Castillos en el aire



He visitado la exposición Castillos en el aire de Hans Haacke en el Reina Sofía. Está bien, muy bien. Me parece una exposición oportuna. Por si no lo saben la cosa va, entre otras cosas, de urbanizaciones al sur de Vallecas que quedaron (en su mayor parte) a medio hacer o, directamente, como meros proyectos. Haacke le saca provecho a las resonancias que emanan de los nombres de las calles fantasma: Calle del arte minimal, Calle del hiperrealismo... No es coña no, los promotores y los concejales de urbanismo a veces tienen ocurrencias brillantes. Me recordó a la escena de una novela que ando preparando. Es cierto que -de nuevo- la realidad ha superado mi imaginación. Hace tiempo esto (que la realidad supere la imaginación) me parecía frustrante y doloroso, algo así como una derrota de la ficción a la que yo intuía todopoderosa. Pasan los años y uno se va acostumbrando.

-¿Ves esto, Nabil? Es un cascote, solo eso. Una mismidad anodina. Un nombre. Sería un milagro hacer este objeto imprescindible, dotarlo de cualidades de modo que su posesión nos pareciese valiosa. Esto es zazen. Solo una mente entrenada y despierta es capaz de lograrlo. El publicista es el anacoreta subido a su columna. Necesita el desierto a su alrededor para poder enfocar con mayor claridad dentro del caos de las imágenes. Examina sus emociones, sus sensaciones, sus ideales, y acaba haciendo un bloque con ellas, fabricando un peldaño más en la escalera que lo llevará a la sabiduría. ¿Qué es la Coca-Cola? Es una proyección universal y democrática, es una actitud indolente, es el vigor de la juventud, todo ello bajo el envoltorio de una bebida refrescante. La publicidad y la proliferación de imágenes son las dos caras de una misma moneda. El flujo de imágenes causa confusión y estupor. La publicidad las recoge en haces, las envuelve y empaqueta convenientemente. Las imágenes quedan atrapadas en el objeto y al mismo tiempo flotan sobre él. El objeto publicitario es onda y partícula, potencia y acto, descansa en el estante de un supermercado y al mismo tiempo se propaga por la superficie del planeta. Es la libélula azul posada sobre la superficie rugiente del océano. Nosotros, Nabil, podríamos hacer lo mismo con este cascote. Este cascote condensa nuestra contemporaneidad, representa la avidez, el dinero fácil, los activos tóxicos, la ruina moral y económica. Deberíamos envasarlos y distribuirlos a las grandes cadenas, por miles y millones. Cada casa debería tener uno de ellos luciendo sobre la estantería, metonimia del hogar que nos acoge. Hay algo de todos nosotros en este cascote, Nabil. Es hermoso. Es romántico. Millones de euros desperdiciados en la construcción de ruinas. Una de las más hermosas obras de arte. Se recordará en el futuro a este país por esto. Hemos construido nuestra propia Roma. Una Roma de ladrillo y cemento. A la entrada de todos estos edificios habrá en un futuro taquillas y largas colas de turistas. Nosotros inventamos el arte del siglo XXI: la ruina sobrevenida.

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