A propósito de Le Tissier

El Cotidiano, 15/9/2014

Cuando en algún lugar de Inglaterra un hombre golpeó por primera vez el balón con su pierna izquierda para introducirlo en una portería – cuyos palos seguramente eran de madera – nadie imaginó que aquel simple gesto pudiera mover, algo más de cien años después, millones y millones de libras.

Los primeros síntomas se intuyeron cuando el segundo milenio de nuestra era apenas se desperezaba entre las sábanas. Luis Figo fichaba por el Real Madrid procedente del eterno rival, mientras las primeras cantidades astronómicas empezaban a mermar la salud de los bancos. En apenas unos años nos dimos cuenta que vivíamos una de aquellas épocas doradas que merecen un nombre para que la historia los recuerde: el Real Madrid de los galácticos, el de los Zidanes y los Pavones. Florentino Pérez había instaurado un nuevo orden, una nueva idiosincrasia para ese mundo que tan pronto iba a cambiar. Bien es cierto que el dinero hacía tiempo que estaba ahí. No esas cantidades, sin embargo, no esa búsqueda del equilibrio entre el éxito deportivo y la rentabilidad económica.

Hasta entonces los futbolistas habían perseguido la fama y la gloria, esos entes tan fugaces y esquivos. El dinero era importante y nadie iba a renunciar a cuanto más mejor, es evidente, pero una palabra separa a aquellos jugadores ya solo en el recuerdo con los cracks que hoy adoramos; se trata en efecto del marketing.

A finales del pasado mes de Agosto Di María fichó por el Manchester United en uno de los fichajes que más controversia ha generado este verano. Se rumoreaban muchas cosas. El presidente no lo quería en el equipo, el jugador veía peligrar la titularidad. Fue en medio del meollo cuando el padre del futbolista salió a dilación: la vida de un futbolista es corta, reflexionaba en la última línea de una polémica entrevista. Antes de eso había asegurado que desde un principio el Real Madrid había sido injusto con su hijo; le habían prometido más y le dieron muchos menos, habían fichado año tras año a compañeros que estaban destinados a ocupar su puesto. Añadía que otros jugadores del equipo recibían un sueldo mucho más alto aun teniendo en cuenta el buen rendimiento de Ángel. Decía algunas cosas más, pero lo cierto es que olvidé las demás frases. Me di cuenta de que todo conducía a un mismo destino, todo se reducía a algo mucho más sencillo: la vida de un futbolista es corta. La cantidad de ceros ya había superado a la de títulos en la jerarquía de las prioridades. Los clubes se habían convertido en marcas y los jugadores, por su parte, en sus productos.

No siempre había sido así, me obligué a pensar. Hubo un tiempo en el que había predominado el afán por la superación. Me acordé entonces de los videos de youtube que un amigo me enseñó, los goles de un tal Le Tissier. No había oído ese nombre jamás, reconozco que pensé que sonaba francés. Además de sorprenderme con ese disparo potente y colocado, reparé en un detalle: vestía siempre una camiseta rojiblanca, que acabé identificando como la del Southampton. Me interesé por su historia.

Matt Le Tissier fue un jugador inglés que militó en las filas del Southampton desde 1984 hasta el año 2002, con lo que acumuló 16 temporadas en un mismo equipo. Metió hasta 201 goles en todas las competiciones y, como curiosidad, falló un solo penalti de los 50 que lanzó. Todo el mundo coincidía en que tenía nivel para algo más. Decían que el Southampton era demasiado pequeño. Mucha gente se preguntaba el motivo, pocos alcanzaban una respuesta satisfactoria. El propio jugador reconoció años después que no se arrepentía de nada, no regrets, aseguraba. El Southampton había apostado por él desde un principio y el jugador estableció una relación de lealtad innegociable con el club y la afición. Sobre los grandes clubes, dijo: “Jugar en los mejores clubes es un bonito reto, pero hay un reto mucho más difícil: jugar contra ellos y ganarles. Yo me dedico a eso”. Todo futbolista busca una motivación y por desgracia hoy en día tiende al color verde del papel. Le Tissier había elegido otro camino. No alzó títulos. No firmó grandes contratos. Sin embargo el Southampton nunca descendió de categoría. No en vano, el jugador inglés está considerado como una de las leyendas vivas de la Premier.

Hay otros casos loables aunque ligeramente distintos como los de Xavi Hernández, Iker Casillas, Ryan Giggs o Paolo Maldini. Uno debe reconocer que son jugadores que muestran y mostraron un compromiso firme con sus respectivos clubes, pero, como ya se encargan de recordarnos algunas aficiones, ser de los que ganan es muy (o más) fácil. Le Tissier, en cambio, demostró que se puede ser feliz jugando a fútbol sin firmar contratos que le aseguren a uno una vida de lujos en aquella mansión entre las palmeras de Miami

 

 


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