Detrás del horizonte

  1. Cuando Carlos se dio cuenta

Todos habían muerto, el niño no preguntaba, aunque en el fondo sabía que algún día iba a venir. La pregunta, tarde o temprano, caería como cayeron las rocas del acantilado, fueron miles de años, pero cayeron finalmente. La niña era otra cosa, demasiado pequeña para descubrir el misterio, mucho menos instruida en la tendencia a la divagación. Carlos en cambio ya cumplía diez años, mamá no estaba, los abuelos tampoco, el vacío era evidente y él sin embargo seguía sin preguntar. Era cuestión de tiempo, el silencio ya no serviría, nada de hacerse el sueco, iba a ser inútil.

Me miró detenidamente. Sus ojos rompieron aquel silencio que se había mantenido firme, pedían, reclamaban, no dejaban lugar al equívoco. Lo llevé a la playa, no íbamos a necesitar la sombrilla, la tarde ya se contagiaba de la pereza de un sol taciturno. La arena se adaptó resignada a nuestras nalgas, después cruzamos las piernas como si fuéramos budistas. De hecho todo aquello era bastante budista, si uno lo piensa, al final todo son posibles respuestas a una misma pregunta.

Mamá se fue, tú eras pequeño, sí, bueno, aún más pequeño que ahora. Eso no significa que haya desaparecido, está en otro lugar, espera, mejor dicho, nos espera.

Sus ojos no se habían cerrado todavía. Seguían preguntándome, exigiéndome una explicación que al parecer le debía sin reservas.

Está demasiado lejos para volver, dije. También demasiado lejos como para que nosotros vayamos a verla. Allí – señalé un punto por detrás del horizonte – aguarda, allí se la llevaron el día que tuvo que irse.

Entonces me preguntó por los abuelos, como si aquello casi le divirtiera, como si en realidad estuviera resolviendo un enigma que le hubiesen planteado en clase. En cierto modo, yo estaba consiguiendo lo que me proponía. Aquel discurso convertía ese doloroso adiós en un hasta luego balsámico, aunque entre bastidores sentía un pinchazo que recorría todo mi cuerpo hasta la punta de los dedos.

Olvida los abuelos, espeté malhumorado, eso fue hace tiempo. Ya era suficiente castigo hablar de mamá.

Después de eso sus ojos reflejaron la certeza de haber traspasado el límite, transmitieron esa sensación de travesura realizada. Decían que quizás con eso bastaba, pero yo no había terminado.

Créeme cuando digo que no tiene sentido ir a por ella. Por la mañana verás que el horizonte se acerca, llevándose a mamá con él, arrastrándola hacia nosotros, no mucho más cerca que antes. Pensarás que tal vez después nos la devuelva, pero no es más que una treta despreciable. Cuando el sol decline, verás las rocas descubiertas y los barcos anclados en la arena húmeda, y solo entonces comprenderás que el mar no entiende de resurrecciones. Detrás del horizonte no hay nada y eso es todo.

Nos fuimos de la playa por descarte. Ni siquiera las olas interrumpieron el silencio que había nacido de la ausencia de las palabras, mucho más poderosa entonces que cualquier adjetivo acertado. Cuando el sonido se hace fuerte mediante la omisión, lo mejor es irse cuanto antes.

  1. El sobre de Gabriel

A pesar de la lluvia de Octubre, llegó un gran sobre de Inglaterra. Mi hermano Gabriel había pasado el verano en la cosa sur, surfeando, decía, aunque a decir verdad jamás lo vi coger una ola. Maldita costa inglesa. No volví a pisarla después de que mamá muriera, a pesar del éxito que tuvo nuestro garito de fish and chips. Aquel mar se la tragó, sin más. Necesitaría todo el fuego del mundo para poder arder en llamas toda aquella agua azul. Era una batalla perdida y yo lo sabía. Preferí el exilio a resignarme y convivir eternamente junto al verdugo.

Así que abrí el gran sobre de papel reciclado, marrón, por supuesto, imposible que el papel reciclado sea alguna vez blanco. Leí una postal, la verdad, tan arquetípicamente aburrida que apenas leí el saludo y la despedida. No decía nada de aquel otro sobre más pequeño (por cierto este sí era blanco); volví a leer la postal para asegurarme de que estaba en lo cierto. Había una cosa más dentro del sobre marrón, aunque cuando vi el rostro de Jesucristo sobre un fondo de colores dejé la estampilla donde estaba. Esa cansina costumbre de Gabriel empezaba a agotarme, las estampillas irónicas de mi hermano se acumulaban en uno de los cajones, muertas del asco, con una sola utilidad. Siempre había bromeado con la posibilidad de que aquella colección fraguada desde la sátira, pudiera servirnos de ayuda el día que volviera la Inquisición.

Y sin embargo el sobre blanco seguía estando allí, su blancura tan inquietante como la de una hoja de papel virgen. Tuve que abrir el sobre, desganado, aún a sabiendas de que podía tratarse perfectamente de otra estampilla rodeada de un absurdo halo de misterio. Una fotografía. Reconocí rápidamente aquella lápida, aquel trozo de piedra esculpido e incrustado en la hierba, la hierba del cementerio, de aquel cementerio de la maldita costa inglesa. Observé con detenimiento el ataúd de mamá, algo había cambiado desde que lo viera por última vez. De algún modo supe que la estampilla de Jesucristo tenía algo que ver con todo aquello. Debajo de aquel hombre de pelo largo y barba frondosa, unas letras rojas repetían la promesa; no una promesa, no una promesa cualquiera, sino la promesa entre las promesas: There is life after death.

Reparé entonces en la hierba verde y las flores. Donde antes había yacido mamá, ahora habían crecido las rosas, y las espinas, y las hojas que nacían del tallo, y también los pétalos que cubrían los frágiles estambres.


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