El partido del siglo

Había un descampado de tierra blanca ahí en lo alto de una colina. Yo corría sobre las malas hierbas con el balón en las manos, rodeado por un enjambre de futuros compañeros y enemigos potenciales. Era la hora del partido, y aunque servía en realidad como juez entre la mañana y la tarde, lo cierto es que para nosotros era el partido del siglo. Dos capitanes, ambos veloces al levantar la mano. Corrían los dos equipos al completo hacia sus porterías, pues nadie en su sano juicio querría quedarse en la retaguardia.

Yo, en el centro de aquella montaña sagrada, sostenía todavía el balón raído todavía en mis manos. La brisa animaba a las malas hierbas y éstas bailaban, y sobre ellas el aire y la tierra peleaban delicadamente en aquella nube de polvo. Sí, era la calma que precedía a la tormenta. Entonces flexioné ligeramente las rodillas, entrecerré los ojos, y los demás se enderezaron como se enderezan los gatos alarmados. La pelota ya se dirigía al cielo, y ya en lo alto se detuvo unos segundos sostenida por nuestras miradas, que esperaban a que de una vez por todas bajara aquel dios a la tierra. Ese trapo esférico eclipsaba ahora el sol. Entonces cayó en picado y alguien saltó el primero. Cuando su cabeza contactó con la pelota oí por primera vez aquellas voces que nos aclamaban.

Encaré portería por el extremo derecho, miré a mis compañeros que insistían en que querían el balón; y ahí, en ese preciso instante, mis ojos se iluminaron cuando vieron que, donde antes habíamos colocado dos grandes piedras, ahora se alzaba una magnífica portería de las de verdad, con sus palos blancos y su red cuadriculada, en fin, su estructura perfecta, incluso aquella línea que marcaba la diferencia entre la vida y la muerte. Golpeé fuerte la pelota. Demasiado alto, eso dijeron, aunque los muy canallas no lo habían intentado siquiera. Desde uno de los extremos, y casi con simultaneidad, unas voces lamentaban aquel disparo al agua. Pero entonces, justo al otro lado del terreno de juego, otras voces se reían y aplaudían jocosamente la llegada de una bocanada de aire.

Ahí estaba yo encarando la portería de nuevo, otra vez desde el extremo derecho. No había muchas opciones y quedaba poco. Lo intuía, la campana estaba por sonar, y sí, ese tenía que ser el momento, incluso me pareció oír cómo murmuraba el metal allí a lo lejos. Así que le di a la pelota con mi cuerpo y con mi alma, todo eso concentrado en un solo pie. Podía notar la energía descender por las piernas. Disparé a matar la última bala del cartucho. Salió escopeteada, cruzada y tensa, y entonces ya lo supe, antes de que nadie se hubiera dado cuenta. Y sí, entró, vadeó la línea de la vida, y aquel trapo sucio se convirtió en un pedazo de oro reluciente. Vi como brillaba la bola de fuego camino hacia la red, vi como la acariciaba y como ella se mostraba incorruptible. Joder, me fui corriendo hacia la esquina, y ya en mi cabeza no cabía nada más, así que me fui, allí de donde venían todas aquellas voces. Me lancé sobre las rodillas y noté como deslizaban por el césped. Los gritos de la hinchada me envolvían. Mis compañeros venían hacia mí desbocados, desbordados por la alegría.

Pero entonces vino ella, la campana, y oí que cantaba con júbilo la llegada del fin. Algo se difuminaba, arrastrado por la brisa y la arena que volaba sobre su lomo. Tosí por el polvo, rodeado por un silencio terrible. Cuando me incorporé, sentí aquel dolor en las rodillas. Subí el pantalón hasta su altura y aquello parecía un archipiélago volcánico, y entonces mis ojos se empaparon de lágrimas y mis manos de sangre.

 

 

 

 

 


Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *

You may use these HTML tags and attributes: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>

*