treinta minutos después, otra madrugada la ve cruzar la calle con la cartera vacía y un relente culpable en la entrepierna. 
Imagen: © Nigel Van Wieck 

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