Cuarteto del incesto


Hay que haber sobrellevado esa especie de agonía diferida, lúcida, con buena salud, durante la cual es imposible comprender otra cosa que verdades absolutas, para saber para siempre lo que se dice.

Louis-Ferdinand Céline, Viaje al fin de la noche.


I. Mi hermana, aquella colina

Me vestiré de hombre-rana para verte las alas de cerca,
cosidas al cuerpo, remos de un pez volador convaleciente.
No llevaré oxígeno, que te prefiero a pulmón libre
y quemar mis naves a planear el regreso.
Malditos por una tormenta que no cesa,
fondearemos al abrigo de una soledad navegable.
Destinados a recalar de señuelo en señuelo,
de boca en boca, recordaremos los puertos,
el saqueo de la carne prendida en sus muelles,
el artificio envuelto en las escamas del sueño,
y pensaremos, ahogada la experiencia,
que fue mejor varar en esta isla, embrutecerse,
caer a lo salvaje, rendirse al fin y decirnos
que toda la sal del mundo y su derrota
―que este bendito naufragio―
smells like victory.

*

II. Mi hermana en espiral

Esta noche un lobo boreal da vueltas en el patio,
mi hermana gira en la penumbra de su cuarto
y no hay resquicio para verle los dientes a la luna.

El lobo aúlla bajo, ronco, y mi hermana gime entre sus sábanas,
como si toda esta sordidez y el poco cielo disponible
ya hubieran empezado a matarlos por dentro.

Entro en su cuarto, busco su sexo bocabajo,
muerdo sus nalgas y juntos escuchamos al lobo,
su letanía, que asciende y roza la ropa tendida,
como la canción ebria de un vigía
sin tierra a la vista entre las velas.

Mi hermana implora de nuevo mis colmillos
y yo pienso entonces en la inmensidad de la tundra,
en hilos trenzados de sangre sobre la nieve,
en un reno abierto y una jauría feliz.

*

III. Mi hermana, la ladrona

Vendrás, con la fibra sureña de tus manos,
a robar en esta casa, a dejar a brochazos tu nombre
por las paredes, en ese idioma del vértigo
que tu cuerpo murmura para escapar del invierno.

Vendrás, desencantada de casas nuevas, de catálogos,
de solares de lujo sobre plano y promesas residenciales,
cansada de vagar como una gacela por salones vacíos,
de resbalar sobre la hojarasca intrusa y el mármol,
aterida por el aliento de todos esos ventanales sin armar.

Vendrás huyendo del frío a pintar tu nombre en esta casa,
sobre estas cicatrices que apenas sostienen un rostro,
hendidas en el ladrillo enmohecido de mi refugio.

Vendrás, al calor de esta vieja biblioteca, y te quedarás,
recostada y por fin a salvo, frente a una hoguera
a la que irás arrojando, uno a uno,
todos los libros que te escriba.

*

IV. Mi hermana y los perros

Miro tus cejas, ese pájaro afilado de ceniza
que extiende sus alas en tu frente
y lleva en sus garras todo lo que has visto,
la locura, el odio y la muerte,
tan extraña, que de los que amas te separa
y a los que no conoces te une.

Miro las ruinas de nuestra guerra fría
y veo la neblina de fósforo de un silencio
que aún a veces bombardea la ciudad.

Por este insomnio poblado de espejos,
por las calles arrasadas de esta vigilia,
merodean los perros del deseo, les veo
buscar en cada grieta tu rastro, la huella
de tu sudor tras cada lucha y cada fiebre.

Les veo arrastrar tu luz entre sus fauces
y ladrarle tu nombre a cada charco,
hasta encontrar tu cuerpo y hundir
sus lenguas en la ceniza, sus hocicos
entre las alas de un pájaro calcinado.
Entre esos huesos, hasta la médula,
miro la vida en ti y veo los fuegos
hacia los que mañana vamos.

......................


Serie publicada en el número 13 de la revista digital Excodra (mayo-junio de 2013, páginas 37-40), dedicado a la moral. PDF de la revista, a descargar en su web.

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