los rusoinuit

Leí en algún lugar que a unos hombres rusos los abandonaron en una de las islas congeladas que deambulan por los mares árticos. Fue durante una de las expediciones que pretendían abrirse camino por nuevas rutas comerciales, allá por el siglo XIX, en busca y captura del paso del Noroeste. Decía aquel texto que los habían acusado de espías, suponemos que por eso de ser rusos y las suspicacias que a veces eso conlleva. Al parecer, los americanos que decidieron dejarlos allí tuvieron el detalle de aprovisionarlos con algo de comida, ropas de abrigo y armas de fuego. Aun así, los aguardaba un panorama más bien crudo. El suelo estaba hecho de puro hielo, las aguas estaban infestadas de monstruos marinos y, joder, las temperaturas podían descender hasta los 50 grados bajo cero. A pesar de todo, los tipos no perdieron la esperanza, e incluso me atrevería a decir que se las apañaron bastante bien.

En fin, digamos que aquellos hombres rusos prosperaron. Supongamos que desarrollaron técnicas para construir cabañas muy eficaces y bonitas y, lo más importante, diseñaron objetos punzantes y proyectiles potentísimos que les habrían proporcionado la comida suficiente. Todo habría empezado con las armas de fuego, pero las balas se habrían agotado con el paso del tiempo. Después, el ingenio de aquellos hombres rusos habría evolucionado de tal forma que habrían terminado por construir una civilización. Bueno, eso sí, antes habrían mantenido algún tipo de contacto con el pueblo inuit, y especialmente con las mujeres. Digamos que se mezclaron, en un principio, y con el paso de los años empezaron a se habrían empezado a distinguir los rusoinuit de los demás grupos tradicionalmente pobladores del ártico.

Pues bien, tras unos quinientos años de aislamiento, encerrados en aquella isla yerma y helada, los rusoinuit habrían desarrollado una identidad propia que incluía sus propias historias y sus mitos de origen autóctonos. Diría la leyenda que unos seres del color de la nieve llegaron a la isla desde un lugar remoto a través del mar. En efecto, los rusoinuit hablarían de unas criaturas que habrían poseído artefactos mágicos que, después de producir un estallido tremendo, fulminaban a los animales (y a sus enemigos) sin que éstos pudieran hacer nada por evitarlo. Los músicos, que tan solo conocían instrumentos de percusión hechos de tripa de foca, cantarían canciones a esos seres increíbles, tratando de invocarles para pedirles ayuda y consejo. Los rusoinuit, en definitiva, habrían fermentado su propia tradición.

Pero un buen día, un barco ballenero habría atracado en una de las playas heladas de la capital rusoinuit. Habrían pasado más de quinientos años desde que llegaran los primeros pobladores, ahora tratados como dioses, aunque en realidad habrían sido no más que unos fugitivos. Los cazadores pasarían allí apenas unas horas, las suficientes para darse cuenta de que ahí ocurría algo raro. Aquel mismo día hablarían con su gobierno, el cual habría decidido hacer algunas visitas para poder sacar sus propias conclusiones.

Los representantes de aquel otro país habrían sido recibidos con relativa hospitalidad, una mezcla extraña entre la frialdad rusa y la calidez propia de los inuit. Con el tiempo, habrían ido desenmarañando la compleja lengua rusoinuit, que más que compleja, era tremendamente distinta. De algún modo, aquellos hombres se las habrían ingeniado para comprenderla, llegando a transcribir largos pasajes que relatarían las hazañas de esos seres divinos del color de la nieve. Los huéspedes habrían decidido que sus anfitriones estaban muy equivocados y que su deber sería hacerles cambiar de opinión. Les habrían asegurado que aquello de los artefactos mágicos no tenía ningún sentido, y que en ningún caso podrían haber existido unos seres como los que ellos describían. En su lugar, les habrían convencido de que en realidad todo lo había creado un único ser omnipotente, que se escondía en algún rincón del cielo, desde donde controlaba todo cuanto sucedía en la Tierra. Al parecer tenía una larga barba blanca y vestía una túnica pálida que lo cubría desde los hombros hasta las rodillas. Además, contaban que lo hizo todo en siete días, señalando con el dedo hacia nuestro planeta, disparando desde la yema de los dedos una especie de rayo la ostia de creativo. Los rusoinuit los habrían mirado con recelo. Que si, joder, habrían insistido los forasteros, lo dicen las sagradas escrituras. ¿Dónde están vuestras pruebas? ¿Nada? Pues eso, no hay que fiarse de las habladurías.

Ante tanta insistencia, más por comodidad que por convencimiento, la población autóctona habría optado por asentir con la cabeza. Después habrían construido un edificio de madera que visto desde el lugar adecuado dibujaba una cruz de dimensiones considerables. Sería allí donde, de vez en cuando, los rusoinuit se arrodillarían para que sus amigos estuvieran contentos.


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