Y OTRA NOCHE MÁS

"Están ocurriendo muchas cosas pero a quien sigo esperando es a ti" (El color de la noche)


Tengo una luz roja apuntándome a la cara. Un foco enorme que se enciende y se apaga justo encima de mí y no me deja ver. A mi derecha, un altavoz me taladra el oído con una estúpida canción: tacatá, tacatá. No entiendo nada. Es una puta pesadilla de estribillo. Una onomatopeya de las notas trepanándote el cráneo, pudriendo tu cerebro con rimas virulentas. La concurrencia baila y da palmas, aunque en mi interior suena I'll be your baby tonight de Bob Dylan y no sé por qué. Los hielos del cubata ya se han derretido. Le doy un sorbo al güisqui caliente y, de repente, la Coca-Cola parece demasiado dulce. Tengo ganas de lavarme los dientes. Es sólo otra noche más.
Hacía una semana que no recibía mensajes de Frank, el tío de Madrid que había confundido mi número con el de una tal María y quería que le mandase fotos de mi coño. Después de más diez mensajes de pago a los que no respondí, Frank me mandó una foto de su polla. Una foto oscura y desagradable de una polla pequeña y morena. Entonces, contesté: "No soy María. Te equivocas. Por favor, no escribas más a este número". 
Echo un vistazo a mi alrededor. Hace tiempo que ningún chico despierta en mí el más mínimo interés. Tengo la dolorosa sensación de estar harto de mí mismo. De estar siempre rodeado de las mismas personas una y otra vez. A lo lejos veo a Chándal acercarse con su vaso de tubo medio lleno y los hielos derretidos. Le saludo levantando las cejas. 
—Hoy no es tu noche —le digo.
—He follado tres veces esta semana, así que tampoco voy a esforzarme mucho. 
—Qué suerte.
—Ligar en la discoteca se ha vuelto imposible. Prefiero las citas.
—Calla, no me hables de citas.
Ayer quedé con un chico que tenía dos ex maridos. El primero había muerto en un accidente de tráfico, me contó. Lo siento, le dije. Era alcohólico, dijo él. Y se río a carcajadas como si acabara de contarme un chiste macabro. El segundo lo llevó a vivir a la montaña. Decidieron casarse después de un mes de conocerse.
—¿Tan rápido? —dije.
—Sí, porque sentí que era el hombre de mi vida.
—¿Y qué pasó?
—Trajo a su madre a vivir con nosotros porque tenía alzheimer y yo le abandoné. Pero somos muy buenos amigos.
No voy a ligar esta noche porque con la cara de amargado que tengo no se me va a acercar nadie. Chándal me empuja cada vez que pasa algún chico por nuestro lado pero yo sólo pienso en irme de esta ciudad, a algún lugar lejos de aquí donde no tenga que ver las mismas caras todas las noches.
Creía que Frank de Madrid había entendido que se estaba equivocando de número, pero hoy ha vuelto a escribirme:
"Hola maria que tal estas perdona por el otro dia ya se que estas casada".  [sic]
Un chico al que le saco una cabeza me toca en el hombro. Le miro. Tiene una sola ceja. Se acerca peligrosamente a mi oído izquierdo. Puedo notar su aliento caliente como el vapor de una tetera. Me dice: "Llevamos la misma camisa". Lo miro de arriba a abajo. Él sonríe mostrando sus dientes torcidos. Es cierto, llevamos la misma camisa. Respondo con una mueca y le doy dos palmaditas en la espalda.
—No puede ser que no haya nadie que te guste —me dice Chándal—. Vamos, tiene que haber alguien.
Puede que lo haya, al fin y al cabo, cada uno adapta la realidad como mejor le convenga. Frank de Madrid no acepta que yo no soy María porque se le acabaría la diversión. Yo no encuentro a nadie que me guste porque disfruto del aire trágico que me da la soltería y el fracaso. Porque me gusta quejarme y andar por ahí con cara de perro abandonado y hacerme la víctima. Son realidades construidas por nosotros mismos.
—Anímate y ve a hablar con alguno ahora que todavía eres joven.
Chándal tiene razón. Tengo que hacer un esfuerzo. No tengo nada que perder. Así que miro a un lado y a otro. Suenan las Spice Girls. Cualquier chico que esté bailando ahora, difícilmente me parecerá atractivo. Al fondo, al lado de la barra, sin demasiado entusiasmo, hay un chico de tirantes. No está nada mal.
—¿Ves a ese de ahí?
—Sí.
—Ese me gusta.
—Muy bien.
—Me recuerda un chico con el que estuve hace tiempo.
—Vale, pues vamos.
Nos acercamos lentamente. Los pies se me pegan al suelo a cada paso. Intento construir una sonrisa, una simpatía artificial que me va a resultar necesaria. Cada vez estoy más cerca y no estoy nada convencido, pero es lo bastante guapo como para alegrarme la noche. Tengo a Chándal justo detrás de mí, dándome apoyo moral, cuando por fin alcanzo mi objetivo. Estoy frente al chico de tirantes. Me mira durante medio segundo y dice:
—Hola, ¡cuánto tiempo sin verte! —sonríe. Parece una sonrisa de verdad—. ¿Cómo te va todo?
Y me da dos besos. Uno en cada mejilla, humillándome. Despertándome de una confusión absurda. El chico de tirantes no se parece a uno con el que estuve hace tiempo. Es él. Es el chico con el que estuve. 
—Pues muy bien. Aquí. Pasando la noche. Otra noche más.

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