Políticos

Recopilación de artículos publicados en La Vanguardia

“Andalucía (y Díaz) tiene poder” (28-7-2014)

El socialismo andaluz tiene poder, un sabor especial y una joven y enérgica presidenta, Susana Díaz, que no quiere conformarse con ser una mera comparsa en la procesión encabezada por “el guapo” Sánchez. La clausura del congreso del PSOE, que tenía que ser el de la “integración” y se quedó en matrimonio de conveniencia, sirvió de radiografía de los perdedores y ganadores, que por mucha vaselina conceptual que empleen algunos, haberlos, haylos.

Los primeros, como ayer Eduardo Madina o parte de ese rubalcabismo que se pregunta ahora por su futuro laboral, buscaban esquinas discretas para explicar a quien les quisiera escuchar sus quejas sobre la nueva dirección, también el negro porvenir que le auguran al nuevo líder. Los segundos, muchos más felices en su victoria, paseaban los nuevos galones y recibían el aplauso de sus subordinados que, aunque el gesto sea pelota y facilón, no deja de ser una muestra de apoyo que luce en los noticiarios televisivos.

Con la rebeldía bilbaína por bandera, esa tozudez liberal y burguesa que llevó a Unamuno a toparse con sus propios fantasmas y el tuerto de Millán Astray, Madina lucía esbelta figura en los pasillos del hotel Auditórium, como diciendo que él, aunque derrotado en las urnas, todavía no está muerto ni enterrado. Fuegos de artificio con pólvora mojada al lado del poder andaluz. Sólido, real, burocrático, implacable. Antes del discurso de Sánchez, ya como flamante líder del PSOE, Díaz se dio un baño de masas, aplausos y fotografías, una manera festiva de demostrar quien tiene la manija del partido y el poder de los votos que quitan y ponen a los secretarios generales.

“La nueva ejecutiva del PSOE no tiene ni colores ni apellidos, es potente y no tiene tiempo que perder”, fue el aviso lanzado por Díaz, por si alguien dudaba. Otra mujer feliz con el resultado del congreso, ese juego de tronos socialista, era Carme Chacón, que ha pasado de aspirante a nada en su retiro de Miami a estar de nuevo en la ejecutiva federal y ser la voz del socialismo catalán en Madrid.

Tras el paseíllo de poder andaluz, llegó la hora de Sánchez. Un semidesconocido hasta hace muy poco, ignorado por el grueso de sus compañeros en el Congreso de los Diputados, donde tuvo intermitentes y breves presencias. Escogido ya como jefe supremo del PSOE, arropado por sus predecesores -González, Almunia, Rubalcaba y Zapatero-, con la presencia de su mujer, Begoña, y sus hijas, Sánchez abandonó los tópicos socialdemócratas de su discurso sabatino para fijar los ejes de un proyecto político que busca agrupar el progresismo y que bebe más de la fuente de Renzi que del manantial francés de Valls.

Y como la revancha del pagafantas, después de alcanzar la cima tras años de ninguneo, dejó una advertencia en el aire: “Voy a renovar el partido de abajo arriba, vamos a modernizar España”.

Socialismo camisa blanca” (27-7-2014)

Los congresos de los grandes partidos conservan unos códigos propios que los convierten en una mezcla de acto de celebración familiar y de ejercicio maquiavélico de conspiración. Mientras el generalato del partido se reúne, negocia, habla con periodistas, pacta y apuñala en habitaciones discretas, la tropa (y exlíderes caídos ya en desgracia) pasea por el recinto, entabla relaciones con compañeros de otras agrupaciones, se fotografía, abraza y, cuando los jefes tocan a rebato, votan, y aplauden con el fervor que se le supone al militante.

Un modus operandi reconocido y aceptado por todos que se repitió ayer en el mastodóntico, posmoderno y rematadamente kitsch hotel Auditórium de Madrid, escenario del congreso extraordinario del PSOE, vendido como el de la “integración”, pero en el que a última hora se reabrieron las heridas de las primarias y en el que el expresidente Zapatero brilló por su ausencia.

El conclave ya arrancó en un ambiente enrarecido, con una mixtura de ilusión juvenil y temor por lo que pueda deparar la etapa Pedro Sánchez, un semidesconocido incluso para los que le votaron, y el fantasma de Podemos sobrevolando sus cabezas.

“Es la última oportunidad que tenemos”, reconocía una de las nuevas piezas en la ejecutiva del PSOE, resumiendo la actual moral de derrota de la cúpula socialista.
A la espera de que Sánchez ejerza como nuevo líder, el sustituto de Rubalcaba demostró que al menos ya ha conseguido su primera victoria simbólica: instaurar la camisa blanca como uniforme socialdemócrata.

Ya sea por gusto, obligación o simple estrategia alpinista, una mayoría de cuadros socialistas se paseaba por los pasillos del hotel con tan níveo aspecto. Toda una evolución desde la americana de pana de los tiempos de Felipe González y Alfonso Guerra que hermana estéticamente a Sánchez con Renzi, el camisa blanca italiano que el socialismo español mira con admiración y envidia.
Con su “compañeros y compañeras” como muletilla en el inicio de cada una de sus frases, herencia de lo peor del zapaterismo, Sánchez asumió su proclamación como nuevo líder con un discurso carente de emoción, y que no se alejó del libreto de tópicos socialdemócratas de los últimos años: promesas de renovación, de pisar más la calle, de luchar contra la corrupción, ataques a una derecha causante de las siete plagas bíblicas, referencias a la guerra ivil…

Lo anodino del discurso situó toda la atención en las habitaciones Manchester y Birmingham, donde los rubalcabistas y madinistas maniobraron desesperadamente para conservar las máximas cuotas de poder en la nueva dirección del PSOE.
Una lucha de última hora que Iceta observó desde la distancia y tras haberse dado un baño de masas. Sobre sus hombros carga el PSOE la solución al atolladero catalán.

El equilibrista del PSC (24-7-2014)

Iceta se muestra feliz en la tormenta catalana, española, socialista… Y algo de ese entusiasmo del nuevo aunque veterano líder del PSC parece haber contagiado a su tropa. Por primera vez en muchos meses, ayer los diputados socialistas mudaron su rostro de funeral, tétrico paisaje de fondo que acompañaba a los discursos de Navarro, en un ademán de expectación y tímidas sonrisas.

Orador brillante y corrosivo cuando quiere, en su estreno en la sesión de control al Govern optó por ofrecer perfil institucional; evitar cualquier tropiezo que pusiera en peligro ese ejercicio de equilibrismo sin red que es la “reconstrucción” del PSC, que ha declarado una momentánea tregua en su guerra fratricida.
Iceta tuvo la virtud de contentar, o al menos de no molestar, a todos los sectores, familias y capitanes del PSC. Incluso sedujo a Mas, quien le felicitó por “el tono” empleado, mientras Navarro, ahora recolocado como secretario primero de la Mesa, aguardaba en vano del president un gesto de solidaridad con el adversario abatido.

El de Iceta fue un menú “sí, pero…”, con interpretaciones para todos los paladares. Se sumó a las críticas de ICV y la CUP por “la masacre” de Gaza, pero condenó “todas las violencias”; ofreció a Mas el apoyo del PSC en su negociación con Rajoy, pero para reformar la Constitución, y defendió una consulta “legal”, pero reclamó modificar la doble pregunta y evitar “decisiones unilaterales”.

“Madina: entre aplausos y lágrimas” (20-7-2014)

La sede del PSC en la calle Nicaragua, vacía en los últimos tiempos como un transatlántico a la deriva, fue ocupada ayer por 400 militantes y cuadros socialistas con ganas de vitorear a Eduardo Madina. El deprimido socialismo catalán, que hoy se agarrará a Iceta como asidero de urgencia, halla en las visitas de los líderes del PSOE un chute de vitalidad, el orgullo de pertenecer a una familia que todavía manda e influye.

Ese sentimiento de reivindicación colectiva emergió en el acto del aspirante vasco a suceder a Rubalcaba. Vestido con un juvenil polo azul y con la música de The Cure como una suerte de himno generacional, Madina recibió el simbólico apoyo del grupo de dirigentes del PSC que se articula en torno a Núria Parlon -“cada día que pasa estoy más enamorado de Núria”, admitió Madina-, entre los que ayer destacaban Jaume Collboni, Àlex Sáez, Juli Fernández, Francesc Vallès y Esther Niubó.

En los estertores de una campaña que ha despertado más dudas que certezas -Felipe González ha lamentado los candidatos de “cartón piedra”-, Madina cumplió con el ritual del dirigente del PSOE que toca suelo catalán: jurar amor eterno y fidelidad al PSC. “Es un partido con el que me identifico y voy a volcarme en todo lo que necesite, el PSC es el futuro de Catalunya”, proclamó entre sonoros aplausos.

Una cálida acogida que no logró borrar el rictus de gravedad que acompaña al político bilbaíno, ese aire de poeta melancólico, con eternas ojeras y finas gafas, que lo aleja en lo gestual de la ligera sonrisa zapateril.
Prudente sobre la cuestión catalana, evitó hablar de la consulta y se ciñó al credo federal, puso especial énfasis en mostrar ADN izquierdista -Pablo Iglesias (el actual) y Podemos obligan-, sacando a colación el pasado republicano de su abuelo, la guerra civil y la represión franquista. Además, defendió marcar distancias con la Santa Sede, criticó a Wert, al matrimonio Aznar-Botella y acusó a Margaret Thatcher de haber sido la precursora de la poda del Estado del bienestar.

Y como en el discurso de ese replicante en Blade Runner que, bajo la lluvia y segundos antes de perecer, recuerda los bellos momentos vividos, Madina cerró el acto con emocionadas palabras: “He visto cosas y sentimientos que hacía tiempo no veía en el PSOE, he visto compañeros con lágrimas en los ojos…”.

“Ni vencedores ni vencidos” (7-7-2014)

Parece José Montilla haberse cansado del papel de secundario de lujo, silente y siempre institucional, que se había auto asignado. Hace dos semanas, en el consejo nacional del PSC en el que Pere Navarro certificó su defenestración, el expresidente de la Generalitat soltó una filípica a aquellos dirigentes que “se creen que ganan las elecciones ellos solitos, al margen del PSC”. Este paso al frente en un socialismo catalán en tiempos revueltos sorprendió a muchos por su contundencia y novedad.

Fue una primera señal del cambio de registro de Montilla, quien ayer mostró públicamente su apoyo a Societat Civil Catalana, entidad nacida para combatir en el terreno de las ideas al independentismo y que ha ido ganado músculo y apoyos del PSC, PP y C’s.

Esa confluencia de las tres formaciones que, con sus matices, se oponen a la consulta soberanista, quedó plasmada en la conferencia que Joaquim Coll, impulsor también de Federalistes d’Esquerres, dictó en el hotel Palace (viejo Ritz), cuyos salones de lujo y secretos se han convertido en ágora ineludible de la política catalana.
Arropando a Joaquim Coll, el intelectual con mejor entrada hoy en los despachos de la sede del PSC en la calle Nicaragua, destacó la presencia de un melancólico Pere Navarro, ya sin los galones de primer secretario socialista, Alicia Sánchez-Camacho y Albert Rivera. Repitieron, así, la foto tripartita del día de la Constitución, en la que brindaron con cava catalán junto a la delegada del Gobierno, María de los Llanos de Luna, y por la que Navarro se ganó duros reproches de Jaume Collboni y otros hinchas de Núria Parlon, la joven alcaldesa de Santa Coloma que durante unas horas pareció destinada a reinar en el socialismo catalán.
Luciendo una corbata fucsia, toque de color que no se le recuerda en su etapa presidencial, Montilla defendió el papel de “resistencia” de Societat Civil frente a la ola soberanista y abogó por el diálogo entre Rajoy y Mas para hallar “una nueva fórmula de convivencia” de Catalunya con el resto España. Molesto con los “aprendices de brujo” que reparten “carnets de catalanidad” -flotaba en el ambiente el artículo de Carod-Rovira- Montilla se despidió con un aviso: el proceso que vive Catalunya se solucionará sólo si al final del camino no hay “ni vencedores ni vencidos”.

 

 


Archivado en: política Tagged: Cataluña, España, Iceta, Madina, Montilla, pedro sánchez, política, PSC, PSOE, socialismo

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