Los bebés, los perros y los globos

“Es demasiado doloroso”.

Las tres palabras, como el anuncio enganchado a una avioneta publicitaria de las que sobrevuelan las playas en verano, cruzan una y otra vez por mi mente y me devuelven el cielo azul; aunque es de noche y hace frío, y me cuesta encontrar a Borja, que no acude al lugar de la cita, delante del Español, y se esconde en Con Tarima, una librería especializada en arte que acaban de abrir en la calle del Príncipe.

Toda la ciudad conspira.

Reconozco en el frío y en las luces agónicas de Santa Ana la media sonrisa de los que cuentan las cartas.

Cuando por fin doy con mi amigo, mi congestión nasal alcanza cotas inauditas. Él se entretiene charlando con los libreros (simpáticos) sobre las aspiraciones del nuevo local, en el que las noches de los sábados y los domingos tienen previsto programar teatro; compra un libro voluminoso, que contiene la historia en imágenes de un consolidado festival de cine y, mientras paga con tarjeta, yo llamo a mi madre y le cuento que se ha adelantado al 12 de marzo la salida de la novela. Ahora ya no hay día en el que no tenga noticias de mi propia ficción: la inminencia del lanzamiento de ‘El amor que nos vuelve malvados’ debería ser un motivo de alegría transparente pero, muy lejos de eso, se ha convertido en el grito de quien es enterrado vivo.

Silvi y Borja me felicitan en el Ginger. Nos reímos. Hacemos el tonto practicando ‘El baile del cuadrado’ en el que Silvi resulta ser experta (yo me pregunto cómo he podido vivir treinta y seis años ignorando su existencia); y acabamos la cena compartiendo un trozo de tarta de chocolate con helado y fumando un cigarro en la plaza del Ángel. Al despedirnos, o a lo mejor antes, le digo a Borja que estoy devorando la reedición ilustrada de 'Washington Square', que Henry James ha conseguido que abandone incluso a ‘Limónov’; y Borja me recuerda la versión cinematográfica de la novela, que se llamó ‘La heredera’ y le dio un Oscar a Olivia de Havilland, eternamente enfrentada a su hermana Joan Fontaine.

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De repente ya es viernes y otra vez es de noche, porque los días no importan en esta especie de espiral de acontecimientos en la que vivo; los días se ajustan al orden de las estaciones y los rascacielos, pero algo venenoso se derrama sobre las madrugadas, un magma fluorescente y corrosivo, como la lava del volcán.

Se está quemando todo.

Es San Valentín y Raquel y yo cenamos juntas, fieles a nuestro status de ‘casi novias’: pizza de jamón serrano con tomate natural, vermú y vino tinto; los primeros episodios de ‘True detective’ en la televisión y la lluvia golpeando los cristales de la buhardilla. No se me ocurre mejor plan. Lo prolongamos hasta que nos da un respiro la tormenta, casi a la una. Entonces Raquel y Curro, que empieza a abandonar tímidamente sus hábitos de cachorro para adentrarse en la vida adulta, se ofrecen a acompañarme a casa y bajamos por Espoz y Mina, atravesando el callejón del Gato y Santa Ana, hasta la calle Huertas. Vuelve a lloviznar y Curro se siente atraído por las colillas de cigarro y las latas brillantes de cerveza vacías mientras nosotras nos protegemos con las capuchas de los abrigos. Parece no importarle el agua y juega con Raquel, corriendo cuando ella corre y deteniéndose cuando ella se para. A nuestro alrededor la gente vive una noche de fiesta y sonríe al paso del perro que, en medio de los repartidores de flyers y los chinos cargados de clandestinas bolsas de plástico, se convierte en un elemento exótico, el invitado que no esperaba nadie.

Hasta que en la puerta de un garito de Huertas, Curro conoce a Ron, impertérrito al lado de una mujer delgadísima, que en unos segundos se nos presentará como Rocío, la payasa tanguera, dueña de Ron, un perro de un desvaído color canela, adiestrado para transmitir la calma.

Es la una de la madrugada, llueve y estamos en la puerta de un bar porque Curro ha hecho un amigo, el equivalente perruno a David Carradine en ‘Kung Fu’.

Rocío fuma tabaco de liar manchado de pintalabios (su maquillaje es rotundo, de líneas gruesas), lleva unos vaqueros rojos ceñidos y con agujeros, cazadora de cuero y botas negras, de tacón; tiene un bolso de plástico azul, con las asas cortas y lunares blancos, y una trenza morena le cae sobre el hombro derecho. Observándola con interés, pienso que, a pesar del halo de consunción que acentúa su delgadez y el abandono de cada una de sus palabras, hay en ella cierto atractivo. Parece saber muchas cosas, pertenecer a esa noche en la que la descubrimos, no existir más allá de las horas sin luz. Le gusta Curro, se siente orgullosa de la actitud zen de Ron y no duda en empezar a caminar con nosotras cuando hacemos ademán de continuar la marcha.

Los perros avanzan muy juntos, por delante, sorteando los corrillos, dejando sus huellas pequeñas sobre los adoquines húmedos, y Rocío nos desvela los secretos del comportamiento canino. Hasta que en algún momento dice: “Hay tres cosas que no fallan con los enfermos de alzheimer: los bebés, los perros y los globos… bueno, y también están las pompas de jabón. Consiguen que reaccionen incluso cuando ya se ha dado todo por perdido”. Luego se despide a la entrada de una bocacalle, nos da su tarjeta, en la que se lee con claridad “Dolor es pain”, llama a Ron, que acude obediente, dejando a Curro con tres palmos de narices, y desaparece.

Qué extraño.

No existe la realidad. La nuestra se parece a una película de David Lynch.

¿Lo he dicho ya? Se está quemando todo.

Algo va a pasar; y el resplandor radiactivo que lo anticipa es, como las cadenas de los esclavos, una garantía de muerte. Nos mantendrá inmóviles durante el incendio.

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