Lancha rápida, de Renata Adler


Éste es, sin duda, uno de los libros más importantes de la temporada. Es insólito que no se haya traducido hasta ahora, dado que en Estados Unidos fue una especie de emblema, de punto de partida para establecer otra manera de narrar. Lancha rápida (Speedboat) es una novela, pero no es una novela al uso. Quien mejor lo ha explicado es Guy Trebay en el posfacio que incluye la edición de Sexto Piso:

Con un estilo a veces periodístico, cronístico, aforístico, siempre episódico y mordaz, Lancha rápida es una novela hecha de una serie de miniaturas observadas con gran agudeza y colocadas oblicuamente.

Renata Adler se pone en la piel de Jen Fain, una periodista que nos va describiendo lo que sucede alrededor: anécdotas, opiniones, viajes, historias aisladas… El mosaico resultante es una descripción fragmentaria y poderosa de lo que sucedía en el entorno periodístico de los años 70, y su lectura resulta muy adictiva. Se ha comparado al libro con la escritura resultante de observar los muros de Facebook, pero esto es infinitamente mejor: no olvidemos que se trata de Literatura (con mayúsculas). Ahí van unas muestras (y aquí las primeras páginas):

Nadie murió ese año. Nadie prosperó. No hubo nacimientos ni matrimonios. Se escribieron diecisiete sátiras reverentes: alterando un cliché y, es de suponer, creando un género. Eso fue un sueño, por supuesto, pero he descubierto que muchas de las cosas más importantes son las que aprendes durmiendo. La oratoria, el tenis, la música, esquiar, los modales, el amor; lo intentas despierta y tal vez dudas ante el obstáculo, pero enseguida has dado el salto. Has cogido el ritmo, de una vez por todas, durmiendo por la noche. La ciudad, por supuesto, puede destruirlo. Hay mucho insomnio. Muchos ritmos que colisionan. La dependienta, el casero, los invitados, los transeúntes, dieciséis variedades de circunstancias sociales en un día. Aquí todo el mundo tiene el poder de cuestionar toda tu vida. Demasiadas personas tienen acceso a tu estado de ánimo. A algunas personas les es indiferente caer mal, hasta lo disfrutan. Casi nadie que yo conozca.

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En ocasiones pienso que son escritores que no escriben. Que los "escritores escriben" debería ser evidente en sí mismo. A la gente le gusta decirlo. Yo sé que casi nunca es cierto. Los escritores beben. Los escritores despotrican. Los escritores telefonean. Los escritores duermen. He conocido a muy pocos escritores que escriban.

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Cuál es la clave. Eso es lo que debe tenerse en cuenta. En ocasiones la clave real es quién quiere qué. En ocasiones la clave es lo que está bien o es amable. En ocasiones la clave es un impulso, un hecho, una cualidad, una voz, un presentimiento, algo que se dijo o no se dijo. En ocasiones se trata de quién tuvo la culpa o de qué ocurrirá si no actúas enseguida. La clave cambia y desaparece. No puedes estar siempre pendiente de cuál es la clave o te pierdes lo más simple: ser un personaje protagonista en tu propia vida. Pero si, durante el tiempo que sea, eres custodio de la clave –en arte, en el tribunal, en política, en las vidas, en los espacios–, resulta que hay acciones de retaguardia por todas partes. Ves una cosa con claridad y, cuando tu visión se atenúa o cuando se traslada a otra persona, si tienes una naturaleza amable, mantienes el silencio; eso es encantador. Por lo demás, de vez en cuando merece la pena una pequeña incursión. Así pues, estar siempre complaciente y absolutamente equivocado no se convierte en la posición más segura de todas. La clave nunca me ha sido confiada.

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Cuando me pregunto qué es lo que estamos haciendo –en esta casa de piedra rojiza, en esta manzana, con este periódico– la verdad es que probablemente la respuesta sea que estamos luchando por sobrevivir.

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Desde luego, no está bien tener un umbral demasiado bajo con los insultos. Incluso el insulto afectuoso, o el cumplido con cualquier clase de giro en él, puede reverberar en la memoria de formas espantosas.
 

[Sexto Piso. Traducción de Javier Guerrero]

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