Javier y Eco

Estaba yo a punto de entrar en el ascensor cuando la puerta de la escalera se abrió. Entonces entró la vecina del ático dando tumbos, pues de sus manos colgaban varias bolsas y, entre ellas, una gran caja de cartón. La esperé, claro. Estuve pulsando el botón del ascensor durante unos segundos. Después extendí el brazo en dirección al interior, ella aceptó la invitación y se metió para adentro. “Ikea, ¿eh? Yo también compro en Ikea”, le dije. Se cerraron las puertas tras de mí y ella enseñó un poco los dientes. Bueno, eso era mejor que nada.

Aquel vacío por fin terminó cuando llegamos al primer piso.

“Bueno, pues aquí me bajo, ¿eh? Buenas tardes”

“Buenas tardes, Javier”

Entonces me bajé y me acerqué a la puerta de casa, cogí la llave, pero ésta escapó entre los dedos por el sudor. Seguían resbalándome cuando intenté recogerlas. Al tercer intento por fin una cosa encajó con la otra. Dejé las llaves en la bandejita de plata que había sobre el mostrador de mármol. Colgué la chaqueta en uno de los colgadores y el casco lo dejé en el banco de madera que había comprado hacía dos años en Ikea. Cuando estuvo todo en su sitio, me puse a tocar el piano. Había estado allí toda la vida, empotrado al otro lado del recibidor, dándole la espalda al mostrador, y al banco, y a los colgadores. La verdad es que nunca fui un gran músico, pero en las cenas familiares casi siempre me pedían un par de piezas. Recuerdo que mi tío el mayor acostumbraba a decir: “Javier, ¡Toca!” y entonces yo encogía los hombros y me sentaba en la banqueta que había enfrente del piano. Aquella noche era una de esas noches, así que por supuesto que me iba a preparar las dos piezas. No eran gran cosa, como siempre, pero eran lo suficiente buenas y fáciles como para ganarse un cálido aplauso familiar.

Empecé a tocar. Al principio me costó conectar mis manos con las teclas, pero finalmente las cosas fluyeron. Cuando hube terminado la primera canción, escuché como una especie de eco que recorría la escalera. Pero esto no es un eco cualquiera, pensé, se trataba de un sonido tan nítido que bien podía confundirse con las notas que habían proyectado mis dedos. En fin, debían ser los nervios. Así que empecé a leer la segunda partitura y coloqué las manos de nuevo sobre el teclado. Entonces las yemas de mis dedos volvieron a pulsar suavemente las teclas. Cuando acabé de tocar, hubo dos segundos de silencio. Después, igual que había ocurrido con la primera pieza, me pareció oír la misma melodía flotando por algún lugar de la escalera. Sí, tenía que ser cosa de los nervios…

Horas más tarde ya habíamos acabado de cenar y, de hecho, ya nos habíamos bebido la primera copa de pacharán. Mi tío el mayor, como era de esperar, dijo aquello de “¡Tócate algo, Javier!”. Yo me levanté, fingiendo que me desperezaba. Me senté en la banqueta, delante del piano. Toqué la primera pieza y, cuando se difuminaba la última de las notas, todos mis familiares arrancaron a aplaudir. “¡Olé tus cojones!” decía mi tío el mayor, y algunos de mis primos incluso silbaban de esa manera tan suya. Pero algo ocurría en la escalera. “¿Lo habéis oído?” pregunté a los demás. Todos ellos negaron con la cabeza. “Pues nada, ahí va la segunda pieza”. Todo transcurrió con normalidad. Entonces acaricié las teclas a modo de despedida, y ellos volvieron a aplaudir. Sin embargo, volvió a suceder. Ahí fuera, y aunque nadie más pudiera oírla, sonaba la misma melodía que yo había interpretado apenas unos segundos antes. Ahora ya estaba seguro. Se oía tan claramente que parecía que alguien se divirtiera grabando mi actuación y escuchándola justo después. Pues no iba a descansar hasta que encontrara al gracioso. No había prisa. El sábado por la noche uno tiene más paciencia.

“¿Qué horas son estas?” dijo el del entresuelo. “Me preguntaba si tienen ustedes un piano…” pero la puerta se cerró en mis narices.

“No, no tenemos ningún piano, está claro que el del piano eres tú, ¡cansino!” dijo el del segundo.

“No tío, no hemos sido nosotros, estábamos aquí de tranquis…” pero entonces yo mismo cerré la puerta del tercero, pues el olor a marihuana bien podría haberse olido desde la luna.

Estaba desconcertado. Todo apuntaba a ella, la vecina del ático.

Subí las escaleras por subirlas, en realidad ya empezaba a asumir que algo no andaba bien en mi cabeza. Ahora vete al psicólogo, o peor, al psiquiatra, siéntate en un diván, sácalo todo…en fin, seguía subiendo las escaleras. Finalmente, ahí estaba la puerta. Lo cierto es que la vecina del ático siempre había despertado mi curiosidad. Pensé que quizás fuera cosa del destino. Y entonces, justo cuando mi mano iba a impactar con la puerta de madera, alguien abrió del otro lado. Era ella, la vecina del ático. Había una luz muy tenue, pero aun así era evidente que ahora ya no solo enseñaba los dientes, sino que sus labios dibujaban la sonrisa más bonita del mundo. “Por fin has venido, Javier” dijo. Y yo, pues joder, me había quedado bloqueado.

Así que empecé a observar en derredor, como si buscara algo. Entonces caí en la cuenta de que al fin y al cabo sí estaba buscando algo. Si encontraba el piano, si realmente venía el piano de allí…ahora empezaba a creer en el destino. Seguí observando, tratando de dar con el instrumento y…algo comenzó a ir mal. Justo a la derecha, las llaves de su casa descansaban en una bandejita plateada que a su vez reposaba sobre un mostrador de mármol. Su chaqueta colgaba de unos colgadores que se situaban justo encima de un banco de madera. Pero mis ojos se resistían a irse de allí. Viraron muy lentamente hacia la izquierda. Ahí estaba el piano, empotrado al otro lado del recibidor, dándole la espalda al mostrador, y al banco, y a los colgadores.

Entonces me fijé en su ropa. Noté que le iba grande, como si alguien la hubiera atacado con un láser reductor y ella se hubiera resistido a comprarse ropa nueva. Pero no era eso. Miré hacia abajo, primero mi jersey, después mis pantalones y por último mis pies.

“¿Y qué pie calzas?” espeté.

“Un 46” Respondió ella.

Ahí hubo otro prolongado silencio. Después de lo que pareció una eternidad, me di la vuelta y ni siquiera llamé al ascensor. Aquello había ido demasiado lejos. Y sus labios, cierto, recuerdo que sus labios dibujaban ahora la sonrisa más diabólica del mundo.


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