Las olimpiadas de lo pequeño (1)

A estas alturas del desencanto ibérico, la expectativa por la elección de la sede olímpica parecía más relacionada con la autoestima nacional que con una mejora del empleo o del bienestar público. Durante histriónicas semanas, desde las fuentes oficiales se vendió un exceso de confianza amplificado por los medios locales, cuyos pronósticos diferían sospechosamente de los de la prensa internacional. Se trató de la enésima irresponsabilidad institucional, ya que este triunfalismo previo resultó proporcional a la posterior decepción colectiva. El resultado final subraya el declive de una nefasta clase política, como la que gobierna la Comunidad madrileña, que lleva demasiados años persiguiendo una redención por vía deportiva. Más allá de la anciana estratagema de hacer pasar la necesidad por virtud, la propuesta de unos Juegos austeros supuso un alarde de desfachatez. Con esta iniciativa, la delegación española no sólo intentó conseguir su meta principal sino también, de paso, que el Comité Olímpico avalase su desastrosa y asfixiante política económica. El pretexto fue que ya se había invertido casi todo lo necesario. Probablemente eso espantó al Comité, que actúa al servicio de un formidable negocio: igual que en las posguerras, lo que las grandes corporaciones ansían es un territorio oportuno para inversiones y beneficios masivos. Sería exigible conocer en detalle cómo se ha empleado el dinero gastado hasta ahora, así como el uso que se hará de esas infraestructuras con las que más de uno habrá lucrado. La España vertiginosa que tocó techo en el 92 padeció acaso cierto síndrome faraónico que no se limitaba al urbanismo, y que afectaba a la forma de pensar y proyectar un país. Tras la caída de los Juegos de Madrid, esa maravillosa ciudad mestiza que muchos amamos y visitamos con familiaridad, quizá vaya siendo hora de clausurar la fiebre por el gran evento. Y volver a pensar en los pequeños acontecimientos, en su más noble sentido: en el dato a pie de calle, en la circunstancia de cada ciudadano, en cada nuevo trabajo que se logra y, sobre todo, cada escuela que se abre o se salva. Pasar del salto de altura al salto de profundidad. A las no menos titánicas olimpiadas de lo pequeño.

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