Sobre la muerte de Gabo (u otra cualquiera)

“La muerte no llega con la vejez, sino con el olvido.”

Gabriel García Márquez

Esta es la historia de una coincidencia: justo cuando empezaba a trabajar en una librería (me contrataron diez días y yo tan agradecido) murió Gabriel García Márquez. El primer día yo era un saco de nervios, supongo que como todos los primeros días. Admito que al principio no me acordé de su muerte, imagino que estaría pensando en no cagarla. A pesar de todo, no tardé demasiado en caer en la cuenta: todos, sin excepción, lo buscaban en la sección de narrativa en castellano. Era un suplicio ayudarlos, por cierto, cómo decirles que a fin de cuentas no era muy diferente a ellos. Unos minutos antes, yo todavía era un ser humano común y no un librero. Sea como fuere, yo sabía que había algo importante ahí, hasta un imbécil se habría enterado. ¡Menudo filón! Ya lo creo, allí estaba el negocio, revoloteando entre las lápidas de un cementerio.

Pasó una hora, digamos, y todo iba bien dentro de lo que cabe. Entonces me dieron una caja repleta de libros. La caja tenía un nombre concreto, muy técnico, pero no he hecho ningún esfuerzo en recordarlo. La cuestión es que la caja repleta de libros, llamémosla así, guardaba un misterio que todavía hoy – después de miles de años – no hemos sabido resolver. Cogí el primer tomo por el lomo; era Cien Años de Soledad. También el segundo. Sucedió lo mismo hasta en ocho ocasiones, y entonces descubrí que el noveno se trataba de El Coronel No Tiene Quien Le Escriba. Creo que fueron 35 minutos. Eso es lo que tardé en colocar toda la colección en su stand correspondiente. Fue todo un alivio, desde luego. Ahora cuando entraban los clientes solo había que señalar con el dedo. Ahí, justo en FRENTE, donde pone GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ. Y dónde iba a estar. La verdad es que cuando uno trabaja para el publico tiene que escuchar ciertas gilipolleces y responder preguntas irritablemente redundantes. En fin, la muerte, ese misterio milenario. La caja repleta de libros. Al parecer, justo después de que desapareciera del mapa, sus obras se vendían como churros. Te conectabas a Facebook y Gabo seguía estando allí, por todas partes. Joder, ¡muerto decían! ese tipo lo que estaba era más vivo que nunca.

Y así, después del primer día vino el segundo. Llegaron más y más libros, y lo cierto es que desaparecieron a la misma velocidad que la jornada anterior. Los dueños de la librería se frotaban las manos, qué iban a hacer. Tal vez se preguntaran cómo un cadáver había hecho estallar los números, que ya no iban a ser rojos al menos por un tiempo. A qué se debía ese stand siempre vacío. ¡Un jodido cadáver! A la salida, lejos de casa como estaba, tuve el tiempo suficiente para dar algunas vueltas. Así estaban las cosas: un muerto, ni más ni menos, relanzaba un negocio. Su efigie aparecía al menor descuido. Más que nunca. ¡Esto era así! Había dos maneras de dejar este mundo: o bien morías para siempre, o en cambio te ibas para nacer de nuevo, esta vez más fuerte, más grande, más apuesto. Gabo ya había elegido… y yo seguía dando vueltas.

Entonces lo recordé. Los gnósticos decían que el cuerpo era una cosa, algo que forma parte de la materia y que en el futuro se convertirá en basura. El alma, en cambio, era algo muy distinto. Pertenecía a otro mundo y por lo tanto obedecía a otras leyes. No es que crea en el alma, pero me parece que existe en un sentido metafórico. El intelecto, la imaginación. No sé. Quizás por eso el ser humano ama tanto al mito, por que nada tiene que ver con la carne. Sí, el mito, ese mundo en el que, de repente, un tipo deja de ser un tipo para convertirse en una idea. Ahí es cuando empieza la creación del dios. ¡Eso es! Hasta entonces, García Márquez había sido un hombre, un escritor brillante, desde luego, pero un hombre al fin y al cabo. Antes de la muerte la carne estaba ahí, recordándonos que ese tipo iba al baño y dejaba tras de sí un regalo maloliente. Pero uno muere y ya no va al baño, sino que solo queda la memoria. Los años pasan y se distorsiona el recuerdo, cada vez más vago, y se va adaptando al gusto de los que todavía recuerdan. Pasarán los años y la pelota se hará más grande, como una bola de nieve que se abre camino pendiente abajo. Cada vez menos hombre y más idea. Más dios, en suma. La muerte da miedo, así que seguiremos aferrándonos al mito, esa cosa imperecedera. Es inevitable. De nosotros depende estar dentro o fuera de la caja repleta de libros. Nacer de nuevo o morir para siempre.

En cualquier caso, lo que es evidente es que el día que murió García Márquez nació también GARCÍA MÁRQUEZ. Había muerto el hombre, es cierto, pero había nacido el personaje. Su alma se había despojado del cuerpo y se había convertido en pasto de leyenda. Más adelante vinieron todos esos emotivos mensajes en las redes sociales, incluso en los canales de televisión. Empezaba a crearse el dios, no cabe duda. Quizás se deba a eso de que, como bien es sabido, nunca se sabe lo que se tiene hasta que se pierde. Aunque en este caso, solo se perdió un hombre. A fin de cuentas, un trozo de carne.

P.D. Ahora pienso en el Quijote, por ejemplo. Él jamás tuvo un cuerpo y sin embargo sigue ahí. Y cuántos hombres de carne y hueso habrán desaparecido bajo su sombra.


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