Fumando espero.

“Un ciudadano envía a ABC una foto, indignado por la falta de vigilancia en un centro sanitario catalán”.

El revuelo ha sido considerable. Políticos y administradores varios se echan las manos a la cabeza e intentan comprender como dicho crimen ha podido tener lugar. Todo eso no me interesa. Está en los periódicos. Me interesa más fijarme en los dos protagonistas. Por un lado tenemos un ciudadano que siente un ataque de indignación al ver al enfermo fumando. Entiendo que su estado de (¿ira? ¿rabia? ¿frustración? ¡A saber!) le hace tomar ciertas decisiones nada cómodas para su vida personal (indignarse, aumento de la presión arterial, fotografiar la imagen, hacerla llegar a un medio de comunicación y probablemente comentarios varios a sus próximos durante días venideros). Debo entender que el indignado tiene su umbral de reacción muy bajo. Si es coherente debe pasarse las 24 horas indignado y enviando constantemente imágenes a los medios. Si eso es así no es una persona a la que se le pueda tener demasiada envidia. ¿Cómo ha llegado a ese extremo de indignación? 

 Por otro lado tenemos al fumador. ¡Pobre! Habría pensado yo. Debe estar muy enganchado al tabaco para salir del hospital de esa guisa. Y tal como hubiese pensado eso hubiese seguido mi camino. ¡Qué raro soy! Menos mal que no llovía en esos momentos. Nadie habla del paciente. ¿Está bajo un programa de deshabituación del tabaco?  ¿Qué enfermedad padece? ¿Cuánto fuma? ¿Es grave? ¿A alguien le importa? ¿Cómo lo vive? ¿Pensó el indignado todas esas cosas acerca de ese paciente?

Es fascinante la discusión de los contenedores, de las formas, sin importarnos los habitantes del interior. Conocí a un indignado de la misma escuela que el del hospital, que paralizó la votación de una mesa electoral durante 15 minutos porque exigió al presidente de mesa que se retirara una cruz que había en la pared del colegio (religioso) que había cedido sus instalaciones para el referéndum. Consiguió que lo retiraran (no le faltaba razón legal). Diez o quince personas tuvimos que esperar todo lo necesario. El presidente lo pasó fatal por su inexperiencia y realizó varias llamadas para consultar si podía obligar al propietario del  colegio a quitar ornamentos propios de su escuela durante la votación. Así se hizo porque legalmente así era. Y lo mal que lo pasó el presidente de mesa (obeso importante, subido a una escalera, sin que el indignado le ayudara, en peligro de caída inminente, o los votantes pacientes) no tenía importancia. Lo importante era la cruz. 

Un desconocido lanzó una pregunta que se clavó como un dardo en algún lugar de todos nosotros, espero que del indignado por la cruz de la pared también y, por el mismo precio, al indignado del hospital: ¿Y TODO ÉSTO PARA QUÉ?


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