Breve brindis

La joven narrativa argentina es una maquinaria de tensiones políticas y curiosidad estética. Entre las lecturas que vengo haciendo en este viaje, una de las que más me ha llamado la atención es el libro de cuentos Los refugios, de Edgardo Scott. No sé si porque el autor nació en Lanús, como mi difunta madre. O porque, inexplicablemente, en la foto de la solapa aparece en Granada, donde terminé de criarme. O porque el propio título, con su ambigua invocación (¿un refugio es alivio o miedo?), suscitó en mí un estado de duda sin el cual es imposible leer intensamente. El caso es que abrí el libro con cierta expectativa íntima, cercana a una premonición. Adentrándome en sus páginas, tuve una sensación de descubrimiento parecida a la que experimenté con los primeros cuentos de Samanta Schweblin, El núcleo del disturbio, o más tarde con Glaxo, excelente novela de Hernán Ronsino. La prosa de Scott avanza con una paciencia que jamás es demora. Su precisión tiene algo de esfuerzo disimulado, marca de los genuinos narradores. En eso me recordó a Virgilio Piñera, cuyo microrrelato “Natación” casualmente dialoga con el onírico “Dos láminas”. Algunas de las piezas aspiran a cierta transparencia misteriosa, a un final que nos deja solos ante la interrupción. Otras son brillantes en su búsqueda estilística, sin rozar la estridencia. Es el caso del minimalista “Uvas”, que se deja leer como implícita poética. «El placer de paladearlas en ese breve, mínimo instante», escribe Scott, «es proporcional a la molestia de pelarlas y quitarles las semillas». Acaso lo mismo pueda decirse de los cuentos que bien valen un brindis. 

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