Un post que iba a llamarse “La humillación”


Es un hecho: cada minuto que pasa sucede algo extraordinario en el mundo. Estoy convencida. Pero también hay otra verdad: muy pocas de estas acciones excepcionales se registran y, en consecuencia, sólo una parte ínfima de ellas pasan a formar parte de la HISTORIA con mayúsculas, esa que “da fe” y permite que las hazañas del ser humano, y también sus miserias, se recuerden y sean aprendidas.

Hasta hace unas horas tenía claro que iba a llamar a este post “La humillación”; tenía claro, además, que no quería escribirlo hoy, ni mañana, sino más adelante. Otra cosa que se dice mucho es que es mejor reflexionar en frío, mejor pensar en frío y no “en caliente”, en el segundo inmediatamente posterior a la tragedia… no sé yo… ¿cuántas veces no decimos lo que realmente queremos decir por ese miedo al arrepentimiento que llega con el invierno de la conciencia?

Lo que sí está claro es que es mejor no actuar borracha.

Me gustaría ser políticamente incorrecta y, de un barrido, tirar de la mesa hasta el mantel, pero hace dos noches un buen amigo me dijo que yo era una dama, y de repente me visualicé como la reina blanca del ajedrez, víctima de una ausencia absoluta de malicia e incapaz de haber protagonizado los acontecimientos que se sucedieron entre las 21:00 del viernes pasado, cuando nos adentramos en el cóctel de Alfaguara, y las 21:00 del día siguiente, cuando conseguí levantarme del sofá para prepararme unos espagueti con atún.

Así que, con esa revelación a cuestas, me fui a ver “El gran Gatsby” e hice un esfuerzo por concentrarme en la película, lo que sorprendentemente me resulto muy fácil. El cine nunca falla como refugio, sobre todo si fuera de la sala nos espera una guerra; y “El gran Gatsby” de Baz Luhrmann consigue navegar entre el agua y el aceite con una eficiencia inesperada, porque respeta el espíritu de la novela de Fitzgerald y, al mismo tiempo, se nutre del estilo inconfundible, barroco hasta el extremo, del director de “Moulin Rouge”. Se trata, eso sí, de una propuesta orientada no tanto a los cinéfilos como a los amantes de la literatura.

Con la última escena, la coda de Carraway, lo confieso, lloré; y de todo el metraje saqué en claro dos cosas: la primera, una obviedad que no por serlo deja de ser brillante inserta en la trama, en el diálogo entre Gatsby y Nick: “No se puede repetir el pasado”, es mejor no intentar volver atrás; la segunda, una deducción propia: que vivimos rodeados de acciones y seres extraordinarios, como escribía al principio de este post; extraordinarios y con tendencia a atraparnos, a paralizarnos como cepos; incapaces de darnos cuenta de que ellos tampoco nos sobrevivirán.

También concluí que lo que ocurrió el fin de semana pasado no estuvo tan mal, al fin y al cabo, aunque sólo fuera porque me sirvió para enfrentarme a mí yo más oscuro.

Una parte de nosotros siempre habita en las sombras.

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