Y la vida llamó a la puerta

Sentada en su regazo, la pequeña parece sentirse en el cielo y ni se inmuta por los frenazos del autobús-lanzadera que se desliza por la Diagonal. Feliz entre los brazos de su canguro, una veinteañera de aniñado rostro andino, voz melosa, recibe con una sonrisa sus tiernas caricias y unos besos intermitentes que no están incluidos en la tarifa de 10 euros la hora. No es nada profesional, sí amor puro. La vida bella aflora sin previo aviso, violentando por unos minutos la ficción cotidiana de calorías y smartphones.  ¡Toc- toc! ¿Hay alguien ahí? Una lágrima cae por mi mejilla, pero las Ray-ban negras esconden cualquier señal de emoción. El Longines marca las 11.30 de la mañana. Un viejo susurra algo sobre la aparente crisis de juego de Messi.  Sonrientes, se apean cogidas de la mano en la parada de Tuset.

Me golpea entonces la nostalgia en blanco y negro, que me prohibí con la salvedad de las noches de borracheras solitarias… En el bus lanzadera me embargan los recuerdos de cuando los días eran felices y las semanas infinitas en brazos de Marina. Una andaluza rubia y de ojos claros, oronda, baja, caderas anchas y con la sabiduría de quien ha visto pasar la vida de rodillas y limpiando suelos de mármol. Sus brazos gruesos, su olor a sudado y los pechos rotundos fueron mi refugio, un cobijo gitano que los ángeles caídos no llegaban a alcanzar.

Me llamaba “señorito” cuando, recién llegada de la Torrassa,  me limpiaba entre risas la cara de mocos y yo, pletórico, creía ser un pequeño príncipe. Todo dulzura, rezábamos el padre nuestro “que estas en los cielos” y cantaba canciones de barrios lejanos, de lugares con botijos, borricos llamados platero,  hombres de honor, casas blancas y geranios, que un día prometí visitar.

“Esta gitana está loca, loca que la van a atar, que lo que sueña de noche, quiere que sea verdad…”

Durante un tiempo creí que siempre sería igual, que nada cambiaría: mañanas de Marina y leche con Cola-Cao mientras esperaba el regreso de Mamá. Pero todo pasó muy rápido, demasiado tal vez, y el “señorito” de la calle San Gervasio se hizo mayor, dejó de mearse en la cama y le obligaron a salir de casa. “Tienes que ir contento al colegio, ahí te enseñaran a ser un hombre, no llores más lucero del alba”, me susurraba ella al oído.  Dulces palabras de aliento con acento sureño que se desvanecían minutos después al verme encerrado entre cuatro paredes y rodeado de un sin fin de niños gritones que nunca entendí ni lo que decían ni lo que esperaban de mi.

Expulsado de aquel paraíso doméstico, durante un tiempo también mi principado, enfermé un sin fin de veces. Me convertí a la fuerza en un experto del engaño y la simulación rastrera, con la colaboración del baqueteado doctor Mirapeix, para así volver a escuchar las andaluzas canciones de amor perdido mientras desde la cama espiaba de reojo a Marina. Fueron mis últimas mañanas de felicidad, entre sus brazos curtidos por el jornal y el sudor del trabajo, perfume aristocrático y embriagador. No tardaría en llamar a la puerta la vida, buscando reclutas de honor.  


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