Los niños volvieron a jugar

No hay nada como un montón de adoquines esparcidos sobre el suelo, nada como aquel sonido inimitable que producen al recibir las pisadas de los hombres y el giro constante de los neumáticos. Por un instante, crees ver a los caballos y los sombreros de copa. Dibujas una sonrisa traviesa. Lo sabes, hay algo de romanticismo cuando miramos hacia el pasado, nos encariñamos con la promesa de un mundo más agradable y menos letal. Debería haber nacido mucho antes, te dices, las armas de fuego eran inconcebibles sin la pólvora. Ahora, no sé, no estoy seguro. Las redes sociales están bien, no me atrevería a decir lo contrario. Qué remedio, así es la sociedad. Estás dentro o estás fuera, únete a la corriente o morirás ahogado. Velocidad y vértigo, aviones y asfalto. Y pensar que, tal día como hoy, todas esas cosas formaron parte de un futuro incierto.

Recuerdo que alguien habló hace tiempo de la sociedad del espectáculo. Ese alguien aseguró que los hombres se convertirían en imágenes proyectadas, meras mercancías, burda representación. Él nos había avisado y nosotros habíamos decidido darle la espalda. Demasiado tarde, los engranajes de esta gran obra de teatro ya se habían puesto en marcha.

Más de cuarenta años después, se cumple la profecía: la notoriedad es cosa de internet y la vida de un ser humano se desdobla. El corazón todavía late, pero sobre él hemos construido una carcasa indestructible en la que se refleja nuestro rostro distorsionado. En efecto, al otro lado del espejo se encuentra ese yo en potencia, esa imagen proyectada: un yo que no es, y que tal vez nunca será, pero que en cualquier caso nos gustaría llegar a ser. Ahora el marketing irrumpe en la sala. Él se encarga de materializar ese producto idealizado, vendiendo el humo como si fuera algo sólido. Te has transformado en una suerte de empresa, así que ahora ya no importa tanto el contenido como el continente. Dadas las circunstancias, nuestro perfil de Facebook se ha convertido en un panfleto donde todo son ventajas.

Digamos, por ejemplo, que un día volvías del trabajo. Al parecer las llaves se habían quedado en casa, pero nadie sabrá jamás que acabaste en urgencias después de intentar trepar por la ventana. Los demás ignorarán que resbalaste y caíste patéticamente sobre el cemento mojado. Obviarás que, cuando te retorcías por el dolor, notaste el frío del metal en el bolsillo trasero del pantalón. En lugar de eso colgarás las fotos de Nueva York, entre las que aparecerá una ardilla temerosa que atestiguará que la tuya es una vida de acción. Puede que el frío de enero fuera insoportable, pero sabes bien que el blanco de los dientes no entiende de temperaturas.

Es viernes y son las seis de la tarde. Huele a fin de semana, las callejuelas emanan euforia. Al doblar una esquina llegas a la plaza mayor, donde decenas de niños corretean detrás de una pelota raída y sucia. Por qué no, dices en voz baja, quizá sí exista el equilibrio perfecto entre lo que está a este lado del río y lo que se encuentra justo en la otra orilla. Empieza a llover. Durante la vuelta a casa imaginas un mundo donde los carpinteros y los community managers conviven en paz y, mientras extraes las llaves de tu bolsillo trasero, te preguntas si ganaremos ese pulso contra la realidad virtual. Abres la puerta, guardas el paraguas en el paragüero. Subes las escaleras y cuando entras en el ascensor te viene algo a la cabeza. Tal día como hoy, quién sabe, todas esas cosas formarán parte de un pasado idílico que unos pocos nostálgicos tratarán de recuperar.

 

 

 

 


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