“Sí, pensó. Entre la nada y la pena elijo la pena”


Nunca leeré "Cien años de soledad". Está decidido; y, como este, hay un sinfín de pequeños daños colaterales sobre la mesa del desayuno: un café con leche de soja y dos magdalenas que me preparo pasadas las dos. Es extraño, y al mismo tiempo está bien, que todo pase la tarde del último domingo del año, porque el final del calendario trae consigo una lluvia de muertes minúsculas e insignificantes, con las que resulta fácil mezclar cualquier dolor.

He prometido que no hablaría de esta historia y no lo voy a hacer; es el después lo que me interesa: el momento en el que me quedo sola, con un largo paseo por delante, de vuelta a casa. Estoy cerca del Parque del Oeste y cruzo la Plaza de España para llegar al edificio nuevo del Senado y alcanzar el Palacio Real. Hace mucho frío, ya es de noche, y en el iPod escucho el pop de Zenttric, que es metálico y filtra en el paisaje una luz amarillenta, de apocalipsis veneciana.
Hay mucha gente, pero yo me siento invisible, camuflada entre el asfalto y los árboles de esta ciudad, la única a quien pertenezco.

Le digo: "esta vez también me salvaré".

Y pienso en el miedo y en las tormentas; y en que siempre que la tentación existe caemos en ella ya que, si no lo hacemos, es que el deseo no tiene la fuerza suficiente para merecer el grado de "tentación".

"Debo de ser muy ingenua", continúo diciéndole a la ciudad, "debo de ser una inconsciente por considerar que la opción más razonable no es necesariamente la correcta".

Faulkner escribió en "Las palmeras salvajes": "Entre la nada y la pena, elijo la pena"; y yo, mientras me deshago de las pruebas como el que se dedica a limpiar con minuciosidad de cirujano el escenario de un crimen, rezo para que ni siquiera los años traigan hasta mí esa necesidad de paz sin abismos ni transgresiones; para que no sea sólo un síntoma de mi ya decadente juventud el ansia de que se me erice la piel.

No quiero morir antes.

Lloro un poco. La música me ayuda a abrir la espita de lo que ya no haremos; un lastre que aún tardará en desaparecer... como la última esperanza.

Lástima que la memoria no se limpie como la sangre.

También siento un gran alivio.



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