prosa de tu ausencia


No estás. Extiendo la mano desde el sofá y puede lo invisible acariciarse como una suave cortina, mis dedos transcurren entonces por esa brisa fresca que se fuga de los quicios, mi mano traza surcos en ella a cuatro dedos como el brazo sin vida del naúfrago que pendiendo del quebrado mascarón de la diosa vetea el océano adivinando la invisible cicatriz del mundo por azar y tal vez demasiado tarde... Cuando no estás mi sofá flota a la deriva en el tedio y tu recuerdo vívido son colas blancas de sirenas que desaparecen en los sombríos oleajes del pasillo dando a tu nombre musicalidad y aires de salmo. Pero no estás. Y lo invisible no tiene cuerpo y el sofá yace como un pesado mausoleo en la mitad de la vida ingrávida y en el pasillo las sombras no son más que sombras o ausencia dolorosa de las luces donde un hombre comparece ante sus viejas cegueras...

No estás y pienso constantemente en las horas en que sí estás, recorro despacio tu rostro presente desde el cuello hasta el mentón como se admira una pieza de orfebrería tallada en una última clase de cristal y mi memoria descarga su lenta precipitación en mis ojos, su punzada de estilete en el cielo de mi paladar y en la cueva de mi garganta. Protesta mi pecho como un revolucionario desarmado delata sus posiciones estratégicas por pura revolución, pero no estás y sobrevive esta dictadura de tu incomparecencia a pesar de una libertad que trepa muros y alambradas como una incapaz hiedra de anhelos. Cuando no estás las patrias claman exilio adentro de mi corazón.

Allá de mí donde tú ves palacios soy a veces escombros horrorosos. No esa fragmentaria gloria que tan gloriosa siembra añicos de eternidad a lo largo de una acrópolis histórica, soy sino edificios vacíos de ventanas rotas del barrio judío donde excitados mocosos juegan rubios y arios a apedrear sobre mojado a la esperanza. Un bosque desperdigado abajo del suelo, un albatros aterrizado en los cuarteles, un puzle deshecho en la alfombra que tú trabajas con la sonrisa infantil que me encandila mientras unes las piezas y revelas contenta un retablo de amapolas donde antes confetis de ceniza y daños. Cuando estás, niña, me recompones y muestras. Pero no estás y sopla la casa ventiscas exteriores que esconden buenos retales de mí debajo de los muebles, prorrogan la esperanza a primavera y me esconden, me regresan a los pozos...

No estás, y no puedo sino fingir que es la carne de tus muslos lo que acometo en dentellada a través de este vacuo bruxismo de morder el tiempo que transcurre sin ti. Juntar los labios y pintar en la insensibilidad del hastío el tacto tibio de tus pies descalzos. Veo ese dedo tuyo del pie izquierdo brillar bajo la luz de la lámpara a pura saliva e íntima complicidad y recuerdo esos islotes húmedos de Finisterre donde el mundo expiraba tan bonito aquel verano, así son los dedos de tus pies, amor, finales islas mojadas bajo el sol de junio donde más allá sólo leviatanes de pánico y terror de catarata.

No estás. Y abrazar tu cuerpo imaginado trae un calor a mi tristeza que no puede explicarse a través de la ciencia y la temperatura. Si no estás el frío es un cielo de nubes cromadas que amenaza lluvia sobre este amor pueril de papel y cartulina. El frío es el mundo si no estás, niña, y si estás es sólo una palabra a la que buscar rima en impostados poemas.

Si no estuvieras siempre, yo debiera existir entonces en ese plano obsceno en el que todo era al revés y yo era enfermo y apatía y tú nunca estabas. Yo quiero que estés siempre y que al estar, estemos y esté el mundo y despierte la paz que dormita en su guerra.

Ahora quisiera que me besaras dejando al fin de lado la poesía. Ven. Está, sé conmigo un momento. O no estemos ambos para siempre y ahora, que decida libremente este nosotros por nosotros.


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