LA MOSCA


Ayer estaba al sol leyendo en el jardín cuando una mosca pesadísima no paraba de posarse una y otra vez sobre las hojas, justo cuando la trama de la novela estaba en su máxima tensión. Era tal su descaro cruzando párrafos y profanando frases que en un ataque de rabia cerré el libro atrapándola dentro. Lo hice con tal deleite que hasta sonreí de puro morbo.
Abrí después el libro descubriendo su cadáver justo encima de la palabra ‘destino’. Me pareció un buen epitafio para ella, aunque no dudé en catapultarla con los dedos varios metros hacia delante. En la hoja ha quedado una mancha como único recuerdo de su existencia. Pobre bicho, tal vez fuera su ‘destino’ morir de una manera tan absurda.

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